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¿Más pro-vida o más hipócrita?

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Hace no mucho una bitácora “neocon” amiga se felicitaba por el crecimiento en las encuestas de aquellos que se definían como pro-vida en los Estados Unidos. Ya se sabe lo que hay detrás de este tipo de noticias. Los E. U. A. son la tierra prometida del neoconservador hispano por lo que sirve de ejemplo y modelo para nuestros países. Así el lector “neocon” que se entera de estos “éxitos” deduce automáticamente que:

1) la política de marchas, manifestaciones, pancartas y globos de colores da éxito, lo mismo que el mandato de no ser negativos ni prohibir sino hablar de “lo positivo” (aunque sea algo tan difuso como “la vida”) es efectivo;
2) la estrategia de “luchar desde adentro” de uno de los grandes partidos (aquél que más se asemeje al Partido Republicano) también es exitosa, por lo que se debe evitar la “utopía” del partido o movimiento católico; y
3) apoyar la labor de candidatos políticos judíos o de otras “denominaciones” cristianas (los mahometanos quedan descartados por representar “el Eje del Mal”) y buscar alianzas ecuménicas con ellos, también funciona.
Pero hete aquí que la prestigiosa “New Oxford Review” publica el siguiente artículo donde queda claro que no todo es de color de rosa como los “neocons” locales nos quieren hacer creer.

¿Son los Estados Unidos más Pro-Vida?

New Oxford Review, julio-agosto 2012.

