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AL VI ARTICULETE DE D. IRABURU (III)

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– No podemos evitar extendernos –quizá más de lo deseable- en la glosa al punto que sigue, porque es una de las columnas en las que D. Iraburu apoya sus reflexiones. Un pilar que no es tan sólido como nuestro vecino lo muestra.

3. La enseñanza personal del Papa y la del episcopado universal que permanece unido a él, disperso por el mundo o reunido en concilio, es infalible cuando en materia de fe y costumbres propone a los fieles unas verdades para que las sostengan como de fe. (…)

Aquí D. Iraburu se salta la torera del principal problema doctrinal del Vaticano II: unas novedades falibles que se deben conciliar con la Tradición expresada por el magisterio anterior.

Por eso respecto de este segundo aspecto de la infalibilidad eclesial creo conveniente recordar una doctrina clásica que expone el P. Faynel: «En las decisiones de orden general (grandes leyes de la Iglesia, disposiciones permanentes del derecho canónico, impedimentos del matrimonio de derecho eclesiástico [promulgación de Ritos litúrgicos renovados sobre la Misa y los Sacramentos, añado yo], la Iglesia goza de una asistencia prudencial infalible, entendiendo por ella una asistencia [de Cristo] que garantiza la prudencia de cada una de esas decisiones; no solamente en el sentido de que no pueden contener nada de inmoral o de contrario a la ley divina, sino que serán todas ellas positivamente benéficas. No traduzcamos, sin embargo, mal estas palabras, en el sentido de “serán decisiones perfectas”». «En las decisiones de orden particular (organización sinodal de una diócesis, procesos de nulidad de un matrimonio, etc.), la Iglesia goza de una asistencia prudencial relativa, entendiendo por ella una asistencia que garantiza el valor del conjunto de esas decisiones, pero que no lo garantiza considerada en particular cada una (collective sed non divise)» (L’Église, vol. II, Desclée 1970, 100).

D. Iraburu considera una doctrina clásica la tesis de la asistencia prudencial infalible en las decisiones de orden general. Es una afirmación que se debe contrastar:

a) Opinión teológica, no doctrina de la Iglesia. Lo que D. Iraburu llama doctrina no es más que una opinión teológica que no pertenece explícitamente al magisterio de la Iglesia. Ya en 1873 Monseñor Joseph FESSLER, Secretario general del Concilio Vaticano I (que definió el dogma de la infalibilidad pontificia) en su obra La vraie et la fausse infallibilité des papes (Ed. Plon. Paris), aprobada por un breve de PIO IX, tenía muy en claro que lo clásico era considerar a la tesis como “…una opinión teológica (…) que no ha sido rechazada ni confirmada por la definición de ese Concilio” (p. 184). Además, para el obispo FESSLER, los juicios del papa como supremo legislador universal, en materias de disciplina y gobierno, no constituían sentencias infalibles (véase, p. 93, párr. d). Y Sobre las opiniones teológicas los “Romanos Pontífices, en general, conceden libertad a los teólogos” (PÍO XII, Enc. Humani generis)

b) El alcance de la opinión teológica. Varios manuales coincidían en que la infalibilidad de la Iglesia podría extenderse también a las leyes universales como teológicamente cierto (cfr. ZUBIZARRETA, VAN NOORT, PESCH, DORSCH, TANQUEREY, SALAVERRI). Pero como las leyes, por sí mismas, no pertenecen a la función de enseñar de la Iglesia, sino a la de gobernar, sólo por vía indirecta pueden ser infalibles, es decir, en razón de un juicio doctrinal implícito que pronuncia la Iglesia cuando las aprueba

Pero una ley universal, además del juicio doctrinal, es pasible de un juicio práctico, de oportunidad. Y en este aspecto prudencial los manuales no coinciden en admitir la asistencia prudencial infalible que acepta Iraburu. Pongamos dos ejemplos: “Attamen Ecclesia errare potest circa opportunitatem talis vel talis legis in se bonae (…)” (TANQUEREY, Sinopsis, T. I., n. 841, d, p. 546); “por lo que respecta a los preceptos disciplinares (…), la infalibilidad se extiende al juicio doctrinal (iudicium doctrinale) sobre el acuerdo entre (…) el precepto disciplinar y la verdad revelada, pero no al juicio práctico sobre la oportunidad (iudicium prudentiale)” (SCHMAUS, Teología, T. IV, n. 177, b, p. 776).

