PUBLICIDAD

Nunca antes

|

 “He aquí, el mal va de nación en nación, y una gran tempestad se levanta de los confines de la tierra. Y los muertos por el Señor en aquel día estarán desde un extremo de la tierra hasta el otro. No los llorarán, ni los recogerán, ni los sepultarán; serán como estiércol sobre la faz de la tierra. Gemid, pastores, y clamad; revolcaos en ceniza, mayorales del rebaño; porque se han cumplido los días de vuestra matanza y de vuestra dispersión, y caeréis como vaso precioso”. (Jeremías 25:32-33).

Nunca las sombras del Mal han invadido con tanta fuerza nuestra tierra como en este jueves santo. 

Bueno, tal vez sí, pero en otros tiempos que no son los nuestros. En nuestros últimos tiempos, -amén de que sean ellos los del fin de la historia o no-, han salido ya los tres jinetes y el bayo que cabalga lo trae en ancas al señor del mundo.

En mi corta vida, nunca había sentido tan de cerca el aliento de la Muerte rodeando como león rugiente buscando a quien devorarse.

Cena, Pasión y Muerte.

Tres días de silencio. Tres días de desconsuelo y de espanto. Tres días de abominación de la desolación. Tres días durante los cuales el dominador de las naciones tuvo la ilusión perfecta de haber vencido y de ser dueño de todo lo creado.

Claro que luego tuvimos la Resurrección, sin la cual vana sería nuestra fe. Pero antes de llegar al soberbio domingo de gloria, hay que pasar por el viernes de la infamia.

En eso estamos. Adentrándonos en el misterio de los misterios, el misterio de un Dios hecho carne para morir por nosotros y con Su muerte, vencer la muerte.

El caballo bayo y su amo serán precipitados al lago de fuego.

Pero antes, nos toca vivir esta semana santa sin oficios, ni sacramentos.

Estamos solos.

Siquiera como San Juan que se mantuvo firme al pie de la Cruz. Juxta crucem lacrimosa dum pendebat Filius. Nos han quitado las cruces y nos han impedido recogernos delante los sagrarios vacíos.

La mayoría de los pastores, -y aquí no hablo de los sacerdotes que están muchos pagando con su vida la fidelidad a su ministerio-, con piel de cordero y aliento de lobo, han escapado a ponerse a salvo dejando solo al rebaño.  ¡Ay del pastor inútil que abandona el rebaño!

Es extraña la actitud de la Iglesia. No tengo autoridad, ni quiero juzgarla. No me pertenece hacerlo. Pero es extraño dejarnos sin sacramentos en tiempos en los cuales más los necesitamos. Un poco como si los médicos y enfermeros, por temor al contagio, rehusaran atender a los enfermos: “-es que nos podemos contagiar, y también ser portadores sanos del virus chino!”. Hace pensar esa actitud en un cuento chino. Si los médicos pueden seguir sanado los cuerpos, ¿qué impide a los obispos sanar las almas?

¿No podría algún obispo montarse a un burro para salir de paseo en las calles desiertas de los pueblos? ¿Qué les impide salir a distribuir a las casas, sin entrar en ellas, ramos de olivos para recordar, como lo hizo la paloma de Noé, que la tierra firme sigue estando cerca? ¿No es acaso la ocasión soñada con la que nos rompieron las bolas los últimos años para salir a las periferias y crear esos puentes que tanto afeccionan? Darnos alguna confesión y traernos el pan de vida.

Era una ocasión soñada y la están dejando escaparse; podrían, los obispos, haber limitado su acción a darnos lo esencial. Quitándose sus vestiduras mundanas, guardándonos de su sociología iluminada, podrían habernos dado de nuevo al Cristo sufriente, al Cristo en el Calvario, al Cristo muriente. Podrían haberse limitado a darnos los sacramentos. Nada más. Nada menos.

Podrían habernos hecho resucitar con Cristo.

No pedíamos mucho. No queremos mucho. Ni glorias, ni oropeles. Ni frases hechas, siquiera sermones. No queremos caras sonrientes, ni compasión humana. Queríamos sólo a Cristo y queríamos que nuestros pastores sean otros Cristos. Nada más, nada menos.

¿Dónde están los constructores de la humanidad caída? ¿Acaso, no se predica con el ejemplo?

Desde mi posición actual, y con las limitaciones que conlleva ver realidades desde su posición, veo muchos muros y pocos puentes. El Vaticano se ha encerrado a triple llave y los obispos parecen también haberse refugiado en sus guaridas.

Nos han dejado solos. Al pueblo fiel y a los sacerdotes fieles también.

No me vengan tampoco con misas on-line y todo ese ajuar de estupideces.

Era ya difícil aguantar la cara y el tono meloso de algunos curas en misas dominicales, convencidos que estaban ellos de deber agradar al pueblo, para tener que someterse voluntariamente a la tortura de mirar esos mismos curas en pantalla.

No es Humphrey Bogart quien lo desea. Y la pantalla reenvía de lleno al Vaticano segundo sus limitaciones litúrgicas.

¿Qué nos queda? Poco y nada. Que ya es mucho. Nos quedan nuestras familias y nuestras iglesias domésticas. Han florecido, desde que cerraron las iglesias, una infinidad de monasterios sobre la faz de la tierra. Pequeñas comunidades que aún siguen siendo cristianas y que siguen rezando en tiempos de oscuridad.

¿Pero será ello suficiente? ¿Puede seguir trasmitiéndose la fe sin protestantizarla en tales condiciones? ¿Podremos seguir vivos mucho tiempo más sin el auxilio de los sacramentos?

Cuando los Cristeros tomaron las armas porque “Dios no está aquí”, para restablecer la soberanía de Cristo en sus sagrarios y en sus ciudades, el Vaticano estimó que debía ponerse fin, de manera incluso vergonzosa, humillante y cobarde, a la guerra por el gran riesgo que traía aparejado dejar un país entero sin sacramentos, en especial para los más jóvenes.

No somos Cristeros, ni de lejos, ni de cerca. Tampoco somos Kirishitanes japoneses. Nuestra fe no tiene ni el tamaño de la mitad de un grano de mostaza.

¿Cómo sobrevivirá sin el auxilio de la gracia?

 

Santiago Muzio de Place

1 comentarios en “Nunca antes

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *