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Santo Tomás de Aquino: Ecce Rex tuus veniti

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He aquí tu Rey que viene hacia ti con mansedumbre – Santo Tomás de Aquino
Traductor: Andrés Esteban López Ruiz
[Mateo 21, (1-10)ii Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos, entonces envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: «Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y enseguida encontraréis un asna atada y un pollino con ella; desatadlos y traédmelos. Y si alguien os dice algo, diréis: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá.» Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta: Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo. Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima. La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!» Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. «¿Quién es éste?» decían. Y la gente decía: «Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea.»]

Primera Parte
He aqui que viene a ti el Rey Manso. Muchas son las maravillas de las obras divinas. Así dice el salmo: Admirables son tus obras. Pero ninguna obra de Dios es tan admirable como lo es la venida de Cristo en la carne y la razón es la siguiente: en las demás obras de Dios, él mismo ha impreso su semejanza en la creatura, pero en la obra de la encarnación, imprimióse y unióse a sí mismo a la naturaleza humana en la unidad de su persona o lo que es lo mismo unió nuestra naturaleza a sí. 

Si bien algunas obras de Dios no son escrutables con perfección, esta obra, a saber, la encarnación es por encima de todas, sobre-racional. De ahí que dice el santo Job: Lo que haces es grande, admirable, inescrutable y no puede contarse. Es una obra que no podemos ver: «Si viene hacia mi no lo veo». Y Malaquías dice: «He aquí que viene el Señor de los ejércitos y quién puede imaginar el día de su venida». Como si dijera que aquello excede al conocimiento humano. Pero el apóstol enseña quién puede pensar el día de su venida diciendo: «No sea suficiente pensar algo para nosotros desde nosotros, sino que toda nuestra suficiencia nos viene de Dios. Así que, al principio, rogamos al Señor para que él mismo me de algo que decir.

Segunda Parte
He aquí que tu Rey viene a ti, manso. Estas palabras son tomadas desde el Evangelio que hoy es leído para nosotros. Son tomadas del profeta Zacarías y es justo que sobre otras palabras éstas sean recitadas. En estas palabras se manifiesta como fue preanunciado a nosotros la venida de Cristo. Para no proceder ambiguamente, al conocer [el misterio del adviento], debemos interpretar la venida de Cristo de cuatro maneras: primeramente su venida es en la carne; en segundo lugar su venida es en nuestro espíritu; en tercer lugar su adviento es cuando viene al encuentro en la muerte de los justos; En cuarto lugar es el adviento que viene para juzgar.

Primeramente digo que el adviento de Cristo es en la carne, y no se debe entender que vino en la carne moviendo su lugar, ya que dice el profeta Jeremías, los cielos y la tierra yo los lleno. ¿De qué modo, entonces, vino en la carne? Digo que vino en la carne descendiendo del cielo, no dejando el cielo, sino asumiendo nuestra naturaleza. De ahí que dice San Juan: Hacia lo suyo viene. ¿Y de qué modo dice como fue en el mundo? Cuando dice: Y el verbo se hizo carne. Y vean que esta venida induce otra venida de Cristo que es en la mente. Nada nos aprovecharía a nosotros que Cristo haya venido en la carne sino con ello haya venido a nuestro espíritu, es decir, santificandonos. Por eso dice San Juan: si alguno me ama y atiende a mis palabras, mi padre lo amará y hacia él vendremos y sobre él haremos una mansión. 

En el primer adviento, viene sólo el Hijo. En el segundo adviento viene el Hijo con el Padre para inhabitar el alma. Por este adviento que es a través de la gracia justificante, el alma es liberada de la culpa, no de toda la pena, ya que confiere la gracia y no confiere la gloria, que para esto es necesaria la tercera venida de Cristo cuando a ellos mismos los reciba en sí mismo. Por eso dice San Juan «si me voy», en la pasión, «es para preparar a vosotros un lugar»,quitando el obstáculo, «desde allí vendré a vosotros», a saber en la muerte del justo, «y los tomaré hacia mí mismo», es decir, en la gloria, «para que donde yo esté allí esten también vosotros». Seguidamente Juan dice: «Yo he venido para que ustedes tengan vida», a saber, con su presencia en las almas «y vida en abundancia», a saber a través de la participación de la gloria. La cuarta venida de Cristo es para juzgar, a saber, cuando el señor viene hacia el jucio, y, entonces, la gloria de los santos redundará hasta los cuerpos y resucitarán los muertos. De ahí que San Juan dice: «viene la hora y ahora es cuando todos aquellos que están en las tumbas escucharán la voz del Hojo de Dios y procedera que los buenos serán llevados hacia la resurrección de la vida.» Y sobre estos cuatro advientos de Cristo celebra fuertemente la Iglesia cuatro domingos del adviento de Cristo.