Mucho se ha dicho sobre lo que parece ser una significativa victoria del movimiento pro-vida en la actual guerra cultural. Diversos informes desde hace un año han resaltado un cambio en la actitud estadounidense hacia el polarizante asunto del aborto: la tendencia de las actitudes estadounidenses parece estar alejándose del polo pro-aborto y acercándose al polo pro-vida.
A principios de este año, Russell Shaw escribió en Our Sunday Visitor sobre el “significativamente re-energizado movimiento provida”, notando que “sólo en el último año, se han adoptado en 24 estados 52 nuevas restricciones sobre el aborto” (15 de enero). Shaw citaba a Fred Barnes, editor ejecutivo de The Weekly Standard, quien vivaba la “resurrección de la cruzada pro-vida” y ofrecía como pruebas de su entusiasmo “el crecimiento de los refugios para embarazadas solteras”, “el aumento en la oposición al aborto entre los jóvenes” y “el rejuvenecimiento de los viejos grupos pro-vida y la aparición de nuevos” (7 de noviembre de 2011).
Entonces, para el deleite de muchos, un informe de Gallup publicado en mayo parecía confirmar —y cuantificar— el positivo momento del movimiento pro-vida. Al comienzo de la campaña presidencial de verano, la confianza entre los pro-vida estaba en su cima y los pro-elección estaban a la defensiva.
El aspecto más repetido del informe de Gallup fue que los estadounidenses se identificaban ahora como “pro-vida” más que como “pro-elección”. Todo un 50% de los que respondieron la encuesta de Gallup dijo ser pro-vida —un “aumento” del 5% desde 2008—. Mejor aún, sólo el 41% de los que respondieron se consideraban pro-elección —un “caída” del 8% desde 2008—. De más está recordar que 2008 fue el año en que los Estados Unidos eligieron a Barack Obama, el hombre que hoy es conocido en los círculos pro-vida como “el presidente más pro-aborto de toda la historia estadounidense”. ¿Será que el aliento al aborto de su gobierno ha causado una reacción adversa entre la ciudadanía? Lo veremos en noviembre.
Los números de Gallup de 2012 representan un cambio más dramático incluso que en tiempos de Clinton, en 1995, cuando el 56% de los que respondieron se identificaron como pro-elección, versus un pobre 33% de los que se identificaron como pro-vida. A este nivel, la marea parece estar cambiando realmente.
El informe de Gallup también muestra que los estadounidenses en general favorecen limitar la industria del aborto dentro de lo que Charmaine Yoest, presidente de Americans United for Life, llama “límites de sentido común” —leyes que exijan la autorización de los padres, limitaciones al monto de dinero de impuestos que sirve para financiar los abortos, restricciones a los abortos más allá de la semana vigésima del embarazo, etc.—. “Un creciente número de estadounidenses”, dijo Yoest a la Catholic News Agency (24 de mayo), “se siente intranquilo con una industria del aborto irrestricta, subregulada y desagradable como la que existe hoy”.
Sea como fuese, la encuesta de Gallup también deja claro que la mayoría de los estadounidenses no desean eliminar por entero la industria del aborto. Aunque esté de moda entre los estadounidenses llevar la etiqueta pro-vida, el hecho es que casi no ha habido cambio en su actitud fundamental hacia el aborto “legal”. Gallup informa que apenas un 20% de los que respondieron dijeron que el aborto debiese ser “ilegal en toda circunstancia”. Este grupo fue superado en cinco puntos porcentuales por quienes dicen que el aborto debería ser “legal en cualquier circunstancia”. Estos números de 2012 son virtualmente idénticos a los de 2008.
La diferencia entre el número de estadounidenses que se identifican como pro-vida (50%) y de los que creen que el aborto debe ser ilegalizado (20%) no ha pasado inadvertida en el campo pro-elección. Kaili Joy Gray, desde el blog progresista Daily Kos (23 de mayo), rápidamente señaló que estos números “‘deberían’ ser idénticos”. Realmente. “Alguien que se identifica como ‘pro-vida’”, razonaba, “supuestamente piensa que el aborto es inmoral y debería ser ilegal en todas las circunstancias”. Sí, supuestamente. Existe una indudable incoherencia en asumir una cierta identidad sin adherir verdaderamente a sus imperativos —esto es decirse pro-vida pero sin pensar que el aborto deba ser ilegal—. “Eso no los hace ‘pro-vida’”, carga la Sra. Gray. “Eso los hace hipócritas.”
¡Ay! Eso fue un golpe bajo, pero que no carece de fundamentos.
Lo que estamos viendo no es tanto un crecimiento de las tendencias pro-vida en los Estados Unidos sino un creciente malentendido sobre lo que significa ser pro-vida. La Sra. Gray da en la diana al decir que ser pro-vida es querer la ilegalización del aborto. Sin embargo, se le va la mano cuando llama a los nuevos pro-vidas hipócritas. Sospechamos que se han sentido atraídos por la etiqueta de un movimiento que ha enfocado sus energías en ganar pequeñas concesiones y restricciones limitativas antes que perseguir agresivamente la prohibición de plano del homicidio de bebes aún no nacidos.
Un indicador del sentido borroso de lo que significa ser pro-vida es que un 52% de los que respondieron la encuesta de Gallup dijeron que el aborto debería ser “legal bajo ciertas circunstancias”. Entre estas circunstancias, el 82% piensa que el aborto debe ser legal “cuando la salud física de la mujer está en peligro”. Más problemático es el 61% que piensa que el aborto debería ser legal “cuando la salud mental de la mujer está en peligro”. Ciertamente cualquier mujer que busca hacerse un aborto podría argumentar que de no conseguir lo que quiere, podría caer en una severa depresión.
Francamente, éstas no son excepciones que un pro-vida genuino apoyaría.
Tal vez hemos llegado al punto donde Bill Clinton podría ser tenido como un profeta pro-vida por haber previsto que un día el aborto en los Estados Unidos sería “seguro, legal y extraordinario”. ¿Qué absurdo hubiese parecido eso en 1995? Sin embargo, sobre la base de una generosa lectura de los resultados de la encuesta de Gallup, ésta podría parecer una meta razonable para los nuevos “pro-vida” estadounidenses —pro-vidas para los que el término ha sido vaciado de su verdadero significado—.
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