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Ecumanía

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La noticia que nos trae ReL sobre la decisión de Su Eminencia, el Cardenal Gianfranco Ravasi, bien podría comentarse con unas páginas de Louis Bouyer.

El ecumenismo: verdaderamente el gran descubrimiento del catolicismo contemporáneo… Dios sabe hasta qué punto estaba herméticamente cerrado el catolicismo de ayer. No hace precisamente mucho que un prelado romano, de los más influyentes bajo Pío XII, me acogía en Roma con estas palabras: «Recuerde usted que en Roma no se ama a los protestantes. Se prefiere con mucho a los ateos. Y sobre todo no gusta que se conviertan, pues se tiene demasiado miedo al espíritu que podrían introducir en la Iglesia …» y Dios sabe que esto no era verdad sólo en Roma. Hoy día, por el contrario, como lo decía a su vez un prelado anglicano, lo que más bien preocupa es el número y la rapidez de las conversiones católicas al ecumenismo.

Se comienza a sospechar que tantas gentes no han podido cambiar tan de prisa y tan completamente. Y efectivamente, cuando se mira de cerca aparece por lo menos dudoso que muchos, y de los más entusiastas, hayan comprendido siquiera de qué se trata. Quien dice ecumenismo, o no quiere decir nada o quiere decir realmente unidad cristiana. Pero uno se ve forzado a constatar que el ecumenismo de la mayoría de los católicos de hoy no revela el menor interés verdadero por el sustantivo, y hasta hay que preguntarse si lo tiene mucho más por el adjetivo.

(…) como observaba con tristeza irónica uno de los mejores ecumenistas protestantes contemporáneos: «El mayor peligro para el ecumenismo consiste en que los católicos acaben por entusiasmarse con todo aquello cuya perniciosidad hemos descubierto nosotros y que abandonen, en cambio, todo aquello cuya importancia hemos descubierto nosotros.» No es el deseo de unidad descubierto en los protestantes contemporáneos en particular, que seduce a los católicos y menos todavía su sentimiento de tener, en tanto que católicos, la responsabilidad frente a sus hermanos, de factores esenciales para esta unidad. Es más bien la laxitud de la unidad que poseían, la incapacidad de comprender su valor, junto con una curiosidad perversa, un gusto precipitado por el cisma y la herejía…» en el momento preciso en que los otros cristianos, que saben demasiado bien lo que hay que pensar sobre todo esto, han comenzado por fin a tratar en serio de salir de tal situación…

Pero esto no es lo más desolador. Es la incapacidad total de la masa de los católicos ecuménicos, de discernir y respetar lo más «específico» en el ecumenismo. No es sólo el hecho de tratarse de un movimiento hacia la unidad, que ellos parecen poco capaces de comprender. No se han dado todavía cuenta y se niegan obstinadamente a aceptar que es un movimiento cristiano: la búsqueda de la unidad de los cristianos, de la unidad cristiana. El programa de la mayoría de los ecumenistas católicos improvisados parece reducirse a la fórmula: «Cuantos más son los locos, más se ríe.» La intercomunión con los ortodoxos, los anglicanos, los luteranos, los reformados, etc., no les basta: la necesitan también, en pie de perfecta igualdad, con los budistas, los hinduístas, los síntoístas, los fetichistas, además de los israelitas y los musulmanes, como también con los marxistas, los existencialistas, los estructuralistas, los freudianos, los ateos, los libre-pensadores o masones de toda laya, y hasta con los pederastas. Pero quizá diga alguien: ¿cómo practicar la íntercomunión con gentes que no tienen comunión, que no quieren tenerla y que ni siquiera saben lo que es? Si usted hace tales pre guntas es que no ha abandonado todavía la mentalidad preconciliar…

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