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Procul, de die in diem….

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En ocasiones, pudiera parecer que nuestras reflexiones están envueltas en un escepticismo que se jacta de verificar sus propias tess a través de las patéticas situaciones en que -más de lo que deseamos-contemplamos envuelta nuestra macilenta Iglesia; al modo del resarcido médico que a través del agravamiento de los síntomas reitera lo acertado de un diagnóstico suyo puesto en duda. O incluso como la postura del sabio pretencioso que enarbola su escepticismo como medio de segregación de un vulgo que no atiende sino a aquello que le produce satisfacción.
Nada más lejano de nuestra actitud; porque el escéptico no puede ser nunca bienaventurado ni sabio, pues renuncia a la posibilidad de encontrar esa verdad que es lo que colma la dicha, esa condición que ha de excluir todo temor a perder los bienes de la verdad y que aporta la suficiencia de la que el hombre por su propia constitución ontológica carece. Sin olvidar aquello que en su «De vita beata» recomendaba San Agustín : «¿Qué otro monte han de evitar y temer lo que aspiran a entrar en la filosofía sino el orgulloso afán de vanagloria, porque es interiormente tan hueco y vacío que a los hinchados que se arriesgan a caminar sobre él, abriéndose el suelo, los traga y absorbe, sumergiéndoles en unas tinieblas profundas, después de arrebatarles la espléndida mansión que ya tocaban con la mano?». Justamente, la otra cara del escéptico es la del fideísta, pues renuncia al análisis de las causas que pueden mostrar esa verdad que cree inalcanzable; el voluntarista que se orienta a aquello que pueda producirle satisfacciones sin describir el camino que lleva a ello. Una JMJ conceptual, vaya. Asi pues, cabeza fría y corazón caliente, para que nos entendamos. Yo creo que nos entendemos.
En la anterior entrada, se indicaban algunas dificultades que hallábamos en la instrucción «Universae Ecclesiae», en virtud de motivos contradictorios -a juicio del que esto escribe- a la intención general a la que parecen orientarse la praxis y documentación relativos a la liturgia dictados por el Romano Pontífice, que podríamos situar en un triple nivel: a) La renovación general de la vida litúrgica del pueblo cristiano, mostrando la esencial conexión entre lex orandi y lex credendi; b) Enfatizar la hermenéutica de la continuidad en su doble plano litúrgico y teológico;c) Desestimar una visión evolucionista del desarrollo litúrgico -contraria a la idea de desarrollo armónico- así como el encuadramiento de la forma extraordinaria en una dialéctica diacrónica e historicista.
Es obvio afirmar la importancia de los documentos emanados de la Santa Sede o las disposiciones jurídicas que regulan la vida de la Iglesia; sin embargo, el correcto funcionamiento de la vida ordinaria de la Iglesia presupone todo un conjunto de elementos que ha de presuponer el mismo ordenamiento jurídico y que al mismo tiempo permiten su eficacia.
El mismo CIC exige una eclesiología, una teología y una pastoral que va a determinar los diferentes elementos regulativos, de modo que la instauración de aquéllas va a allanar la eficacia de éstos. Todos esos elementos: liturgia, teología, pastoral, espiritualidad, filosofía, constituyen la «forma mentis» de los pastores y fieles que van a facilitar la puesta en marcha de los diversos elementos regulativos, que no se asientan -en la Iglesia- en la mera capacidad de coacción o en la necesidad como sociedad de «darse» un código legal. Ésto último a veces se olvida. Esta dialéctica permite entender las disfunciones que encontramos en la recepción de ciertos documentos -y no de otros documentos, o praxis festivas eclesiásticas- como son los que nos ocupan desde ha tiempo. Concedamos un axioma: que el Papa emplee la noción de «hermenéutica de la continuidad» como principio formal de sus diversas disposiciones, no implica que tal principio formal esté presente de modo evidente en la teología, pastoral, espiritual, vida ordinaria de la Iglesia. Más bien, parece que no lo está. Esta incongruencia acompaña de modo permanente las permanentes contradicciones de los antedichos documentos. Bajemos un momento a la realidad de los pastores de la Iglesia y del pueblo cristiano; desde hace ya bastantes años se ha valorado la nueva liturgia, teología, pastoral y espiritualidad precisamente como «renovación» -un eufemismo de la «sustitución»- de lo anterior. Tendremos que cualificar dicha «renovación». La tesis que desarrolla esa idea de «renovación» se asentaría en lo siguiente (y diametralmente contraria a la «hermenéutica» de la que el Papa habla): se valora la teología anterior (dichoso método histórico-crítico), la espiritualidad anterior, la pastoral anterior como algo