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Glosas al último (Deo volente) artículo del P. Iraburu (III)

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Santo Tomás de Aquino, otro peligroso filo-nosequé

Seguimos con la glosa:
7. Mons. Lefebvre se equivocó en la ordenación de los Obispos, pero lo hizo por amor a la Iglesia. Su intención era buena, y su conciencia buena y recta. Así argumentan los filo-lefebvrianos «más abiertos», aquellos que llegan a reconocer la «equivocación» de Mons. Lefebvre. En un acto de suprema magnanimidad, él vino a hacer suya la actitud de San Pablo: «siento una gran tristeza y un dolor continuo en mi corazón, porque desearía ser yo mismo maldito (anatema), separado de Cristo, en favor de mis hermanos», los judíos (Rm 9,1-5). «Conviene que un hombre muera por todo el pueblo, y no que muera todo el pueblo» (Jn 11,50). 
–Nunca es lícito procurar el bien espiritual de los otros con perjuicio del bien espiritual propio. Recordemos la doctrina de Santo Tomás sobre el orden de la caridad. La caridad es universal, se dirige a todos los seres, pero dada la limitación del hombre, en el ejercicio concreto de la caridad hay un orden objetivo de prioridades, que debe ser respetado (STh II-II,26,1). Entre Dios y nosotros, es claro que debemos amar a Dios más que a nuestra propia vida, nuestros familiares, amigos o bienes propios (Lc 14,26. 33). Entre nosotros y el prójimo, es indudable que debemos amarnos más a nosotros mismos, pues es Dios quien propone al hombre el amor a sí mismo como modelo del amor al prójimo; y el ejemplo es mayor que su imitación (II-II,26,4 sed contra). Y aunque en ocasiones el bien material del prójimo puede ser preferido al propio, por el contrario, el bien sobrenatural propio debe preferirse siempre al bien sobrenatural del prójimo. No es, pues lícito cometer el más leve pecado, aunque ello, presuntamente, trajera consigo un gran bien espiritual para nuestro hermano (26,4). Así han obrado y obran siempre los santos.
Este argumento de don Iraburu ya lo hemos rebatido antes por lo que no nos repetiremos para no abusar de la paciencia de nuestros amables lectores. Sin embargo, nos detendremos en un par de suposiciones temerarias que hace. En primer lugar, se parte del supuesto (no demostrado previamente) de que lo que hizo Monseñor Lefebvre, en ese tiempo y lugar concreto el 30 de junio de 1988 fue un “pecado”. Es decir, que, gratuitamente, hemos pasado del ámbito de la moral al de la casuística de confesionario. No es éste sino otro más de los “pases mágicos” a que nos tiene acostumbrado junto a sus corifeos infocatólicos: de la ética general al derecho canónico, de éste a la teología sacramental, de allí a la casuística para confesores, y de vuelta a la ética, sin atender a los diferentes métodos que cada uno de estos saberes tiene. Pero no sólo eso, el Páter nos regala un juicio temerario.
Don Iraburu, que se dice tomista, debe conocer el caso de la II-II q.66 a.7 de la Suma, “¿Es lícito el hombre robar en estado de necesidad?”, donde el Aquinate concluye que “esto no tiene propiamente razón de hurto ni de rapiña.” O el caso de I-II q. 96 a. 6, donde dice: “la necesidad misma lleva aneja la dispensa, pues la necesidad no se sujeta a la ley.” A diferencia de la ética kantiana, la católica no se maneja entre absolutos abstractos como pretenden algunos comentadores InfoCatólicos, suponemos que con la aprobación de su “Capellán Mayor”, puesto que no los corrige. Del mismo modo que la ley injusta no es ley —como dice el Doctor Humanitatis (título que le dio s.s. Juan Pablo II, aunque le duela a Arráiz y a los demás infocatólicos con su silencio cómplice)—, del mismo modo que el robo en caso de necesidad no es robo, uno no está obligado a obedecer una orden injusta o de cumplimiento imposible. Y esa desobediencia no es propiamente desobediencia.
Repetirá tal vez don Iraburu, en un nuevo acto de temeridad, que del mismo modo piensan los luteranos. Otro dirá ingenuamente, ¿y quién decide que orden es justa o injusta? Y, los infocatólicos, repetirán al unísono: el Papa. ¿Y, preguntamos, si el que da la orden injusta es el Papa? ¿No existen acaso referencias para determinar la justicia o injusticia de un mandato papal, dado que los Papas no están exentos de equivocación en materias que no son de Fe como puede ser la fecha de una consagración episcopal (siendo que la misma ya estaba permitida por el Papa pero el 15 de agosto en vez del 30 de junio)?
