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Cuando el IVE cargó contra la FSSPX (y 4)

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Última parte de la entrevista a Psiqueyeros.



— Redacción: Para terminar, preguntarte por la cuestión del lenguaje. Por una parte, hay un problema con el abuso del lenguaje: la manipulación de los circiterismos, que denunciaba Amerio (referirse a un término indistinto y confuso como si fuese algo sólido e incuestionable, y extraer o excluir de él el elemento que interesa extraer o excluir) tal vez sea lo más grave. Otros fenómenos, no dejan de tener consecuencias en la pacífica posesión de fe para el común de los cristianos. La idea de expresar la doctrina con un lenguaje adaptado a las actuales circunstancias es una cosa que la Iglesia ha hecho siempre a través de la «pastoral» (catecismos, sermones, etc.). Pero en esto habría que evaluar los resultados del Vaticano II… ¿No es un fracaso pastoral —por ejemplo— que los catecúmenos sepan que la Misa se puede denominar sinaxis y apenas estén instruidos sobre su carácter sacrificial?
Por otra parte, en el tradicionalismo a veces hay deficiencias intelectuales recibidas de cierta “escolástica” más cartesiana que tomista. Se me ocurren algunos: la tendencia al univocismo, que lleva a comparar proposiciones y ver contradicciones que son meramente nominales pero no lógicas. El pauperismo semántico, que se cierra a registrar la riqueza muchas nociones y las pone bajo sospecha de heterodoxia. Y, finalmente, insuficiente uso de la analogía, por lo que algunos se muestran incapaces de modificar esquemas recibidos, en los que los analogados no pueden ampliarse por más que se enriquezca el conocimiento de la realidad designada. Si es de sabios ordenar, quienes buscan una visión sapiencial de las cosas deberían estar dispuestos a reordenar los analogados cada vez que el conocimiento de una realidad se perfecciona a punto de exigirlo.