Una asistencia prudencial infalible como la que postula D. Iraburu tiene que sortear una grave dificultad: se hace del papa un sujeto impecable en cuanto a la prudencia gubernativa.

c) Infalibilidad de las normas litúrgicas. Se puede admitir que el Novus Ordo sea una ley universal. Y distinguir, con teólogos de peso (Suárez, Juan de Santo Tomás) la substancia de la ley, de su prudencia u oportunidad (aplicación, circunstancias, rigor, conveniencia, y otros componentes ligados a factores contingentes). Las leyes litúrgicas universales son infalibles en cuanto a su substancia -la substantia sacramenti– no en cuanto a su prudencia u oportunidad. De ahí que sea una ligereza teológica concluir que cualquier rúbrica aprobada, en todos sus aspectos, está exenta de error por la garantía de la infalibilidad. En primer lugar, es preciso distinguir el aspecto doctrinal de los ritos litúrgicos, de los otros aspectos de orden práctico, como la aptitud para conducir a la piedad, etc. Cuando se habla de infalibilidad de la Iglesia en la aprobación de un rito universal se significa propiamente que no puede haber error contrario a la fe en la doctrina implicada, y que el Espíritu Santo garantiza la validez substancial del rito, pero ello no impide otras de deficiencias objetivas. En segundo lugar, es una equivocación pensar que la infalibilidad de las leyes litúrgicas se produce de manera automática, en todas y en cada una de sus partes, por el simple hecho de su promulgación por la autoridad pontificia.

Las normas litúrgicas universales comprometen la autoridad infalible de manera variable y diferenciada, tal como lo explicó Pablo VI: “El rito y su correspondiente rúbrica no constituyen, como tales, una definición dogmática y son susceptibles de una calificación teológica de valor diverso, según el contexto litúrgico al que se refieren. Los ritos son gestos y expresiones que dicen relación a una acción religiosa vivida y viviente de un misterio inefable de presencia divina, acción no siempre realizada de una manera unívoca, y que únicamente la crítica teológica puede analizar y expresar en fórmulas doctrinales lógicamente satisfactorias”. (Audiencia general del 19 de noviembre de 1969, publicada en “L’Osservatore Romano”, 2 de dic. 1969, p. 3).

d) Monseñor Lefebvre y la Infalibilidad del Novus Ordo. El Arzobispo siempre reconoció al Novus Ordo como válido y no herético. Si la asistencia prudencial infalible que defiende D. Iraburu fuese una doctrina perteneciente al magisterio definitivo de la Iglesia, y no una opinión teológica discutible, Juan Pablo II, y Joseph Ratzinger, le habrían exigido al Arzobispo Lefebvre explícita adhesión a esa doctrina en el protocolo de 1988. De hecho, no lo hicieron en 1988, y tampoco lo ha hecho la Comisión Ecclesia Dei respecto de las comunidades tradicionales regularizadas desde su creación. Para la Iglesia, la plena comunión se puede alcanzar sin estar de acuerdo con las opiniones del capo infocatólico.

e) Favens heresim. Iraburu se escandaliza de la expresión favens heresim (favorecedor de la herejía). ¿Acaso no dice Iraburu que el debilitamiento de la Autoridad apostólica ha sido favorecedor de la heterodoxia? Una Autoridad apostólica que posee la asistencia del Espíritu Santo… Parece que Iraburu ha olvidado que la ambigüedad de ciertos textos, las omisiones, el empobrecimiento ritual, junto a otras circunstancias, pueden favorecer la heterodoxia de un modo semejante al de los cooperadores negativos (los que callan, no ofrecen resistencia o no denuncian), sean inmediatos o mediatos.

¿La expresión favens heresim parece muy fuerte? Es posible. Pero recordemos que la Iglesia reprobó el uso de la lengua vernácula en la liturgia en los siguientes términos: “falsa, temeraria, perturbadora del orden prescrito”. Que la traducción del canon de la Misa fue prohibida bajo pena de excomunión, y que Alejandro VII llamó a los traductores: “hijos de perdición, amantes de novedades para ruina de almas”, “que quieren degradar los sagrados ritos, disminuyendo la majestad que les viene de la lengua latina”.

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