“El Papa no es el mandatario supremo —desde Gregorio Magno se llama el «siervo de los siervos de Dios»—, sino que debería, yo suelo expresarlo así, ser el garante de la obediencia, de que la Iglesia no haga lo que quiera. Ni siquiera el propio Pontífice puede decir: «La Iglesia soy yo», o «La tradición soy yo», sino al contrario: él está obligado a obedecer, encarna ese compromiso de la Iglesia. Si en la Iglesia surgen las tentaciones de hacer las cosas de una manera diferente, más cómoda, él tiene que preguntar: «¿Podemos hacerlo?». Así pues, el Papa no es el órgano capaz de proclamar una Iglesia diferente, sino el dique de contención frente a la arbitrariedad. Mencionaré un ejemplo: desde el Nuevo Testamento sabemos que el sacramento del matrimonio, una vez consumado, es perpetuo, indisoluble. Ahora hay corrientes que afirman que el Papa podría cambiarlo. Y en enero de 2000, él, en un gran discurso a los jueces romanos, explicó que, frente a esa tendencia de modificar la indisolubilidad del matrimonio, sólo podía decir que el Pontífice no puede hacer todo lo que quiere, sino que, por el contrario, debe inculcarnos siempre la obediencia [a la Tradición], que en ese sentido tiene que continuar el gesto del lavatorio de pies, si me permite la expresión.” — Joseph Card. Ratzinger [Fuente. Lo subrayado es nuestro.]
Queda claro que el “dique de contención frente a la arbitrariedad” es la tradición de la Iglesia. ¿Será que el entonces Cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, era un cripto-luterano? ¿O, peor, un filo-lefebvrista?
Por el contrario, las excomuniones que siguieron a las consagraciones episcopales fueron “latae sententiae”, automáticas por encuadrarse en una conducta tipificada en el Código de Derecho Canónico. No se penó una “desobediencia” a una “orden directa del Papa” como dicen los infocatólicos, sino una conducta tipificada (can. 1382). Pena que Lefebvre conocía y aceptaba como consecuencia obvia de su acto. Para ello no hay más que leer la homilía que pronunció en ocasión de las ordenaciones. Y, justamente, se refugia en el “estado de necesidad” (can. 1323, 4), manifestando de esa forma la falta de intención cismática, y dejando abierta la puerta para un recurso ante la Sede Apostólica. El caso es que el proceso no estaba aun terminado para cuando se levantaron las excomuniones y por aplicación del principio de ley posterior más benévola, se lo dio por terminado sin resolverse.
Pero no fueron pocos los estudios monográficos sobre el affaire Lefebvre a cargo de respetables canonistas y, en general, fueron favorables al reo, aun no siendo “lefebvristas”. Como, por ejemplo, el sacerdote estadounidense Gerald Murray (actualmente párroco en Manhattan), en la Gregoriana, sostuvo en su tesis (aprobada con la máxima calificación) que la excomunión “desde el estricto punto de vista canónico no es válida, al igual que la acusación conexa de cisma en sentido formal”.
8. San Atanasio, por defender la fe católica en tiempos de enorme difusión del arrianismo en la Iglesia, fue excomulgado por el Papa. Y la pena de excomunión sufrida por Mons. Lefebvre y sus Obispos hay que entenderla en circunstancias e intenciones análogas. 
–El caso histórico aludido no sirve como argumento. En primer lugar, porque Mons. Lefebvre no fue excomulgado por mantener doctrinas falsas, sino por realizar una celebración episcopal gravemente prohibida por la Ley y por el Papa. Y en segundo lugar, porque la excomunión de San Atanasio fue claramente inválida, al no ser firmada por el Papa libremente. Según el testimonio del propio San Atanasio, «Liberio, habiendo sido desterrado, cedió al cabo de dos años y, temiendo la muerte con la que le amenazaban, firmó» (Historia Arrianorum ad Monachos 4). El Papa Liberio, antes y después de esa excomunión, siempre apoyó a San Atanasio, superando terribles presiones y hasta intentos de soborno por parte del Emperador arriano.
¿Y esto? El caso es que San Atanasio desobedeció una orden injusta proveniente del Papa, más allá de las circunstancias. Y, en el momento en que desobedeció, San Atanasio no sabía que el Papa había sido presionado por el Emperador.
Todos los santos que han buscado la reforma de la Iglesia la han procurado siempre por el camino de la obediencia. Y es preciso señalar que no pocos de ellos hubieron de vivir circunstancias de Iglesia tan espantosas –aunque quizá no tanto– como las que hubieron de vivir en el postconcilio muchos católicos del Occidente descristianizado, cuando en no pocas Iglesias locales había Obispos, sacerdotes y teólogos empeñados al parecer en destruirles la fe y en separarles por completo de las tradiciones doctrinales y espirituales de la Iglesia católica.
De vuelta, maliciosamente se da a entender que lo hecho por el arzobispo Lefebvre fue una falta contra la obediencia justa. Que es, justamente, lo que se disputa.