conveniente, lícito, incluso digno de elogio, pero por corresponder a un tiempo y época determinado. Su valor viene determinado exclusivamente por su incardinación en una época que «exigía» ese modo de hacer. [ llevaría tiempo desarrollar una interesante idea: este criterio implica extrapolar un criterio histórico-eclesiológico muy moderno, el de la necesidad de acoplamiento de la Iglesia a la cultura del momento, que sólo se ha dado de la Ilustración hasta ahora. Extrapolar ese criterio de «fidelidad al momento presente» en otras épocas llevará a resultados incongruentes y absurdos, a no ser con complicadísimos malabarismos]. La «modernización» litúrgica, pastoral, teológica, espiritual obedecería a un determinado principio de «encarnación» que obliga a la Iglesia a modificar determinadas formas consideradas accidentales. [el modo más sencillo de cambiar algo es covertirlo en «accidental», sin precisar excesivamente su relación con lo «substancial» que también se re-elabora para convertir en «accidente» lo que no lo es]. La justificación de la pertinencia de lo «actual» suele centrarse en la descalificación «a se» o «per accidens»(por su inadecuación) de lo anterior por ser obsoleto como instrumento pastoral. Incluso la insistencia en tal tesis puede llevar a abrigar la sospecha de «ritornello» estilo terapia psicoanalítica que desemboque en un «autoconvencimiento por agotamiento» de que aunque lo «actual» no funcione o sea mucho más ineficaz que lo anterior, no es posible una «vuelta atrás». En ocasiones se llega a argumentar que las disfunciones de esa «nueva Iglesia» se deben o bien a que las reformas no han sido lo suficientemente radicales o bien que la mentalidad «tradicional» está demasiado incrustada en clérigos y laicos. El planteamiento que resumida, sintética y simplificadamente acabo de exponer no constituye una simple tesis a la que se le puedan oponer otras, sino que implica una determinada estructuración de la mente, una «forma mentis», tabla de categorías kantianas (con perdón), o el objeto formal «quo» tomista en que desde hace muchos años se estudia la teología, se practica la pastoral, se fomenta la espiritualidad. Llamémosle un «paradigma». En el NT cuando se habla de conversión, el término griego es «metanoia», literalmente «cambio de pensamiento», no mera reordenación de los elementos de la estructura cognoscitiva y moral. Se trata de algo parecido. En este «paradigma» justamente se inscriben las corrientes «progresista» y «neoconservadora», que no lo ponen en duda, sino que más bien lo aceptan como fundamental. La diferencia entre ambas corrientes sería que para el progresista no existe una «substancia tradicional» que deba irse adaptando históricamente, y para el neoconservador tal substancia metafenoménica se despliega en variados epifenómenos que pueden ser incluso contradictorios entre sí, con la única referencia a ese «ser lo de siempre, pero ahora», convirtiendo esa nouménica «substancia tradicional» en un conglomerado de ideas relativamente recientes sobre la moral personal, la adhesión a las autpridades eclesiásticas y su papel sobre el pueblo cristiano, y un acusadísimo pragmátismo pastoral de nefastas -y comprobadas- consecuencias, con un notable «olvido de lo esencial» como diría el bueno de Guitton. En este paradigma, llevan años formándose sacerdotes, obispos y fieles. ¿Puede un documento con prescripciones jurídicas desmontar sin más todo ese paradigma? Lo lógico es que no haya modo de asumir tal documento, y aceptarlo de manera tácita. ¿Es extraño que los clérigos y seglares que lo acojan con interés sean escasos? Lo raro sería lo contrario, teniendo en cuenta lo anterior. La perplejidad por parte de gran número de obispos con respecto a estos documentos y praxis pontificias recibe su explicación, no de una obediencia fingida o de una desobediencia latente, sino que no es posible desandar lo andado dejando una iniciativa litúrgica en manos de grupos de seglares -que no están exentos de ese proceso re-formador- obviando que la responsabilidad litúrgica en las diócesis, en última instancia, es de los pastores.
P.S. Quizás algunos de nuestros sucintos lectores esperen ansiosos algún tipo de recensión/crítica/auto de fe de don Orugario González von Cardedal. No hay demasiado que contar. Volvió con la teología alemana bajo el brazo demasiado pronto como para que le prestasen atención; y cuando es las facultades de teología se puso de moda la teología alemana, el ya estaba un tanto caduco. Eso sí, gurú de la Conferencia Episcopal, la Cope y el Abc. La lectura que hace Ex orbe es más que suficiente como bálsamo que alivie las calenturas que nos produce la entrega a don Orugario de ese premio que pueden recibir teólogos católicos, no católicos y disidentes. Par bleu!
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