En este domingo se celebra el primer adviento de Cristo y podemos ver en las palabras de la proposición cuatro cosas: Primero, se da lugar la demostración del adviento de Cristo; Segundo, las condiciónes en que se da: «Es tu Rey»; Tercero la utilidad y finalidad de su venida: «Vino para ti»; cuarto el modo de su venida: «La mansedumbre».

Sobre el primero podemos ver ahí la demostración del adviento de Cristo en la palabra “He aquí y ahora» –ecce-. Y nótese que a través de este “ecce” solemos entender cuatro cosas. Primero la certificación de la cosa: de las cosas que nos constan decimos “ecce”. Segundo entendemos por “ecce” determinación temporal. Tercero entendemos por “ecce” manifestación de la cosa. Cuarto entendemos por “ecce” confortación, fortalecimiento, consuelo para el hombre.

Primero digo que por “ecce” solemos entender la certeza o verificación de la cosa. En efecto cuando alguien quiere certificar dice “ecce”. De ahí que en el Génesis el Señor dice: “Ecce” «He aquí que establezco mi pacto contigo y con tu descendencia. Pongo mi arcoíris entre tu y yo», a saber, el signo de la paz. Por el arcoiris es significado el Hijo de Dios, porque así como el arcoiris es generado desde el reflejo del sol hacia la nube llena de agua, Cristo es generado desde el Verbo de Dios y desde la naturaleza humana que es como las nubes, y así como el alma y la carne unidas esel hombre, del mismo modo Dios y el hombre unidos es Cristo; Y de Cristo es dicho que asciende sobre las nubes ligeramente, esto es sobre su naturaleza humana uniendo [la divina]. 

Y viene a nosotros Cristo en signo de paz, y era necesario que así fuera para que en modo alguno, algunos dudaran del segundo adviento de Cristo. Sobre esta duda dice el apóstol: «En los últimos tiempo vendrán farsantes y disidentes de la fe, unidos a sus propias concupiscencias caminando y diciendo: ¿donde está ahora la promesa y su venida?»Dirán esto tales personas ya que su alma no está dominando el cuerpo. Para ratificar la certeza del adviento de Cristo dice el profeta “ecce” y todo lo demás. Y en Habacuc dice también: «se aparecerá el Señor hacia el fin y no será fingimiento». Y por otro lado, Isaías, también dice: «El Señor de los ejércitos viene».

En segundo lugar por “ecce” solemos entender determinación temporal. En la venida de Cristo para juzgar no hay para nosotros un tiempo determinado. Job dice: «Desconozco cuanto tiempo viviré y cuando me tomara mi hacedor». Y Lucas dice: «El reino de Dios no viene con vistosidad». ¿Y por qué no fue determinado, en esto [el adviento de la muerte y del juicio], para nosotros el tiempo de la venida de Cristo? Fuertemente decimos que no fue así porque el Señor quiso que nosotros estuviésemos siempre vigilantes. Pero en el adviento de Cristo en la carne fue para nosotros un tiempo determinado [hecho histórico].

Por eso dice Jeremías: “ecce” «he aquí que vienen días en los que suscitaré de la descendencia de David un justo que reinará y será sabio». En tercer lugar por “ecce” solemos entender la manifestación de la cosa. Ya que la venida de Dios hacia nosotros permanece oculta, a saber, la venida por la que viene a la mente que no puede ser conocida por verificación. De ahí que dice el profeta Job: « si viene a mí, yo no le veo, si se desliza, no le advierto». Pero en la llegada en la carne de Cristo ha venido manifiesto y visible. De ahí que dice Isaías: «Por esto mi pueblo conocerá mi nombre porque yo mismo soy quién dirá: Aquí estoy» “ecce adsum”. Y el dedo de Juan el bautista demostró como presente su venida: «He aquí el cordero de Dios». Zacarías por el contrario señalaba este “ecce” para el futuro, en espera.

