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La Homofilia del Sínodo, por Custodio Ballester

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Las personas homosexuales tienen dones y cualidades para ofrecer a la comunidad cristiana: ¿estamos en grado de recibir a estas personas, garantizándoles un espacio de fraternidad en nuestras comunidades? A menudo desean encontrar una Iglesia que sea casa acogedora para ellos. ¿Nuestras comunidades están en grado de serlo, aceptando y evaluando su orientación sexual, sin comprometer la doctrina católica sobre la familia y el matrimonio? (Relatio post disceptationem, 120)
Visto para sentencia. En los medios, que es de lo que se trataba: de una operación mediática, ha quedado claro que la Iglesia abre sus brazos a los homosexuales y a la homosexualidad (porque es metafísicamente imposible lo uno sin lo otro). No hay más que ver los titulares de la prensa y de los telediarios en todo el mundo.
¿Y queda cerrado el tema con las conclusiones de la Relatio post disceptationem, es decir laRelación después de la discusión de esta III Asamblea General Extraordinaria del Sínodo sobre la familia? (Se entiende que el tema es “la familia”; por eso los medios quieren entender quecuando el Sínodo habla de los homosexuales en este contexto, está hablando de la aceptación de este nuevo modelo de “familia”).  En absoluto, sino que queda abierto en canal. Antes incluso de que se publiquen estas conclusiones, se han lanzado los medios a echar las campanas al vuelo por esta maravillosa puesta al día de la Iglesia: y ésa será la impresión que quedará en las retinas, en los tímpanos y en los corazones del mundo. Y también antes de que se publiquen esas conclusiones, se ha alzado la voz audaz del Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, cardenal Müller, diciendo que hay un depósito de la fe acumulado a lo largo de dos mil años, y que nadie es nadie para subvertirlo ni para desbaratarlo.

Y claro, a posteriori se desatan nudos que antes parecieron inextricables. Es inevitable leer todo lo que se ha movido en la Iglesia desde el minuto cero del pontificado de Francisco (el del cardenal felliniano que nos cantó el Habemus Papam), como respuesta a la descomunal tormenta que se había levantado sobre todo en el anterior pontificado con respecto al tema de la homosexualidad, cuya cara menos amable es la pederastia. Hay quien lee que se está desarrollando una hoja de rutaminuciosamente trazada desde el celebérrimo disparo de salida del Quién soy yo para juzgar, hasta el presente sínodo, que sí es quién para juzgar, y su desarrollo posterior, como justipreciodel silencio del lobby gay y de su armisticio con la Iglesia (no perdamos de vista que ellos fueron los diseñadores y propulsores de la campaña de acoso y derribo contra Benedicto XVI por los escándalos de pederastia en la Iglesia).

Los que tal piensan, y están las redes que arden, consideran que se está desarrollando el plan escrupulosamente, y que para ello el Papa ha tenido que desplegar toda su mano izquierda y toda su autoridad para que le saliese un sínodo a la medida de las exigencias a las que tenía que dar cumplimiento.
Lo que no se entiende aquí es el enfoque sobre los homosexuales como tales. ¿Por qué escogerles como merecedores de una mención especial en un sínodo sobre la familia? ¿Por qué decide la Iglesia hacer con ellos esa discriminación positiva, a imagen y semejanza de lo que ha hecho el mundo? Sin duda creemos que todas las personas tienen dones y cualidades que ofrecer a la comunidad cristiana. ¿Nos están diciendo que los homosexuales tienen algún tipo de don especial, único, para ofrecer a la comunidad cristiana simplemente porque son personas que se sienten atraídas hacia el mismo sexo? ¿De dónde sacan eso? ¿Cuáles son exactamente esos dones exclusivos que tienen porque son homosexuales? ¿Tienen dones y cualidades porque viven como célibes y solteros tras convertirse y dejar atrás una vida de pecado? ¿En qué medida son sus dones diferentes, entonces, de los dones y cualidades de la persona heterosexual, casada o célibe? ¿No se convierte esto en verdaderamente ofensivo y discriminante para los solteros heterosexuales? Me temo que el planteamiento es sentimental, melifluo, secularista y oportunista. No me estoy posicionando como homófobo. No estoy tomando ahora una postura anti-gay, sino que busco una sana equidistancia entre la homofobia y la homofilia. Por eso no entiendo de qué están hablando.  ¿Cuáles son los «dones y cualidades» que los homosexuales tienen y de los que los heterosexuales carecen?
Puestos a buscar colectivos con especiales necesidades en la familia, los hay que necesitan muchísimo la atención de la Iglesia como firme defensora de la familia: ahí están las familias numerosas, las familias con discapacitados, las familias con enfermos, las familias rotas y con hijos a cargo, las viudas… todas ellas con necesidades muy especiales, necesitadas por tanto de la atención solícita de la Santa Madre Iglesia.
Las personas con atracción hacia el mismo sexo ya son recibidas en la Iglesia con los dones y cualidades que tienen como hijos de Dios que son, ni más ni menos pecadores por serlo, que los heterosexuales. ¿Estamos sugiriendo por tanto que las personas homosexuales son más sensibles cultural o espiritualmente? Si eso es lo que estamos diciendo, ¿sugerimos entonces que todas las personas homosexuales tienen estos dones y cualidades, y que los tienen precisamente por su atracción hacia el mismo sexo?  ¿Significa eso que no puede haber homosexuales que sean insensibles, egoístas, estúpidos, brutales, violentos, vulgares y groseros? ¿Estamos poniendo a un grupo de personas en una especie de categoría selecta debido a su orientación sexual? Si es así, tendremos que hacérnoslo mirar, porque se trata de un género de pensamiento peligroso. Además, ¿de qué manera la Iglesia Católica excluye a las personas con atracción hacia el mismo sexo? Ciertamente, existe animosidad hacia los activistas homosexuales y aquellos que desean destruir la Iglesia Católica e imponer su estilo de vida a los católicos, utilizando especialmente la escuela como palanca para esa imposición; pero el rechazo de la gente simplemente porque se sienten atraídos hacia el mismo sexo… Eso ya quedó atrás hace mucho tiempo. Ahora ya no se ve. Lo que es más frecuente ver es tolerancia y sobre todo indiferencia: indistinción, indiscriminación.

