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La virtud de la prudencia es muy sana

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Es fácil saber cómo funciona el mundo, para ello solo hay que leer los evangelios.

Empiezo a ver en la prensa artículos que evocan el ¡crucifícalo!, pues no hay nada como tener un chivo expiatorio al que echarle la culpa, y hoy lo encontramos en el antivacunas.

Yo creía que la conciencia era ese tabernáculo que no se podía violar, esa conciencia que ha servido de fundamento para proclamar la libertad religiosa como un derecho. Pero ¡hasta aquí hemos llegado!, una cosa es que puedas negar a Cristo y otra que puedas dudar siquiera de la eficacia de un producto de la «Ciencia». Cómo dudar de «ellos», que un día te dijeron que no iba a pasar nada y al otro que era mejor no salir a la calle, que no hacía falta las mascarillas pero que era imprescindible, que al 60% lograríamos la inmunidad de rebaño y estamos al 80 y subiendo, que te inmunizas pero que te puedes morir y bla, bla, bla.

Ahora el motivo es que por su culpa nos van a encerrar a todos. Curioso cuando menos, pues yo creía que el que decretaba encierros inconstitucionales era el gobierno y no el antivacunas.

La verdad es que el hombre moderno cada vez me da más miedo, apedrearía sin dudarlo a la prostituta pues se considera libre de pecado e investido de «su» verdad absoluta.

En fin, yo seguiré ejercitando la virtud de la prudencia que es muy sana.

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