Comencé el Año de la Misericordia de la mejor manera que se me vino a la mente: con la peregrinación penitente al Santuario de la Purísima de Lo Vázquez, donde la Puerta Santa fue abierta por el Obispo el mismo 8 de diciembre antes del alba. Aparte de lucrar la indulgencia plenaria y acogerme a la misericordia divina, aprendí mucho de la piedad popular de toda la gente. No fui a rogar solo por mí, sino también por otros, en particular por un amigo que me pidió que lo representara y en cuyo nombre encendí una vela votiva. Después han venido otros modos de acudir a la Misericordia divina y de realizar las obras de misericordia. Una de ellas fue que un pequeño grupo de profesores universitarios de la Universidad Católica de Chile convocamos a estudiantes de distintas carreras —éramos cerca de 25—a un fin de semana de estudio sobre los desafíos de las ideologías postmodernas para la fe, la razón y la comprensión histórica. Hubo sendos seminarios sobre las claves filosóficas de la situación actual, los aspectos históricos desde el siglo XVIII y los problemas teológicos oportunamente señalados por el Magisterio de la Iglesia en los últimos 50 años. No obstante, sabíamos que la única respuesta cabal para la crisis presente, la única propuesta no reactiva, sino superadora y esperanzada, consiste en vivificar el alma con la vida de la gracia y de la fe. Por eso, le pedimos a un sacerdote que nos acompañara, para tener a la mano las fuentes primordiales de esa gracia. Tras la cena de esa noche, después de una cordial conversación, le preguntamos al cura si podría estar un rato confesándonos. Nos dijo que su lema era: mano negra nunca se rinde. Yo fui el segundo en pasar bajo las manos del Otro Cristo. Después me acerqué a los distintos corrillos de animada conversación, bajo las tenues luces del campo chileno, y les dije: «Es la primera vez que me confieso con este cura y vale la pena». Poco a poco, unos y otros iban acercándose al sacerdote. Supe luego por alguno de los últimos que hasta las 12 de la noche anduvo mano negra sin rendirse. Y al día siguiente, durante la adoración al Santísimo Sacramento, otros más pasaron por el Confesionario. La Santa Misa, la predicación, la oración y el Rosario, todo contribuyó a que los temas más académicos —los que exponíamos tres profesores— fueran comprendidos en su contexto verdadero, eso que san Juan Pablo II llamó la lucha por el alma del mundo. El tenis, el fútbol —del que salí un poco averiado…—, el trote, los paseos, las conversaciones entre maestros y discípulos, los chistes, las risas, la película francesa, la comida agradable con vino chileno, la camaradería de camaradas en estado de gracia: ¡todo era como una sola cosa, que le llevó a uno de los recién llegados a decir «parece como si nos conociéramos de toda la vida»! —Sí —le respondí—. Y no es por afinidades humanas: a nadie le preguntamos sus preferencias políticas o su origen socioeconómico. Nos une fundamentalmente una sola cosa: estamos inmersos en la gracia que nos hace hijos de Dios. Eso es lo que realmente une, y no la renuncia a la verdad para alcanzar el mínimo común denominador. La verdad une, la verdad garantizada por la fe católica une infaliblemente; el error divide, porque desde el pecado de origen quiere aprisionar a la verdad y a los que dan testimonio de la verdad. Ahora que ese intenso fin de semana ha terminado, me doy cuenta de que está operando el Jubileo de la Misericordia. La gran Misericordia fue el hecho de que casi todos, voluntariamente y sin incomodar a quien no comparte nuestra fe o no entiende la práctica de los sacramentos —Dios tiene sus tiempos—, pasamos por el tribunal misericordioso del santo Sacramento de la Penitencia. La Misa bien celebrada, la comunión fructuosa, fueron el culmen de ese proceso para todos. Las misericordias más pequeñas fueron las obras de misericordia que realizamos todos: enseñar al que no sabe, aconsejar al que lo necesita, consolar al triste… Dios nos ayude a proseguir durante lo que queda del Año Santo.
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