Cuarto, por “ecce” podemos entender la confortación (consuelo) del hombre y esto en dos modos. Si el hombre padece molestias por sus enemigos y sus enemigos lo subyugan, puede decir: “ecce”, He aquí. [Él dijo] estando en el trono: «abrieron su boca mis enemigos, y vinieron los días que deseaba». Del mismo modo cuando el hombre lo imita dice “ecce”. De ahí que el salmo dice: «que bueno y que alegre es convivir los hermanos unidos» y otras cosas. Pues en esto dos cosas alcanzamos con la venida de Cristo: el hombre es liberado de los insultos del demonio y se alegra de la esperanza asumida. El profeta Isaias dice también: «Decid a los pusilánimes que serán consolados; no teman: he aquí que tu Dios viene a traer la venganza de tus enemigos, él mismo viene y los salvará».

Veamos ahora las condiciones necesarias del adviento de alguien. Para el adviento de una persona se requiere que sea esperado o preanunciado con solemnidad según la magnitud de la persona, si es rey o un delegado del papa o según la amistad y afinidad. Y aquí el que viene es rey y el que se acerca a nosotros es nuestro amigo.

Por eso con gran solemnidad debemos esperarlo. Sabiendo que el rey impera con autoridad de Señor, ya que nadie que no tiene autoridad de Señor es llamado rey, pues se requieren cuatro cosas para que alguno sea tenido por rey que si alguien no las tuviera no sería considerado rey.

Debe en primer lugar el rey tener unidad en su reinado, en segundo lugar, potestad plenaria, en tercer lugar, amplia jurisdicción y, en cuarto lugar, equidad de justicia. Sobre lo primero digo que el rey debe tener unidad, puesto que si en el reino hubieran muchos dominadores y no tendieran todos a un señor, ninguno sería considerado rey. Por esto el reino es como alguna monarquía y Cristo tiene la unidad. Se encuentra en Eezquiel: «un solo rey será para todos nosotros». Y dice, «un sólo rey» para significar que ni un extranjero, ni otro Señor, sino un sólo Señor, el Hijo con el Padre es nuestro Rey. Esto ya que Cristo dice: «mi padre y yo somos uno», lo que es contrario a lo que dice Arrio, que uno es el Padre y otro es el hijo. Pero el apostol dicce: «y si [para algunos] hay muchos dioses y muchos señores, para nosotros hay un sólo Dios y señor».  

En segundo lugar para el rey es necesario que haya plenitud de potestad. Quien no gobierna con plena potestad sino según leyes impuestas no es tenido por rey sino por cónsul o canciller. Sería hasta el advenimiento de Cristo que la ley dada por Dios mutaría en cuanto a las leyes ceremoniales. Esto sólo porque el mismo Cristo es quien puede legislar. Por esto pudo decir: “habéis oído que si dijo antiguamente no matarás; yo por otro lado digo,” casi como diciendo: tengo potestad y puedo promulgar o derogar leyes. Isaías dice: «El Señor nuestro juez, nuestro legislador, él mismo vendrá y nos salvará.» Léase que el padre le ha dado al hijo todo el juicioy ya que el Señor es nuestro legislador por consecuencia es nuestro rey. Ester dice: «Señor rey omnipotente, en tu autoridad se detiene»  Y el hijo dice: «me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra». 

En tercer lugar es necesario que el rey tenga amplitud de jurisdicción. El pater familias tiene plenitud de potestad en su casa, pero no por eso es llamado rey. Del mismo modo quien tiene un pueblo no por eso es considerado rey sino quien tiene dominio sobre muchas tierras y sobre muchas grandes ciudades, se le considera rey. Vemos desde aquello, que viene a nosotros aquél del cual toda ser creado es su súbdito, ya que «El rey de toda la tierra es Dios», y conviene que aquél que viniera tuviera tal potestad, ya que alguna vez la ley sólo fue dada a los judíos y se decía que los Judíos era el pueblo elegido de Dios, pero era necesario que todos fueran llevados a la salvación e igualmente necesario que fuera rey de todos aquél que a todos pudiera salvar. Tan excelente fue este que viene a nosotros. El salmo dice: «pídemelo y te daré en herencia las naciones y la posesión de los confines de la tierra». 

En cuarto lugar es necesario que el rey tenga equidad, porque de lo contrario sería un tirano, puesto que el tirano maneja a todos los que están en su reino según su propia utilidad; pero el rey ordena a su reino hacia el bien común. Dice el libro de proverbios: «El rey justo edifica la tierra, el hombre avaro la destruye». Pero Cristo no viene buscando su propia utilidad sino la tuya, puesto que «no viene el hijo del hombre a ser servido sino a servir». Y el que viene a servir, en verdad viene a dar su vida para la redención de muchos, y, a los redimidos, conducirlos a la gloria eterna hacía la cual nos conduce.

