Cuando caen los dictadores, ¿quién los sustituye…?

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El mundo neocon suele ser belicista y pronorteamericano. Poco le importa la doctrina católica tradicional sobre la guerra justa y la dificultad para aplicarla en el presente. Un artículo de Patrick Buchanan, traducido por la agencia de noticias Hispanoamérica que puede ser de vuestro interés.

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Un mes antes de la invasión de Iraq, Riah Abu el-Assal, un palestino que era obispo anglicano, le advirtió a Tony Blair: “Usted será el responsable de vaciar de cristianos a Iraq, la tierra natal de Abraham”.


El obispo resultó profeta. “Luego de más de 2.000 años”, dice el Financial Times, “los iraquíes cristianos están ahora expuestos a una total extinción. Algunos de sus prelados incluso aconsejan a los fieles que huyan del país”.


El déspota secular Saddam Hussein protegía a los cristianos. Pero la liberación del país por los EE.UU. les trajo la mayor calamidad que hayan padecido desde los tiempos de Cristo. Docenas de miles de iraquíes cristianos que huían del terrorismo y la persecución después de 2003 lograron llegar a Siria, en que el Presidente Bashar Assad les brindó un santuario.


Ahora, como informan el Financial Times y el Washington Post, los cristianos de Siria, cuyos antepasados habitaban la región desde los tiempos de Cristo, enfrentan un pogrom si cae el régimen de Damasco.


Los cristianos, que forman el 10% de la población de Siria, están protegidos por el régimen Alawita de la familia Assad, y según un observador de Beirut, temen ser exterminados junto con los Alawitas si la mayoría Suní toma el poder.

Durante décadas, señala el Washington Post, el régimen de Assad “ha protegido los intereses cristianos aplicando su programa estrictamente secular y poniendo coto a la influencia de la Hermandad Musulmana”.

El padre de Bashar, Hafez al-Assad, masacró a quizá 20.000 seguidores de la Hermandad cuando éstos emprendieron una campaña de atentados con bombas y terrorismo, e intentaron un levantamiento en Hama en 1982. Hafez al-Assad desplegó su artillería y arrasó la ciudad.

Observando el número de manifestantes muertos –más de cien el fin de semana pasado; más de 200 en total, la acción de la policía, francotiradores y agentes del régimen, hay pocos indicios de que Bashar Assad cuente con simpatías en la población. Si su régimen cayera, desaparecería un patrocinador de Hamas y Hezbollah y un estrecho aliado de Irán en el mundo árabe.

Pero antes de hacer causa común con la revolución siria, el Presidente Barack Obama debería considerar, lo que no hizo el Presidente George W. Bush, qué suerte les espera a los árabes cristianos cuando alcanza el poder una mayoría musulmana reprimida durante largo tiempo.

En Iraq, los chiítas liberados usaron su flamante libertad para limpiar Bagdad de sunitas, mientras llegaba al-Qaeda y se lanzaba contra los cristianos. En Siria habría un levantamiento de la mayoría sunita si cayeran Bashar y los Alawitas.

¿Y eso qué significaría para los cristianos sirios, para la paz, para nosotros los norteamericanos?

Desde 1973, aunque en el Líbano ha habido enfrentamientos y guerras entre israelíes y Siria, o sus vicarios, el gobierno de Assad ha mantenido la tregua en los Altos del Golán.

¿Una Siria dominada por los sunitas haría lo mismo?
Con la caída del régimen de Mubarak en Egipto ha habido ataques islámicos contra los cristianos coptos. ¿Qué suerte correrán los coptos si la Hermandad Musulmana triunfa en la elección de septiembre y supedita la legislación egipcia a la Shariah?
En “El Precio de la Revolución”, hace medio siglo, D.W. Brogan contabilizó los costos de esas revoluciones que embriagan tan a menudo al hombre secularizado de Occidente.
La Revolución Francesa llevó al regicidio, a las Masacres de Septiembre, al Terror, al asesinato de miles de católicos en la región francesa de la Vendée, y a casi dos décadas de guerras napoleónicas.
La abdicación del zar Nicolás II condujo a la dictadura de Lenin, Trozky y Stalin, que produjo mil veces más víctimas que la Inquisición española en 300 años. Y entre los asesinados por los bolcheviques figuraron el zar, su esposa y sus cinco hijos.
Quince años después de la abdicación del odiado Káiser, gobernante del Segundo Reich, un altivo veterano de su ejército, Adolfo Hitler, establecía un Tercer Reich.
Ningún régimen monárquico-religioso jamás acumuló un record de horrores que pueda compararse con el de las revoluciones francesa y rusa, o las de Mao tse-Tung, Ho Chi Minh, Fidel Castro y el Pol Pot.
No había pasado un año de la caída del Shá, cuando llegó Ayatollah Khomeini.
Los norteamericanos han celebrado la “Primavera Árabe”, pero deberíamos tener presente que entre los liberados cuando caen los dictadores figuran individuos como los que Edmund Burke describió en estos términos: “Los seres humanos pueden gozar de libertades civiles en la exacta medida en que estén dispuestos a refrenar sus propios apetitos… La sociedad no puede existir a menos que se establezca algún poder que controle su voluntad y sus instintos, y cuanto más débiles sean esos frenos interiores, tanto más férreos serán los frenos exteriores. La constitución eterna de las cosas así lo manda: los hombres de mente descarriada no pueden ser libres.Sus pasiones forjan sus cadenas”. Los norteamericanos, que tienen en prisión a 2.300.000 de sus conciudadanos, 90% de ellos varones, seguramente saben de qué hablaba Burke.


Y en todos los países del Medio Oriente hay millones de “mentes descarriadas” que usarían la libertad y el poder que la democracia proporciona a las mayorías para eliminar o erradicar a las minorías rivales, a las que odian desde hace tanto tiempo.


Puesto que en Magreb y Oriente Medio la democracia de “un hombre – un voto” casi seguramente fortalecerá a la Hermandad Musulmana y permitirá a los islamistas perseguir libremente a los cristianos, ¿por qué la apoyamos?


¿Cuándo fue que ese ídolo de la modernidad llamado democracia, en que no creían nuestros padres, se convirtió en un becerro de oro al que debamos adorar, puestos de hinojos?

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