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«Somos hijos menores y desagradecidos de un gran linaje de santos y mártires»

"¿Dónde está ese hombre, cabeza de familia, que coge el rosario con sus manos y enseña a sus hijos a rezar?"
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Ave María

No suelo escribir. Menos en estas ocasiones. Dice un gran amigo y maestro que soy “de combustión interna”. Pero esta mañana me ha llamado una mujer de la parroquia, alma devota y buena, para proponerme algo que ya había pensado yo desde el inicio: que rezase el rosario desde el micrófono de la parroquia (hay emisora parroquial) y así desde sus casas se podrían unir. Rezar todos juntos. Es una idea magnífica porque es lo que necesitamos ahora…rezar. Y si lo hacemos juntos mejor: “Os aseguro que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo lo alcanzarán de mi Padre que está en los Cielos” (Mt 18, 19).

Me ha dicho también, después del prólogo propio de las mujeres en que me avisaba de su posible equivocación y su disposición a ser corregida (ella percibe que no es pensamiento muy común entre los cristianos actuales), que se estaba acordando mucho de las plagas de Egipto, es decir, del castigo de Dios.

He contestado enseguida que yo también me he acordado desde el comienzo y que también había tenido esa idea: rezar desde la radio para que pudiesen escuchar todos los que quisieran…

Sin embargo no lo he hecho… quizá lo haga pronto, no lo sé.

Con la confianza que me ofrecía esa mujer hemos continuado y he tomado yo el ritmo de la conversación. Es verdad que esto es como las plagas…bueno. Aquello sí eran plagas: las de Egipto o la peste de la Edad Media o la “gripe española” que, por cierto, no era de España. La gente (altísimos porcentajes) moría tirada en la calle echándose por las esquinas. Nos nos creamos tanto como para ponernos al mismo nivel…

Es tiempo de rezar sí. Pero rezar de verdad. Entonar sinceramente el “mea culpa”, yo el primero, porque no rezamos ni lo que debiéramos ni como debiéramos, y no señalar tanto al Mundo fuera de la Iglesia. En las últimas predicaciones y en el comunicado parroquial por el que informaba de las disposiciones diocesanas acerca de la Misa con fieles (pública) insistía en el rezo del rosario EN FAMILIA, TODOS JUNTOS. Al poco hemos colgado…

Para los enfermos y ancianos, la Misa por la televisión o por la radio es una práctica buena, pero no suple la Misa, sino que ellos están dispensados de la asistencia. En la situación actual, lo mismo para todos. Ni siquiera hay por qué ponerla. Lo que sí hay por qué es REZAR VERDADERAMENTE JUNTOS. Jesucristo debe ser el Rey del Hogar y, por eso, “familia que reza unida permanece unida”. El esposo con la esposa, los hijos con los padres, el hermano con el hermano, los nietos con los abuelos… Pero hemos expulsado a Cristo Rey de nuestra vida familiar y nuestra casa. En cuántos hogares el rosario es devoción privada de mujeres… y ¡benditas mujeres! pero fácilmente se convierte en ellas en un refugio, en un ambiente confortable y de bienestar en donde están a gusto, olvidando que son “una sola carne” (Gn 2, 24)… Y ¿los demás? ¿acaso no somos una familia cristiana?

¿Dónde está ese hombre, cabeza de familia, que coge el rosario con sus manos y enseña a sus hijos a rezar? ¿Dónde está ese hombre que, cual otro Josué, dice: “Yo y mi casa serviremos al Señor” (Jos 24, 15)? ¿Dónde está ese padre que dice: “No hace falta que nadie enseñe a mi hijo la Ley de Dios… porque YO LO HARÉ”. ¿Dónde está ese varón orgulloso que está dispuesto a dar su vida por la Patria y la familia y, a la vez, se arrodilla ante Dios para primero ofrecérsela? ¿Dónde está ese corazón noble que, aunque el Mundo entero se paganice, cual otro Matatías exclama: “¡Todo aquel que sienta celo por la Ley y mantenga la Alianza, que me siga!” (1 Mac 2, 27). ¿Dónde está ese esposo que cada mañana pide a Dios seguir con fidelidad la enseñanza de San Pablo: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por Ella para santificarla” (Ef 5, 25-26)?

Y ¿dónde están esas mujeres que son sostén de su esposo porque brillan en ellas las virtudes cuyas alabanzas proclama la Escritura? ¿Dónde está esa, cuyo valor como otrora en Judit, sobrepasa a todos los hombres y al volver triunfante con la cabeza de Holofernes en sus manos grita al Pueblo elegido: “¡Abrid las puertas, porque Dios está con nosotros y ha obrado maravillas en Israel!” (Jdt 13, 11). ¿Dónde está esa esposa que en el colmo de su total donación, no se guarda nada para sí y, como otra Ruth, dice cada día: “Adonde tu vayas yo iré, donde tú vivas allí viviré. Tu pueblo será mi pueblo y tú Dios será mi Dios” (Rut 1, 16). ¿Dónde está la penitente que, cual otra Esther después de su ayuno, se presenta arriesgando su vida ante el Rey para pedirle: “Si hallé gracia ante tus ojos, oh Rey, y si te place, concédeme mi vida y la de mi pueblo” (Est 7, 3). Y ¿dónde está la madre que vela ante todo no por el cuerpo, sino por el alma de sus hijos y, como la madre de los macabeos ante la tortura de los frutos de sus entrañas, ante la vida del Cielo o la de la Tierra, después de contemplar el suplicio de 6 hijos, dice al más pequeño: “No temas a este verdugo, antes bien, mostrándote digno de tus hermanos, acepta la muerte, para que vuelva yo a encontrarte con tus hermanos en la misericordia” (2 Mac 7, 29). ¿Dónde están esas jóvenes, que como la casta Susana, prefieren ser reo de muerte a profanar su pureza, estando dispuestas a exclamar: “Prefiero no hacerlo y caer en vuestras manos antes que pecar delante del Señor” (Dn 13, 23).

Y ¿dónde, ¡Dios mío!, dónde estamos esos sacerdotes que nos gozamos de vivir en Dios y despreciamos los placeres y bienes de la tierra porque “El Señor es el lote de mi heredad” (Sal 15, 5), porque “los levitas no tienen su parte entre vosotros, pues el sacerdocio del Señor es su heredad” (Jos 18, 7)? ¿Dónde, ¡Dios mío!, dónde estamos los heraldos de Cristo que no escuchamos la voz de los profetas que nos dicen: “Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes” (Jl 2, 17) sino que llevamos a cumplimiento sus desgarros al no atrevernos, por respetos humanos, a predicar la integridad del Evangelio: “Los guardianes están ciegos, no se dan cuenta de nada: perros mudos, incapaces de ladrar, vigías perezosos con ganas de dormir, perros voraces que no se sacian. ¡Y ellos son los pastores, que no comprenden nada! Cada cual va por su camino, cada uno a su ganancia. «Venid, yo traigo vino, nos embriagaremos con licores. Mañana será como hoy. Hay provisión abundante»” (Is 56, 10-12)? ¿Dónde, ¡Dios mío!, dónde estamos los sacrificadores cuya mayor riqueza, mayor mimo y mayor alegría ha de ser el Sacrificio eucarístico con el que aplacar a Dios, entonando cada mañana el “Introibo ad altare Dei, ad Deum qui laetificat juventutem mean” (Sal 42, 4) y, sin embargo, vivimos la Misa sin prepararla, con prisas, subordinándola al pastoralismo activista que Pío XII llamaba la “herejía de la acción” (Menti nostrae)?

Somos hijos menores y desagradecidos de un gran linaje de santos y mártires. Ellos conocían bien la cuarteta de Calderón: “Al Rey la hacienda y la vida / se ha de dar, pero el honor / es patrimonio del alma / y el alma sólo es de Dios”. Y hoy la hacienda, la vida e incluso el honor es sólo para el propio gusto. Hasta en la oración le robamos a Dios lo suyo. Se nos llenan los móviles de mensajes “cristianos”, pero ¿enseñamos a los niños con la palabra y, sobre todo, con el ejemplo lo que la Virgen María enseñó a unos niñitos de 7, 9 y 10 años en Fátima? Oración y sacrificio en reparación a Dios, que ya está muy ofendido; y en intercesión por los pecadores, pues muchos van al infierno por no haber quien rece y se sacrifique por ellos. Hoy somos nosotros, no tanto el Mundo, quienes atraen la ira de Dios.

