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El resumen de la vida cristiana, por Gerardo Melgar

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Publicamos la carta del Obispo de Osma-Soria. Queridos diocesanos:   El Evangelio de este Domingo nos sitúa ante lo que podríamos llamar el resumen de nuestra identidad cristiana: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como Cristo nos ama.   Amar a Dios sobre todas las cosas consiste en que Dios sea lo más importante de nuestra vida; que Dios sea Dios y no elevemos a la categoría de falsos dioses a nada ni nadie que no sea Él, ídolos y diosecillos como el dinero, el placer a cualquier precio, el poder sin conciencia, etc. Falsas deidades a las que rendimos el culto, la entrega y la veneración que sólo debemos dar a Dios. Este mandamiento expresa un gran contraste con el modo de vivir de muchas personas hoy y, por así decir, se da de tortas con el mensaje que continuamente estamos recibiendo del ambiente social en el que vivimos: el hombre se ha proclamado dios de sí mismo, se dicta su propias normas y se invita a luchar exclusivamente por lo material como el más importante valor, infravalorando a Dios y su mensaje.   Para amar a Dios sobre todas las cosas se nos pide que dejemos entrar a Dios en nuestra vida de verdad; que le conozcamos en profundidad; que sepamos que, por encima de nuestras deficiencias y pecados, nuestro Dios es un Dios de amor y de perdón, un Dios que nos ama y se interesa por nosotros, un Dios que cuida de cada uno. Cuando alguien está convencido y tiene un conocimiento de Dios así, le abre su vida y su corazón, le ama y quiere amarlo sobre todo, porque sabe que no es un Dios tirano ni rencoroso sino el Padre bueno por excelencia que tanto nos amó que entregó a su Hijo para que, muriendo en la cruz, nos salvara a todos.   “El segundo mandamiento, nos dice Jesús, es semejante a éste” pues consiste en amar al prójimo como a nosotros mismos. Esto debemos tenerlo muy claro porque, si no, siempre encontramos motivos para no amar a los demás: a veces por nuestro egoísmo, que nos hace pensar sólo en nosotros mismos; a veces porque encontramos fallos y defectos que no nos gustan en el prójimo; a veces porque nos hemos sentido atacados u ofendidos con sus actitudes. Frente a esto recibimos la regla de oro del Señor: “Tratad a los demás como queréis que los demás os traten a vosotros porque la medida que uséis la usarán con vosotros” (Mc 11, 33).   Este segundo mandamiento queda mucho más explícito en el mandamiento nuevo que Cristo nos da: “Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15, 12). Ya sabemos cómo nos amó el Señor: ¡hasta morir por nosotros! Pues así debe ser nuestro amor a los demás: hasta entregarnos y entregar nuestra vida por ellos. Este amor al prójimo será el signo creíble, la señal que nos distinga, aquello que nos muestre como seguidores y discípulos de Cristo.   Pidamos al Señor que nos ayude a amarle a Él sobre todas las cosas, dejando que entre en nuestra vida de verdad, que nos transforme y nos demuestre lo mucho que nos quiere. Y, junto a este deseo, vamos a pedirle que seamos capaces de amar a los demás con su mismo amor para ser verdaderos discípulos suyos ante la atenta mirada de un mundo que tanto necesita de este testimonio. ¡Feliz Domingo!   X Mons. Gerardo Melgar Viciosa Obispo de Osma-Soria

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