Tercera parte
«He aquí que viene tu rey.» Ya se ha dicho que en esta palabra podemos ver la demostración del adviento cuando dice: “ecce”; en segundo lugar la utilidad del advenimiento está en el “venit”; en tercer lugar y en cuarto lugar el modo en el que él viene: manso. Se ha dicho, también, que cuando digo “ecce” por esto solemos entender cuatro cosas: Primero la verificación de la cosa. Segundo la determinación temporal. Tercero la manifestación. Cuatro la confortación o el consuelo. De las condiciones que se contemplan del que viene, puesto que dice «tu rey», se ha dicho que el advenimiento requiere que la persona sea esperada o anunciada con solemnidad según su magnitud si es un rey o un delegado o según la amistad y afinidad de la persona, y estas cosas se dieron en aquél que viene. Ha sido considerado también que Cristo es Rey de toda criatura como dice Judith, «creador del agua y rey de toda criatura»,especialmente cuando dice «tu rey», a saber de los hombres por cuatro motivos: Primero por la semejanza de su imagen, segundo por un amor especial, tercero por un especial cuidado y solicitud, cuarto por la sociedad con la naturaleza humana.

Sobre lo primero digo que de Cristo se ha dicho «tu rey” esto es de los hombres, por la semejanza de su imagen. Sabiendo que especialmente al rey le compete ser considerado tal cuando porta las insignias regias que son como su imagen y que todas las criaturas son de Dios, de un modo eminente aquella criatura de Dios de la que se dice que porta la imagen de Dios, y esta es el hombre. Ya que en el Génesis dice «hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza». ¿Y en qué consiste esta semejanza? Sugiero que no se considere según la semejanza corporal, sino según a luz intelictual de la mente. En Dios, está la fuente de la luz intelectual y nosotros tenemos el signo de esta luz. Por ello dice el salmo «significada está sobre nosotros la luz de tu rostro Señor». Esta luz ha puesto en el hombre un sello, y de ahí que en el hombre haya sido creada la imagen divina, aunque ésta misma se desvanece ya que ha sido oscurecida por el pecado. El salmo dice: «y las imágenes de ellos a la nada reduces». Por este motivo envió Dios a su hijo para que esta imagen por el pecado deformada fuera reformada. Deseamos, entonces, ser transformados según lo que dice el apóstol: «despojados del hombre viejo, revestíos del hombre nuevo que ha sido creado según Dios, para que sea renovado en la imagen de aquél que lo creó.» ¿Y de que modo nos transformamos? Ciertamente cuando imitamos a Cristo. En esto se ve pues que la imagen que en nosotros se ha deformado, en Cristo es perfecta. Debemos, entonces, portar la imagen de Cristo. De ahí que diga el apóstol a los corintios: «como portamos la imagen terrena, así portemos la imagen celestial», y en la epístola de hoy se lee «revestíos de Cristo», esto es imitad a Cristo. En esto consiste la perfección de la vida cristiana.

Segundo, cuando se dice de Cristo, «tu rey», esto es de los hombres, se dice que es rey por el amor especial que les tiene. Se acostumbra en el colegio de los clérigos, cuando el obispo ama de un modo más especial a algunos que a otros se dice que es obispo de aquellos predilectos. Dios ama a todo lo que es, pero de modo más especial y eminente ama a los hombres. Dice Isaías: «donde esta tu celo y tu fuerza, ahí la multitud de tus entrañas sobre mí».Ved que Dios ama muy especialmente la naturaleza humana.

Encontramos, pues diversos grados de naturaleza, pero no encontramos que Dios a grados inferiores de naturaleza los transfiera a grados superiores de naturaleza como del grado del planeta al grado del sol, o de grados inferiores de los ángeles a grados superiores de los ángeles; pero al hombre lo transforma y lo lleva a un grado en igualdad a los ángeles. Lucas dice: «hijos de la resurrección, santos, iguales serán a los ángeles». Dios, entonces, ama a los hombres de un modo especial. En consecuencia, no debemos ser ingratos a tanta dilección, sino que debemos llevar a él mismo todo nuestro amor. Si amara a algún pobre, miserable se vería aquél si no recompensara al rey por su poder con su amor. El Señor desde la infinitud de su amor ha dicho al hombre: «mi delicias son estar con los hijos de los hombres». Por esto debemos a él recompensar este amor.

