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El miedo al Ordinariato

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En 1989, desde la revista Concilium, el dominico Geffré, manifestaba sus reservas sobre las condiciones para la regularización canónica de las comunidades tradicionalistas vinculadas al Arzobispo Lefebvre. La parte principal del artículo de Geffré se concentraba en lo que, a juicio del autor, eran inaceptables concesiones doctrinales y disciplinarias de parte de la Santa Sede. He aquí las ideas centrales del artículo:
1. A la vista de los millones de católicos que viven serenamente de la herencia del Vaticano II, sorprende la importancia concedida a un puñado de integristas que se confunden de siglo. Que el Protocolo de acuerdo firmado por el cardenal Ratzinger el 5 de mayo de 1988 haya sido texto de referencia para la reintegración de los tradicionalistas resulta perturbador. Porque en el n. 2 del protocolo sólo se pide una aceptación explícita al núm. 25 de la constitución dogmática Lumen gentium, sobre la obediencia debida al magisterio eclesiástico. Acaso las demás enseñanzas fundamentales de la Lumen gentium y de los restantes textos sobre la Iglesia en el mundo, el ecumenismo, la libertad religiosa, ¿forman parte de esos «puntos enseñados por el Vaticano II o referentes a las reformas posteriores de la liturgia y del derecho, y que parecen difícilmente conciliables con la tradición» (núm. 3 de la misma declaración doctrinal)?
2. Hay hechos desconcertantes. Primero, las declaraciones de Dom Gérard Calvet, prior del monasterio benedictino de Santa Magdalena de Barroux (situado cerca de Avíñón, en Francia), que  explica en una entrevista que lo que su comunidad venía pidiendo desde 1983 —la misa de san Pío V, el catecismo, los sacramentos, todo de acuerdo con la tradición secular de la Iglesia— «se otorgaba sin contrapartida doctrinal, sin concesión ni renuncia». Merece la pena citar íntegramente las dos condiciones puestas por el prior de Barroux para la firma de dicho acuerdo: 1ª. «Que este hecho no signifique descrédito para la persona de Mons. Lefebvre. Esto se dijo varias veces durante nuestra conversación con el cardenal Mayer, el cual consintió en ello. Por lo demás, este estatuto se nos ha otorgado gracias a la tenacidad de Mons. Lefebvre…», y 2ª. «Que no se exija de nosotros ninguna contrapartida doctrinal ni litúrgica y que no se imponga ningún silencio a nuestra predicación antimodernista». Segundo, la Fraternidad San Pedro, fundada el 18 de julio de 1988 en la abadía cisterciense de Hauterive (cantón de Friburgo, Suiza). ¿Y cómo no sentir cierto malestar al descubrir que el nuevo superior general de la Fraternidad San Pedro es precisamente Joseph Bisig, asistente durante seis años del superior general de la Fraternidad San Pío X, y antiguo superior durante siete años del seminario integrista de Zeizkofen (Alemania)? ¿Habrá que entender que, en la Iglesia católica de 1989, conviene no sólo tolerar, sino alentar una «espiritualidad tradicional» que se distancia abiertamente del espíritu del Concilio y del espíritu de Asís? Tercero, la creación, por decreto fechado el 28 de octubre, de la Fraternidad San Vicente Ferrer como instituto de vida consagrada de derecho pontificio, sometido a la autoridad de la Santa Sede por medio de la comisión «Ecclesia Dei». Se trata, en realidad, de nueve «dominicos» integristas de Chéméré-le-Roi, en Mayenne (Francia), que habían usurpado el nombre, las constituciones, la liturgia y el hábito de la Orden, pero que terminaron rompiendo con Mons. Lefebvre ya antes del cisma. El decreto no les concede la denominación de «Frailes Predicadores», pero prevé la vida regular a ejemplo del uso en vigor entre los hijos de santo Domingo, así como el uso de la liturgia dominicana, según los libros anteriores a 1962 y del hábito dominicano. ¿Cómo se concede a un grupo ajeno a la Orden el uso de las antiguas constituciones y de la liturgia dominicana anterior a la reforma litúrgica de 1962 y, por tanto, totalmente desconectadas de la tradición viva de la Orden?
3. Los hechos hablan por sí mismos. Cabe preguntar si el actual interés del Vaticano en no dejarse desbordar por los tradicionalistas no se opone exactamente al interés del Vaticano II, que quería permanecer a la escucha del mundo y conectar con las legítimas aspiraciones del hombre moderno. So pretexto de dar satisfacción a los eternos nostálgicos del preconcilio, se corre el riesgo de desalentar a una muchedumbre de fieles que siguen viviendo el acontecimiento del Concilio Vaticano II como acontecimiento de gracia para la Iglesia y para el mundo.
No es raro que los progresistas repitan hoy los mismos tópicos que en el pasado. Lo que nos preguntamos es qué dirían los necons si se llegara a una regularización canónica de la HSSPX, con un acuerdo doctrinal de contenido semejante al de 1989, pero ahora acompañado de las amplias libertades de acción que ofrece la figura  del  Ordinariato personal.

P.S. Nuestros vecinos infocatólicos, al decir de don Latino de Híspalis, cada día se ponen más «estupendos». Su director nos obsequia hoy con un episodio más de su auto-exaltación psico-biográfica, a cuyo lado el Cid campeador es una hermanita de la caridad. Menos mal que sólo tiene un blog. Y menos mal que sólo se dedica a exigir dimisiones acompañadas con citas ad hoc de la Sagrada Escritura, con un sobrecogedor desierto de ideas. Dedica una entrada al tema de la reunión del 14 de septiembre don Miguel Vinuesa, al que habremos de agradecer que nos permita abrigar la sospecha de que anida en nosotros el don de la clarividencia- la capacidad de ver a través de cuerpos opacos- pues, leído el título de la entrada, nos vemos capaces de adivinar su contenido. En el de hoy nos encontramos un buen ejemplo de tópicos predecibles. Auguramos también que pase lo que pase en la reunión romana del 14 de septiembre,  a Infocatólica le parecerá fabuloso. Habla Vinuesa de la abierta acogida paternal del Papa a la Hermandad San Pío X. Hay que recordar que la Santa Sede se compone del Papa y quienes con él colaboran para el gobierno de la Iglesia. Paternalmente al cardenal Castrillón se le apartó y aceptó su dimisión de manera muy poco caballeresca, y al cardenal Ranjith se le mandó de un puntapié a Sri Lanka para mayor gloria del bertonismo curialesco. Si pretende Vinuesa hipostasiar a la cúpula de Bertone en la persona humana de Benedicto XVI, está en su derecho. Nosotros haremos, como es habitual, suspensión de juicio hasta que todos los hechos pueden articularse y por lo tanto ponerse en claro la actitud tanto de las autoridades romanas como las de la Hermandad San Pío X. Intentaremos estar atentos.

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