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Cuando el IVE cargó contra la FSSPX (2)

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Segunda parte de nuestra pequeña entrevista a Psique y Eros. 


— Redacción: Es interesante lo de la norma próxima. Desde el “gherardinismo” podría decirse que el Magisterio es norma próxima pero «normada» por la Tradición; y si es Magisterio meramente auténtico, es “norma próxima falible”. Por tanto, plantear la posibilidad de un error magisterial en este caso no es un imposible teológico (como sería, por ejemplo, una cuarta persona en la Trinidad). No obstante, me parece evidente que de la posibilidad no se sigue el hecho; que se trata de algo serio, por lo que hay que ser riguroso en probar lo que se afirma. Rechazo el tanto el “rompe porque rompe” como el “continúa porque continúa”, entendidos no como meras afirmaciones gratuitas, sino como aserciones débilmente probadas. Espero que quienes afirman la ruptura sean capaces no sólo de argumentar sino que además estén abiertos a conocer los contra-argumentos de la otra parte.
El problema de los que afirman la ruptura es el orden de fundación de los pilares de la fe. Todo católico en general se encuentra urgido hoy por el Vaticano II del mismo modo que los oyentes del discurso del Pan de Vida.
En el discurso del Pan de Vida hay algo de una incoherencia patente desde un punto de vista racional y supuestos todos los condicionamientos culturales de un judío del año 30. Desde ese punto de vista es absolutamente intragable la afirmación: ‘comer de mi carne, beber de mi sangre’. Entonces el judío histórico y concreto, a quien van dirigidas esas palabras, tiene solo dos opciones: o confía en éste que le ha dado garantías de su divinidad y de su bondad o confía en su propia hermenéutica atendiendo a la evidente incoherencia histórico-cultural con su tradición.
Lo mismo nos sucede hoy, ya no está Cristo, pero está la Iglesia como su legado vivo en el tiempo.
Cuando escribí mi primer artículo sobre el lefebvrismo estaba convencido de que en el Vaticano II se cumplían todas las condiciones histórico, espacio, temporales para poder hablar de ‘Magisterio Ordinario Universal’, por tanto infalibilidad, o al menos imposibilidad de error… infalibilidad es una palabra demasiado grande.
Hoy por hoy me he corrido de ese lugar, por un lado parece bastante claro que no se cumplen las exigencias ‘formales’ respecto del Magisterio Ordinario Universal en el Vaticano II, sobre todo lo que dice la Lumen Gentium 25: ‘exponen como definitiva una doctrina en las cosas de fe y de costumbres’, hay varios teólogos serios que tomándose de esta condición también afirman la no existencia de MOU en el Vaticano II  (Barber Pont, Villar, Gherardini, Calderón). Pero el salto de la no existencia formal de MOU en el Vaticano II a la posibilidad de la falibilidad histórico real del Vaticano II, supuestas todas las condiciones dadas, y después de más de ya casi 50 años de confirmación del magisterio posterior al mismo, no me convence, sería una incoherencia tan grande y catastrófica en la historia de la Iglesia que la tesis de la indefectibilidad de la Iglesia se convertiría en mampostería, un mero malabarismo de teología fundamental.
Por otro lado me crea una innumerable cantidad de paradojas el punto de vista antropológico de la necesidad de una ‘intención de proclamar algo definitivo y vinculante’ como algo distinto de la ‘mera pretensión de verdad universal y a-histórica de una aserción de carácter doctrinal’  y su compatibilización con lo que parece ser el darse ‘connatural’ e ‘inexplícito’ (en cuanto a tal intención) de lo que podría ser Magisterio Ordinario y Universal.
Pero más allá de eso, insisto en que el problema está en donde ponemos nuestras urgencias fundantes. ¿Qué es lo más urgente para mí en relación al Vaticano II? ¿La autoevidencia de su incoherencia con la tradición?¿O fundar teoréticamente la posibilidad de hablar de ‘error’, antes de enunciar asertivamente tal posibilidad?
Si respondo cuál es mi primer urgencia, entonces ya respondo de qué lado estoy…
Y cuidado… la palabra ‘infalibilidad’ está sumamente cargada de una mitificación que le hace decir cosas que no pretende.
Infalibilidad no quiere decir propiedad ni adecuación de las fórmulas usadas. Las fórmulas  pueden ser mejores o peores, más ambiguas o más precisas, eso depende de los hombres.
Infalibilidad no quiere decir que un concilio no se pueda manipular en una dirección y que contenga implícitamente tensiones en direcciones que no compromenten esa infalibilidad, sino que son explicitadas en virtud de un supuesto ‘espíritu’ del concilio, que hasta puede haber existido en el ánimo de sus participantes y puede ser causa de grandes males.
Infalibilidad es la pura y seca ‘no falibilidad’, nada más, habría mucho más para decir pero es demasiado técnico y sale del contexto de tu pregunta.
— Redacción: Me llama la atención la insistencia en recurrir a Meinvielle como autoridad de peso. En general, he notado en Buela, y en el resto del IVE, una tendencia a monopolizar la herencia intelectual del cura y a defenderlo a todo trance. Un ejemplo está en el intento de compatibilizar El judío en el misterio de la historia con la Nostra aetate del Vaticano II. ¡Sólo violentando los textos es posible hacer eso! Además, los que trataron en vida a Meinvielle recuerdan que en privado no ahorraba críticas al concilio…
Sí, puede ser que exista una actitud acrítica respecto de Meinvielle en el IVE, pero es normal dentro de la lógica del IVE, él fue el Maestro de Buela, entonces por carácter transitivo, todo lo que dice Meinvielle debe ser salvado a toda costa, porque todo lo que dice Buela debe ser salvado a toda costa. Las características sectarias de estos institutos neoconservadores hacen que tiendan a transponer la ‘norma próxima de fe’ de la Iglesia al fundador como si éste debiera ser alguien absolutamente inmaculado en todos los órdenes… a priori. Bastaría que fuesen buenos cristianos en materias de fe y costumbres, o al menos simplemente que fuesen ‘normales’, sanos, que no subvirtiesen el orden natural, que no fuesen sociópatas que ordenan todo el mundo alrededor de sí mismos o que apenas amaran al otro como a sí mismos. La transposición de la que hablo más arriba no se da de un modo explícito, sino muy sutilmente de modo implícito por medio de manipulaciones institucionales. Como me dijo un obispo, el seminario, o en este caso un instituto religioso, se convierte en una máquina de moler carne, de moler identidades… diría yo. La institucionalización del consagrado es un riesgo enorme y permanente dado que siente la acuciante necesidad de defender su vocación de la enorme cosmovisión de los hombres que el evangelio llama ‘mundo’, y en este sentido su vocación es contra natura, es decir contra el modo natural en que los hombres organizan su ‘weltanschauung’, por tanto no tiene nada en qué apoyarse que no sean aquellos que ‘entienden’ su vocación, y los que más ‘entienden’ son los más próximos, su propia congregación, por ende su mayor riesgo de institucionalizarse a costa de encontrar ‘un lugar’ en el mundo, en ese ‘mundo’ propio de la institución que puede ser tan o más mundano y dañino que el mundo real.
Volviendo a tu pregunta original he leído muchos de los libros de Meinvielle, no todos, es un gran teólogo, con una enorme intuición teológica sobre las prioridades de la fe, pero con una metafísica, a mi modo de ver y para mi gusto un tanto esencialista.
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