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Espiritualidad laical: utilidad social del deber de estado

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Continuamos con con la publicación de textos de Sertillanges. 

«Nuestras ocupaciones son limitadas, escribe Bossuet, pero la extensión de la caridad es infinita». Aquí se da uno cuenta del vuelo que toma; y cómo cuando se habla con lenguaje cristiano de la utilidad social, la afirmación pugna para no ser reducida a los límites del tiempo. Pero aun sin salimos de ellos podemos decir que el deber de estado de los ciudadanos constituye para un país el fondo inconmovible de sus esperanzas, y el motivo más fundado de sus temores si es que flaquea el amor a este deber.

No son los manejos políticos, ni la propaganda de la guerra o las órdenes del Congreso lo que fabrica la consistencia del Estado; si la tiene es por la modesta fidelidad de los humildes a sus trabajos, por la integridad vigilante de los funcionarios y gerentes de todas las clases, por la prudencia esforzada de los padres de familia, por sus hijos e hijas, y más que por todo —no hay que dudarlo— por la dignidad silenciosa de esas amas de casa, fuertes y sagaces. Esta es la defensa de un país. Lo demás, no es más que apariencia y adorno.

Tomado en general, el trabajo es para proporcionar nuevos órganos a la humanidad, nuevos medios de manifestación al espíritu y nuevos recursos a los fines de la creación; pero no se obtiene este efecto colectivo si no es por la perseverancia de cada uno en lo que ha de hacer y por toda clase de virtudes que para ello se requieren. ¿Sería todo esto una candidez? ¡Ay!, por desgracia las verdades de Perogrullo son precisamente entre todas, las más ignoradas, y en todo caso las que menos se aprecian y practican.

De ordinario nos quejamos de todo; los negocios públicos no van bien, sus ruedas chirrían, todo el mundo está descontento y protesta ruidosamente; se echa la culpa a las constituciones, a las mayorías o minorías, a las ocupaciones demasiado activas o demasiado abúlicas, al pueblo vecino y al continente lejano. Pero id al fondo y os daréis cuenta de que existe una disgregación de las energías morales y profesionales, un deseo inconsciente de hacerse arrastrar por la colectividad en lugar de seguir en su puesto entre aquellos que la toman sobre sí antes de exigir de ella provecho alguno.

Generalmente, se queja más el que menos hace. El buen trabajador, no tiene tiempo para ello y apenas si lo intenta alguna vez. El que está ligado estrechamente a su obra espera —y con mucha razón— sacar de ella lo que en sí contiene, aun en medio del común desorden que, por otra parte, se guarda bien de aumentarlo con su impaciencia. ¡Cada uno en su puesto! Esta es la divisa del orden, útil sobre todo en los períodos de turbación, como ocurre en el barco amenazado por la tempestad. Y en tiempo de calma la misma divisa asegura la marcha y evita los escollos; lo demás es todo charlatanería, pasión y agitación.

Y no se diga: «de poco vale mi actuación. ¿Qué es lo que puedo hacer yo? Otro podrá». No se diga, porque ese «otro» es de tu misma pasta, y si tú no cumples tu deber, ¿a qué santo vas a dictarle el suyo?

Nos quejamos de las autoridades; pero, ¿serían lo que son si nosotros no fuéramos lo que somos? «A mí me parece que solamente se las puede criticar con razón después que se ha hecho para servirlas lo que era preciso», escribía Renán en una carta.

Cada uno mire por la cuenta propia que ha de dar a Dios, a su conciencia y a la conciencia común. Cada uno responda por sí. El riachuelo riega la tierra en la medida en que sus aguas lo permitan, exista o no exista el verdadero río. Y no tiene más que soltar sus aguas para cumplir su cometido: fluir y bañar sus orillas; si todas las corrientes de aguas hacen lo mismo —pero esto corre a cuenta ajena— la región quedaría perfectamente regada.

Nosotros elevaríamos la voz para decir que en los planes íntimos de la providencia cada persona es indispensable en todo el universo, y en consecuencia se puede afirmar con razón que en un grupo social cada elemento es indispensable a los demás, por insignificante que sea. Todos los oficios son buenos. El artesano más humilde y la sirvienta más modesta ayudan al poderoso y favorecen al gran pensador. La colectividad les es deudora y de vez en cuando lo confiesa condecorando a un viejo servidor, a una institutriz abnegada, a una hermana de la caridad, a un obrero o al patrón de una barca bretona.

Pero es necesario amar el deber de estado para que sea grande y útil. La flojera y la negligencia —y más que todo la envidia, el espíritu sombrío y murmurador que sólo piensa en el deber ajeno— lo inficiona todo. Tú, cristiano, dirige a ti mismo tus amonestaciones; ahí es donde harán efecto. ¿Te parece que es prudente meterse uno donde no le llaman? Reforma tu vida si es que lo necesitas. ¿Que vas bien?, pues adelante y procura rendir el doble, teniendo en cuenta que en este caso ocurre como en un siniestro donde se ve en seguida quiénes son los valientes y quiénes los cobardes.

Yo he presenciado algún accidente. Unos vociferaban, las mujeres lloraban, los más ágiles procuraban sustraerse al peligro, y de una parte a otra se veía a los del equipo de salvamento que libraban del peligro a vidas amenazadas y se esforzaban en atajar el desastre. Honor a aquellos que comprenden así el deber y lo miran con tal grandeza de alma que no ven distancia entre lo suyo y lo del impotente o lo del cobarde. Pero también honor a todos aquellos que se están humildemente ante su trabajo, sin complicarlo, para realizarlo simplemente hasta que Dios quiera. También a éstos se les dirá: «Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, te constituiré sobre lo mucho; entra en el gozo de tu Señor».
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