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De pluma ajena: Graham Greene y el entusiamo…

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Leo con gusto una conferencia de Graham Greene en Bruselas, de 1948. El sugestivo título dice: ¿Está en peligro la civilización cristiana?

Tras repasar lo que todos sabemos desde la sana doctrina, acerca de la indefectibilidad de la Iglesia, y la promesa de perdurar hasta el Final, y notar incluso que suele verse más lo oscuro que lo claro y todo lo que el mesurado cavilar suele concluir sin mayores dificultades, se instala el gran novelista sobre la delgada línea de la última trinchera imaginable:

“No es posible que veamos al mundo entero hundirse en un régimen totalitario y ateo. Sería entonces bien inútil acudir a nuestros aliados. Pero, ¿enserio no es posible? Más bien diría: aunque eso ocurriera no sería el fin. En ese caso, nosotros, los espías de Dios, deberíamos levantar en pequeña escala —al diez por mil— el plano de cada ciudad y cada pueblo. Ahí, en tal calle, detrás de tal café, en el cruce de los caminos, en la aldea X… la decimoquinta casa a la derecha tiene una bodega, y en esa bodega un niño traza torpemente, para jugar, la forma de una cruz en la pared de yeso…

Permítanme terminar con una historia que tuve la intención de escribir hace tiempo, una creación fantástica en forma de melodrama, que se sitúa en un porvenir lejano, digamos dos siglos, cuando el mundo entero estará gobernado por un solo partido, organizado con una eficacia que ignoramos todavía. El telón se levanta y se ve un hotelito sórdido, en Nueva York o Londres, poco importa. Es de noche, tarde; un tipo viejo, cansado, abatido, sin ninguna distinción, cubierto con un impermeable raído y llevando una valija abollada, llega a la mesa de entradas y toma un cuarto. Después de dar su nombre, sube la escalera con paso cansado (el hotel es demasiado pobre para tener ascensor) y desaparece. El empleado de seguridad mira el registro y dice al conserje:

—¿Vio quién es?

—No.

—Es el Papa.

—¿Qué es… “el Papa”? —pregunta el empleado.

El Catolicismo ha sido sofocado con éxito. Sólo el Papa sobrevive, elegido treinta años antes por el último cónclave que se ha reunido (secretamente según creen sus miembros, pero en realidad bajo la vigilancia de una policía más secreta aún) y destinado a reinar en una Iglesia que virtualmente ya dejó de existir. Después del Cónclave, los cardenales han corrido la suerte de los otros sacerdotes: una pared blanca y un pelotón de fusilamiento. Pero el Papa tiene autorización para vivir. Hasta recibe una magra pensión del Estado, pues es útil porque ilustra hasta qué punto ha muerto la Iglesia, y porque queda siempre la posibilidad de que un sobreviviente se delate al tratar de comunicarse con él. Pero ya no hay sobrevivientes.

Roma, naturalmente, ha sido rebautizada hace un siglo.

Describía a este hombrecito, a este pequeño Papa, errando miserablemente de un lado a otro, sin funciones, animado por la vaga esperanza de que algún día, en algún sitio, podría encontrar un signo que le dijera que la Fe aún vivía y que nunca más estaría obsesionado por el temor de que muriera con él lo que había enseñado como cosa eterna. No los cansaré con el relato de sus vagabundeos inútiles y sus desilusiones, conocidos y catalogados en el cuartel general de la policía mundial.

Al final, el Jefe se hartaba de este juego. Quería ver el final en vida, y aunque no tenía más que cincuenta años, en tanto que el Papa había pasado hacía tiempo los setenta, los jefes pueden tener accidentes y no quería renunciar a ocupar en la historia el lugar del hombre que con su propio dedo en el gatillo del revolver había terminado con el mito cristiano.

Así, pues, al final de esta historia que nunca escribí, el Papa era llevado por la Policía hasta la cámara secreta del Jefe; después de ofrecerle al Papa un cigarrillo que rechazó, y un vaso de vino que aceptó, le declaró que iba a morir ahí mismo y al momento.

El último cristiano, el último hombre en el mundo que aún tenía Fe.

El Jefe, después de mandar salir a los guardias, tomaba un revolver del cajón de su escritorio. Concedía al Papa un instante para rezar (había leído en un libro que esa era la costumbre), pero no se tomaba el trabajo de escuchar la oración. Luego lo mataba de un balazo en el costado izquierdo y se inclinaba sobre el cuerpo para darle el golpe de gracia. En ese momento, entre el segundo en que el dedo aprieta el gatillo y aquel en que revienta el cráneo, un pensamiento cruzaba el espíritu del Jefe: “¿sería posible que aquello en que este hombre creía fuese la verdad?”

Un nuevo cristiano nacía en el dolor.”

Hasta ahí, Greene, con exactamente mi misma edad (ya había escrito El poder y la gloria a los 36, y estaban por salir El revés de la trama y El fin de la aventura).

Se lo ha tildado tanto de negativista, o peor, de exaltador de la negatividad de la condición cristiana. En otra conferencia “en tono menor” de esa misma posguerra —“Las paradojas del cristianismo”— arremete sin asco contra el exitismo eclesial, la manía por reducirlo todo a hechos tangibles y contables, y la ponderación naturalista (sensista y censista) de qué funciona y qué no en la Iglesia. Y la de años que faltaban para que la borrachera de optimismo eclesial escalara hasta su cúspide ochentista!

Agrupa Greene todas estas taras bajo una sola carátula, que no está nada mal: dirá que es el maldito SIMPLISMO. No es otra la razón por la que se desafina tanto la paradoja cristiana. Termina el inglés esta conferencia hablando del padre Damián de Molokai, hombre frágil, confuso e indescifrable, tan ajeno al santo-héroe, que relaciona con el sacerdote mejicano de su novela, y remata en forma de enigma:

“No sabríamos encontrar mejor ilustración de la paradoja cristiana esencial que la coexistencia del mal y del bien omnipotente y omnisciente. Dios y su sombra; la tentación en el desierto convertida para siempre en algo sacramental para la vida del hombre. Como la Eucaristía.”

Al año siguiente conoceríamos todos a la asustadiza hermana Blanche, del Diálogo de Carmelitas de Bernanos…

Pero el modelo de católico-superhombre y de Iglesia super-estructura y super-organización era un fuego ya casi indomable.

Ya sea Bernini o Bugnini, lo mismo da: el color mostaza parece que no va.

Sugiero cada tanto —cada mes y medio, digamos— releer este final de novela nunca escrita, que hace de buen antiácido para contrarrestar el dulzor triunfalista que (si bien algo menos que en tiempos cercanos) sigue como vaho cloacal entrando por aquellas ventanas que se abrieron indiscriminadamente hacia los criterios mundanos con que regar la planta de mostaza que el Señor nos confió.

DdJ

21.III.11

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