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A vueltas con el geronticidio.

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Sorprende al incauto que a la vez que se contesta a la pregunta sobre quien pagara nuestras pensiones con la respuesta de que lo hará la inmigración masiva de trabajadores no cualificados, Occidente camine con paso recio hacia la implantación del geronticidio.

Quizás se prevea la solución a una hipotética y futura lucha de clases cuando personas sin empleo o con baja cualificación se encuentren con las cargas no personales sino sociales de los viejos de “otros”. Se responderá que los inmigrantes por lo general no están especialmente pervertidos en esta área y suelen respetar a sus mayores. Pero claro el argumento encuentra dos defectos. Uno es que una cosa es respetar a tus mayores y otra a los mayores de otros, no dudo que están vinculadas pero no son totalmente convergentes. Otra es que la capacidad de corrupción de nuestro sistema es ilimitada. Si ha hecho pensar a la mayoría de los ciudadanos que matar a alguien en situación de fuerte dependencia es un bien, puede hacer lo mismo con los que vengan  a fín de que se integren en nuestros valores.

Robert Redeker ha señalado la estricta relación que existe entre el odio a la vejez o más bien su ocultación, su negación y la eutanasia más o menos aceptada. Lo decía Nicolás Gómez Dávila “Ya no existen ancianos sino jóvenes decrépitos” lo que amplía con exactitud en otro escolio “ La juventud prolongada -permitida por la actual prosperidad de la sociedad industrial- redunda meramente en un número creciente de adultos puerilizados”. Precisamente el anciano puerilizado, frente al anciano asumido oculta la enorme falsedad del modelo de hombre moderno. Un Productor-Gozador, justificado sólo por su capacidad de producir como un adulto y gozar como una especie de adolescente idiotizado. Vivir ya no es lo que acompaña la dignidad humana, el cuidado del dependiente no es el rasgo de la civilización, salvo que sea un cuidado no obligado sino libremente asumido que tiene como alternativa siempre el homicidio beneficente. Por eso el discapacitado, el dependiente, quien vive en condiciones que no se conforman al modelo cultural, es decir, a las ilusiones que crea el modelo cultural, corre el riesgo de entrar en la categoría de personas cuya vida no merece la pena vivirse.

La vida, que merece vivirse en cuanto es vida, y no en cuanto cumple un parámetro de supuesta autonomía y de supuesto hedonismo, debe valorarse en cada momento y en cada circunstancia. Construir una pseudoética que consista en no asumir la vida en su integridad y en no respetar la vida en su integridad tiene como consecuencia que matar sea considerado un acto benéfico.

Claro que este paso requiere una máscara que consiste en considerar el homicidio un acto técnico-médico. Y en ello estamos con la proposiciones y proyectos de ley que quieren eliminar las “viejas supersticiones” del valor de la vida dependiente, de la dignidad humana, de la dignidad de la ancianidad o de la enfermedad.

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