La exclusión, por lo que respecta a la Iglesia, sólo puede referirse a los hombres y mujeres que viven un estilo de vida homosexual activo, público y notorio. ¿Es a estas personas a las que elSínodo de la Familia decide que se les otorgue un espacio de fraternidad en nuestras comunidades? ¿Cómo será eso? ¿Ir juntos a misa cogidos de la mano? ¿Cómo podremos aceptarlos y a la vez rechazar su estilo de vida como inmoral?  ¿O está previsto aceptarlo, y aceptar a la vez como singulares formatos de familia cualquier tipo de convivencia extramatrimonial sea ésta monógama sucesiva o polígama simultánea? ¿De qué manera pensamos exactamente concederles ese espacio fraternal? ¿De qué manera las personas homosexuales haciendo pública exhibición de su forma de vida desean encontrarse con una Iglesia que les ofrezca un hogar acogedor? ¿Llevando la cruz alzada en las procesiones? Un brindis al sol con un público entregado. Habrá que felicitar a las mentes privilegiadas que han parido tamaña majadería y que han tenido además la desvergüenza de ponerla por escrito. Pero hay todavía algo peor. En el número 122 de la Relatio leemos con estupor: Sin negar las problemáticas morales relacionadas con las uniones homosexuales, se toma en consideración que hay casos en que el apoyo mutuo, hasta el sacrificio, constituye un valioso soporte para la vida de las parejas.  Además, la Iglesia tiene atención especial hacia los niños que viven con parejas del mismo sexo (no es que “vivan con”, sino que “son hijos legales de”) reiterando que en primer lugar se deben poner siempre las exigencias y derechos de los pequeños.

Apoyo mutuo, hasta el sacrificio, constituye un valioso soporte para la vida de las parejas ¡homosexuales! ¿Las relaciones homosexuales ya no son intrínsecamente desordenadas? (cf.Catecismo de la Iglesia Católica, 2357)Porque no se trata sólo de sentir una atracción, sino de escoger vivirla en acto. ¿No será la homofilia unaenfermedad que ha contraído la Iglesia por contagio? Felicidades, señores relatores. Se han lucido ustedes al máximo y con ganas. Por muy documento de trabajo que sea el de laRelatio, como se ha apresurado a aclarar la Secretaría General ante la avalancha de críticas,  lo ha parido un Sínodo que debería haber proclamado la verdad de la fe contenida en la Biblia (cf. 1Co 6,9-10. Rm 1,24-27). Sin embargo, han evitado cuidadosamente hacerlo y se han lanzado a la piscina espumosa del aplauso de la homomafia, presente desde hace tiempo en los escalafones vaticanos. Y no sólo eso… La atención especial que la Iglesia tiene hacia los niños que viven con parejas del mismo sexo, ¿en qué consistirá? ¿En buscarles un padre y una madre? Por supuesto que no. Ya tienen sus dos papás o dos mamás que se apoyan mutuamente hasta el sacrificio. La aceptación eclesial de la unión gay es pues un hecho. Las exigencias y derechos de los pequeños no serán ya el vivir en una familia constituida por el hombre y la mujer que los engendraron, derecho natural inalienable. Así pues, ya pueden bautizar, dar la primera comunión y confirmar sus reverendísimas. La gracia no suple la naturaleza y resultará imposible perfeccionarla: al violentar la naturaleza misma de la institución familiar. Una vez destruida, habremos demostrado que una relación desordenada no lo es de por sí, sino que, al final, de una manera o de otra, la Iglesia acabará acomodándose al mundo y aprobándola. Y no serán los autores de la tomadura de pelo sinodal los que recojan los despojos. ¡Que Dios nos ampare! Custodio Ballester Bielsa, pbro.

www.sacerdotesporlavida.es
Publicado originalmente en Germinans
Comentarios
0 comentarios en “La Homofilia del Sínodo, por Custodio Ballester
  1. Muchisimas gracias P. Ballester por su clarísima orientación sobre este asunto que nos está tratando de hacer ver las cosas como no son. Siempre ha habido tiempos difíciles en la Iglesia a lo largo de su historia. Y siempre el Espíritu Santo nos ha dado personas como Vd. que han puesto Luz donde había tinieblas. La Iglesia, que somos todos los bautizados, no siempre sabe dirigir. Un ejemplo reciente en nuestra Conferencia Episcopal, ha sido el «minuto de silencio» por las víctimas del Mediterráneo. ¿Es que los obispos ya no saben rezar?. Algunos no encuentran su camino y por eso no pueden guiar a sus fieles. Que el Señor le bendiga y María le acompañe.
    Pilar Ortiz y Ruiz del Castillo
    Madrid

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