En tercer lugar se dice de Cristo “tu rey”, esto es, de los hombres, según el cuidado singular y solicitud que tiene de ellos. En verdad es que Dios tiene cuidado de todos. El libro XII de la sabiduría dice: «él mismo es el cuidado de todos».No hay cosa tan pequeña que esté por ello substraída a la divina providencia, puesto que así como la cosa es por causa de Dios, así el ordenamiento de la cosa es por causa de Dios y la providencia es éste mismo ordenamiento. Especialmente los hombres están puestos bajo la divina providencia. Dice el salmo: «a los hombres y a las bestias salvará el Señor», a saber por medio de la salud corporal, «a los hijos de los hombres en la protección de tus alas esperarán». ¿Y de qué modo esperan? Digo que no sólo los bienes espirituales, por el contrario, también los bienes eternos son preparados a ellos por Dios que los conduce a la vida eterna. Y cuánto más por esto se ve que Dios loscuida. El apóstol dice: «No es Dios guarda de las vacas». Dios no deja los actos de los hombres sin consideración. El libro de la sabiduría dice: «tu Señor juzgas el pecado con gran tranquilidad».

En cuarto lugar se dice de Cristo «tu rey», a saber de los hombres, según la sociedad humana a la que ha accedido. Pues dice en el libro del Deuteronomio: «No podrás a alguno de otro pueblo que no sea tu hermano hacer tu rey». En esta profecía de Cristo el Señor disponía qué rey de los hombres constituiría. No quizo que fuera «alguno de otro pueblo», esto es de otra naturaleza que no fuera nuestro hermano. Por esto, el apóstol dice de Cristo: «nunca a los ángeles se unió, sino a la descendencia de Abrahan», en lo que se ve que el hombre tiene un privilegio sobre los ángeles. Cristo es rey de los ángeles y es hombre no ángel. Y de este modo los ángeles sirven al hombre. El apóstol dice: «todos son siervos del espíritu». Era necesario, pues, que Cristo fuera [se hiciera] hombre y en ocasión de esto salvara puesto que dice el apóstol a los hebreos: «el que santifica y el santificado son uno», según que nos moviera, a sus hermanos, al arrepentimiento diciendo: «he dicho mi nombre a mis hermanos».  

Consta el modo de la demostración del adviento y las condiciones del que adviene. Se sigue el ver la utilidad del que viene, lo que se muestra cuando dice: «vine para ti»; a saber, no movido por su utilidad sino para la nuestra. Vino, pues, por cuatro motivos. Primero vino para manifestar la majestad divina. Segundo para reconciliarnos con Dios. Tercero para liberarnos del pecado y cuarto para darnos la vida eterna.

Primero digo que Cristo vino para manifestar a nosotros la divina majestad. El hombre había deseado sobre todo el conocimiento te la verdad y especialmente la verdad considerada es aquella sobre Dios. Los hombres estaban en tan gran ignorancia que desconocían lo qué era Dios. Algunos decían que era un cuerpo, otros dijeron que no tenía cuidado de cada uno, y por esta razón vino el hijo de Dios para enseñarnos la verdad. Él mismo dijo: «Para esto he nacido y he venido al mundo para dar testimonio de la verdad.» Y en Juan se lee: «A Dios nadie lo ha visto jamás», y para esto el Hijo de Dios vino, para que tuconocieses la verdad.Nuestros padres en tantos errores estuvieron que la divina verdad ignoraron. Pero nosotros, por el advenimiento del Hijo de Dios hemos sido llevados hacia la verdad de la fe. 

En segundo lugar Cristo vino para reconciliarnos con Dios. Podría decirse: Dios era mi enemigo a causa del pecado; mejor era para mi mismo ignorarlo que conocerlo. Por este motivo Cristo vino no solo para manifestarnos la divina majestad, sino para reconciliarnos con Dios. El apóstol a los efesios: «y viniendo evangelizaba la paz a aquellos que estaban cercanos y a aquellos que estaban lejanos». Y en otro lado dijo el apóstol: «Hemos sido reconciliados con Dios por la muerte de su hijo», y por esto en la natividad de Cristo cantaban los ángeles: «gloria a Dios en lo alto», y después de la resurrección el Señor llevaba la paz a sus discípulos diciendo: «la paz con vosotros».