San Francisco de Asís prohibía a sus frailes predicar el Evangelio sin el permiso del Obispo o del párroco, y prestaba obediencia absoluta al Papa: «puesto de rodillas, prometió humilde y devotamente al señor papa obediencia y reverencia» (Leyenda tres compañeros 52). San Ignacio de Loyola y la Compañía de Jesús se afirmaban siempre en sus 18 Reglas para sentir con la Iglesia (Ejercicios352-370). Santa Teresa de Jesús declaraba: «tengo por muy cierto que el demonio no engañará, ni lo permitirá Dios, a alma que de ninguna cosa se fía de sí y está fortalecida en la fe […] y que siempre procura ir conforme a lo que tiene (mantiene) la Iglesia» (Vida 25,12). «En cosa de la fe contra la menor ceremonia de la Iglesia que alguien viese yo iba […] me pondría yo a morir mil muertes», antes que desobedecer (33,5). Los santos jamás concibieron siquiera la posibilidad de que una desobediencia grande o pequeña a la Ley eclesial y a los mandatos del Papa pudiera causar algún bien para la reforma de la Iglesia.
Sí y no. Ya otros han dado el ejemplo del beato Juan Enrique Newman. A Newman (que el director de infoCatólica dice admirar) se le requirió bajo pena de excomunión que se presente en Roma ante Propaganda Fidei. Orden que este neo-beato incumplió. Si no se llegó a excomulgarlo fue para evitar el escándalo de echar fuera de la Iglesia al “converso más famoso de Inglaterra”.
Pero, nos preguntamos legítimamente, ¿y si se lo excomulgaba? Puesto que la desobediencia sigue siendo la misma, me gustaría saber qué actitud tendrían Iraburu y sus corifeos. Parece, además, que según Iraburu —según vimos más arriba—, al desobedecer, Newman puso en peligro su alma, aunque su causa era buena.
Pues ahora la Iglesia lo beatifica y, con toda seguridad, próximamente lo canonizará. Y si para InfoCatólica las canonizaciones son materia de Fe, entonces parecería que la Iglesia no aprueba la doctrina de Iraburu sobre la obediencia.
Obvio es decir que no es el único caso de santo “desobediente”. Preguntemos sino a San Juan de la Cruz, para quedarnos en el ámbito hispánico.
—Son muchas las comunidades católicas tradicionales, que en perfecta comunión con el Papa y la Iglesia, aceptan sin reservas el sagrado Concilio Vaticano II, profesan la doctrina tradicional y, con las debidas licencias, celebran normalmente la Liturgia antigua, respetando al mismo tiempo la Liturgia postconciliar. En este sentido, puede decirse que la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, en el momento presente, se ha quedado prácticamente sola en su deficiente comunión con la Iglesia católica. 
Efectivamente existen estas “comunidades católicas tradicionales”, pero el hecho es que todas ellas (con la excepción de alguna comunidad que durante un tiempo fue bi-ritualista como los benedictinos de Fontgombault o los fundadores del Instituto de Cristo Rey), nacieron gracias a la “desobediencia” de Lefebvre. Y, aunque al Padre Iraburu se le dificulte comprender el principio de causalidad, sin Lefebvre y su “desobediencia” no existirían. Como tampoco existiría “Summorum Pontificum”, motu proprio del Santo Padre que, paradójicamente, la mayoría de los obispos de todo el mundo desobedecen.
Algo más. Dice don Iraburu, “aceptan sin reservas el sagrado Concilio Vaticano II”. Más allá del estilo barroco del Padre en la elección de adjetivos para un concilio “que quiso declararse mero concilio pastoral” (Juan XXIII, “Discurso Inaugural”), no es del todo exacto lo que se afirma, cuando al Instituto del Buen Pastor, los franciscanos de la Inmaculada y otros de las comunidades más recientemente regularizadas, se le ha encargado una “crítica seria y constructiva” del Vaticano II.
Por ahora obviamos analizar las “comunidades” que describe someramente a continuación el sacerdote navarro. Aunque, Dios mediante, nos detendremos en sus “historias”, no sea cosa que no siempre hayan sido tan “obedientes”, no sea cosa que la Sede Apostólica nunca les haya exigido ningún tipo de retractación sobre expresiones como “Roma modernista”, “Iglesia conciliar” o “Misa bastarda”…
Pidamos al Señor la reintegración de la FSSPX a la unidad de la Iglesia. Éste ha sido el fin principal pretendido por Benedicto XVI al levantar la excomunión que pesaba sobre los Obispos lefebvrianos. Así lo explicaba él mismo: «la remisión de la excomunión tiende al mismo fin al que sirve la sanción: invitar una vez más a los cuatro Obispos al retorno» (10-III-2009). De ello he de tratar, con el favor de Dios, en el próximo artículo.

¿Había necesidad de mayor hipocresía? Son artículos como el suyo y comentarios como los suyos y de sus aduladores los que no ayudan a una “reintegración”. Aunque el título exacto sería “regularización”, puesto que según dichos de la propia Santa Sede, a través de sus dicasterios encargados de las negociaciones y del “mundo tradicionalista”, “no estamos ante una herejía”, “no se puede decir en términos correctos, exactos, precisos, que se dé un cisma” (Cardenal Castrillón). ¿Y si no es un cisma, ni una herejía, ni —obviamente— apostasía, de qué “reintegración” estamos hablando?
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