Yo no sé si hemos de rezar con la radio o sin la radio… quizá sí y esta misma tarde empecemos en la parroquia. Lo que sí se me presenta cada vez con más fuerza es el temor de que, pasada la epidemia, continuemos igual y ni siquiera en esta ocasión volvamos a Dios; y entonces las Misas por “streaming”, los innumerables mensajes de las redes sociales con miles de “oraciones” o, incluso, el rosario radiado en nuestros pueblos sencillos, se conviertan en cantos de sirena que tranquilicen nuestra conciencia, música de fondo que embeba nuestro espíritu y silencie la voz de Dios que grita a las almas, a su Iglesia, hoy más que nunca necesitada de auténtica reforma si no quiere convertirse en la Gran Babilonia, “¡Convertíos y creed en el Evangelio!” (Mc 1, 15).

Dios quiera que esta pandemia nos sirva para reflexionar, despegar el corazón de los bienes terrenales (también de la salud: un gran don de nuestro Señor que hemos de cuidar, pero no a costa de olvidar los bienes eternos) y volvernos a Dios. Es el gran mal de nuestro tiempo. Ya lo denunció Pío XI: “la gran enfermedad de la Edad Moderna, fuente principal de los males que todos deploramos, es la falta de reflexión, aquella efusión continua y verdaderamente febril hacia las cosas externas, esa inmoderada ansia de riquezas y placeres, que poco a poco debilita en los ánimos los más nobles ideales, los sumerge en las cosas terrenas y transitorias y no les permite levantarse a las consideraciones de las cosas eternas” (Mens nostra).

Dios quiera que nos haga ver las verdaderas plagas. Así como los premios de Dios son sobre todo, aunque no sólo, espirituales; así también los castigos de Dios son sobre todo, aunque no sólo, espirituales. La falta de fe y de vocaciones, la división en las familias, la profanación de la sexualidad humana, el asesinato cada día de cientos o incluso miles de niños en el sagrado templo del vientre materno, la perversión y traición de la Verdad Evangélica en muchos pastores, que más que pastores son “falsos profetas que se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces” (Mt 7, 15) provocando la confusión de los fieles y mereciendo la amenaza más dura del Señor en el Evangelio: “más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar” (Mt 18, 6)… Estas son las verdaderas plagas de nuestro tranquilo y apacible mundo occidental… y nos olvidamos de ellas. Las otras, las que tanto nos asuntan, sólo son toques, avisos, pequeños zarandeos de Dios para sacudir nuestras conciencias. Y si no lo hacemos quién sabe qué vendrá… Desde luego que Él prometió cosas muchos peores para los últimos días.

Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4, 13). La Palabra de Dios ha de ser nuestra guía. De la fidelidad a Ella depende nuestra salvación… nuestra salvación sí, pues “sin fe es imposible agradar a Dios” (Hb 11, 6); y si de verdad nos convertimos y volvemos a Dios, si de verdad nos apartamos del pecado y escuchamos su Palabra, no la de los hombres, ¡oh! ¡En esta vida ya no se puede desear más! “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? […] ¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? […] en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8, 31. 35. 37-39).

Siruela, 18 de marzo de 2020.

Rodrigo Menéndez Piñar, pbro.

1 comentarios en “«Somos hijos menores y desagradecidos de un gran linaje de santos y mártires»
  1. Ya rezamos todos juntos, los católicos, cuando lo hacemos desde casa, al formar parte de la comunión de los santos. Lo que se pide es que abran las iglesias y asistan personas y curas de carne y hueso en un recinto llamado iglesia: la presencialidad, que es diferente de la virtualidad.

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