Una de las frases más geniales que escuché sobre el lenguaje la dijo un chino del siglo V antes de Cristo y ni siquiera hablaba explícitamente del lenguaje, sino más bien del signo: “cuando señales el cielo muchos mirarán la punta de tu dedo”. Sin darse cuenta, Confusio, pronunció el ‘nocciolo’ del estatus metafísico del lenguaje, mucho antes de la distinción escolástica ‘quo-quod’ o del ‘significante-significado’ saussuriano y sobrepasando estas distinciones ya que pone al hombre y las posibles actitudes en relación de la palabra dicha.
En la comunicación que se da por medio del lenguaje hay cuatro elementos: el cielo, el dedo, quien señala y quien mira al que señala.
Salvo en el cielo, que es la realidad misma, en todos los otros componentes se puede dar un defecto.
El defecto en quien señala es pura y simplemente el error y es cuando se apunta a la ‘montaña’ y se dice ‘cielo’, en otro orden ‘inadequatio rei et intellectus’ (si me permiten el neologismo latino).
El defecto del dedo, que puede estar un poco torcido y no sirve para señalar el cielo. Y ahí tenemos los lenguajes defectuosos. En este lugar están los circiterismos y todas las ambigüedades propias principalmente, aunque no solo, del progresismo. Sobre esto no me extiendo porque ya se ha escrito mucho al respecto.
Finalmente el defecto en quien ‘mira al que señala’, el defecto ‘hermenéutico’, y aquí está la genialidad de Confusio, normalmente nos quedamos en el interjuego de los tres primeros elementos y nos olvidamos que en toda comunicación humana consciente hay hermenéutica, que será sana en la medida que el observador es sano.
El ‘señalamiento’, es decir, la palabra pronunciada que ha asumido el riesgo de abandonar el fuero interno de quien señala, es algo tiernamente frágil y delicado, muy fácilmente ‘violable’ y ‘traicionable’ una vez separada de su progenitor. Platón le echa la culpa a la palabra misma dice algo así como que en el mismo instante que pronuncio algo me traiciona, cuando en realidad el que clava el puñal por la espalda es el hermeneuta que no se esfuerza por conocer la precisa intención del padre de la criatura. Es por eso que las palabras “si son maltratadas o vituperadas injustamente, necesitan siempre la ayuda del padre, ya que ellas solas no son capaces de defenderse ni de ayudarse a sí mismas” (Fedro).
Todos los problemas que vos mencionás univocismo, pauperismo semántico, insuficiente uso de la analogía, y varios más que podría agregar, tienen un solo origen en los círculos conservadores (aunque no sea propiedad exclusiva de ellos) y están del lado de la actitud de quien ‘mira al que señala’, es decir del hermeneuta. Todo comienza con un Yo agigantado, comienzo totalmente inespecífico y común a todo problema humano, que por volverse enorme choca con la realidad que lo circunda y ahí pare su primera interpretación: ‘la realidad me agrede’. Esto, como base, genera una permanente actitud defensiva ante todo, cuyo motor es el miedo parásito de una hinchazón narcisista y ya está… el lente hermenéutico se construye como actitud fundante de una vez y para siempre. Lo distinto me amenaza, amenaza mi seguridad que se refugia en lenguajes conocidos y que me son familiares. Y como hay amenazas en todas partes tengo que construir ‘diques’ contra la amenaza. Solo puedo confiar en alguien de ‘buena doctrina’ y a ese, nada más que a ese, le creo. Ese capitoste intelectual de turno me exime de investigar por mí mismo, de hacer el esfuerzo… si ya lo dijo él que es super inteligente. Y ahí tenés la segunda instancia parásita y defensiva de un yo hipertrofiado constituir una relación paternalista. En cualquiera de los dos extremos que se instale ese Yo, en el rol de ‘Padre omnipotente’ o de ‘hijo sobreprotejido’, ya está… estoy eximido del riesgo de explorar la realidad por mí mismo. Ahí nace la censura… ¿Qué otra cosa sino el miedo de no poder manejar algo, o de sus consecuencias políticas, hace que entre gente adulta y de relativamente ‘buena voluntad’ no se pueda discutir en Infocatólica todo lo que haya que discutir? Por dar un ejemplo nimio y cercano…
Estos ejemplos de intolerancia abundan en todo ámbito, no son propiedad de nadie. A mí de vez en cuando, si el tema me toca de cerca, me gusta meter la cuchara en Wanderer y muchos de allí dirían que detestan mi lenguaje y simplemente miran mi dedo cuando señalo algo, no pueden ver más allá, están cargados de miedos. Fijate el modo, no exento de ingenio, en que me describieron: “Posteá en tu blog. Tu lenguaje posmo es insufrible y la pose de psicólogo moishe, con anteojitos y polera se impone siempre que leo lo que ponés”. Lo gracioso es que la discusión giraba en torno al ‘no ser grasa’ y querés algo más grasa que defenderse del otro calzándole un estereotipo, querés algo más grasa que la defensa de lo que se me parece, de lo idéntico, de lo tribal, del clan, masificado en los criterios del propio entorno y para colmo cobardemente protegido por el anonimato. ¿En qué se diferencia un tipo así de alguien que va a un recital de ‘Damas Gratis’? Probablemente en que el fanático de la cumbia villera no tuvo otras opciones…
El lenguaje es la materia prima con la que construimos nuestra cosmovisión, es nuestro verbo, es nuestro lugar interior donde habita el ser, es la ‘casa del ser’, nada más ni nada menos que del ser, por lo que tiene que ser tan rico, complejo, preciso y homogéneamente plástico que toma por medida únicamente a quien tiene la pretensión de hospedar. No puede estar construido con circiterismos y ambigüedades, porque es lo mismo que no tener paredes, es ofrecerle un ‘camping al aire libre’ al más honorable de nuestros invitados. Pero tampoco, a causa de nuestros miedos, podemos construirle un country, un barrio privado, fosilizado e incomunicado con una realidad que, por su desarrollo, se le ha vuelto inalcanzable e inasimilable. No nos queda más que subirnos a los hombros, como Sísifo, la deliciosa e infausta tarea de satisfacer hasta los más mínimos y excéntricos caprichos de nuestro ilustre huésped y estar siempre tensos por construir nuevas habitaciones, en coherencia con el plano total de la casa y de sus fundamentos, para que puedan caber TODAS sus manifestaciones. Lo único importante es todo.

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