En tercer lugar ha venido para liberarnos de la servidumbre del pecado. El apostol dice: «Jesucristo vino al mundo para hacer salvos a los pecadores. Quien comete pecado es siervo del pecado», es necesario que sea dicho: «si el hijo os ha liberado, verdaderamente serás libre». Y también: «el hijo del hombre viene a buscar y hacer salvo lo que estaba muerto».

En cuarto lugar vino Cristo para que nos diera en el presente la vida de gracia y en el futuro la vida de gloria. Dice Juan: «He venido para que tengan vida», a saber la vida de gracia en el presente, ya que «el justo vive por la fe» y «que la tengan en abundancia», a saber, la vida de gloria en el futuro por la caridad. Dice Juan también: «nosotros sabemos que hemos sido llevados de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos», y vivimos por las buenas obras. También Juan dice: «esta es la vida eterna que te conozcan Dios verdadero y a aquél que enviaste Jesucristo». Consta el modo de la utilidad del adviento.  

Pero, ¿de qué modo vino? Digo que vino manso y esto por muchas razones. En proverbios dice: «así como el rugido del león, así es la ira del rey y su benevolencia como el rocío sobre la yerba». La mansedumbre es la ira mitigada. El modo en el que Dios vino ha sido con mansedumbre, pero en el futuro vendrá con ira. Dice Isaías: «He aquí que el nombre del Señor vendrá de lejos como ardiendo en su furor». Y Job dice también: «ahora, pues, no trae furor ni procede con gran celo». El modo, pues, en el que vino Cristo ha sido en mansedumbre y nosotros con mansedumbre debemos recibirlo.

Por eso dice el beato Santiago: «reciban con mansedumbre la palabra sembrada que puede salvar vuestras almas».Vean que la mansedumbre de Cristo la podemos considerar por cuatro razones: en primer lugar en su conversación [enseñanzas], en segundo lugar en su corrección, en tercer lugar su amable recibimiento del hombre y en cuarto lugar su pasión.

En primer lugar digo que podemos ver la mansedumbre de Cristo en su conversación debido a que toda su conversación fue pacífica; no ha buscado materias de disputa, sino que ha evitada aquello que pudiera inducirlo en pleito. Por eso dice: «venid a mi que soy humilde y humilde de corazón». Y en esto debemos imitarlo. Cristo ascendió a Jerusalén sentado sobre un asno que es un animal manso, no sobre un caballo, y el hijo fue subyugado. Debemos, entonces, ser mansos. Como dice el eclesiastico: «hijo en mansedumbre completa tu obra y alcanza la gloria para el hombre». Del mismo modo la mansedumbre de Cristo aparece en su corrección. Muchos oprobios por sus perseguidores soportó, y aún así, no respondió con ira o pleito. Y para esto dice: «según la verdad y la mansedumbre», y demás cosas. Dice San Agustín en su exposición que «cuando Cristo hablaba, la verdad era conocida; con sus enemigos pacientemente respondía y con mansedumbre era alabado». El salmo dice: «Ya llega la mansedumbre y seremos alcanzados». Y también Isaías dice: «no contendió ni clamó».

En tercer lugar aparece la mansedumbre de Cristo en su amable recibimiento del hombre. Algunos hombre no supieron recibir con mansedumbre. Pero Cristo a los pecadores benignamente recibía y con ellos comía. A ellos mismos admitía en sus convivios o a sus banquetes iba, por eso es que era visto por los fariseos que decían: «¿por qué vuestro maestro come con los publicanos?» Fue pues manso. Por ello puede la Iglesia decir de él lo que dice en el segundo libro de reyes: «tu mansedumbre me ha acrecentado». Por esto otros quienes tienen que reinar deben ser manos.

En cuarto lugar aparece la mansedumbre de Cristo en su pasión pues «como cordero a la pasión avanzó, y cuando era maldecido no maldecía»; todos aún sí, fueron capaces de entregarlo a la muerte. Por eso dice en el libro de Jeremías: «yo como cordero que es llevado al sacrificio». Verdaderamente, en mansedumbre, bien ha imitado a Cristo, el mismo beato Andrés quién cuando habiendo sido puesto en la cruz y al encontrarse con que el mismo pueblo quería bajarlo, por sus súplicas se mantuvo en ella y rogaba que no fuera bajado de la cruz, sino que a través de la pasión siguiera a Cristo. De ahí que hubiera plenitud en él: «este hombre sumamente manso apareció en el pueblo».La mansedumbre hizo que heredara la feliz tierra. En Mateo: «felices los mansos porque ellos heredaran la tierra», que nosotros nos dignamos ensalzar que aquél que con Dios padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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