La resurrección del Santo Oficio: “¡No se os puede dejar solos!”

Desde Europa y América me han pedido que reanudara la actividad pública de El Santo Oficio (que en privado no ha dejado de funcionar). Para ser más precisos: un español y un chileno lo hicieron. Pero son un aumento infinito respecto de las anteriores ocasiones en que me he ausentado de mis precedentes tribunas (en realidad, me han echado, pero ha sido muy elegante la forma): me han pedido que regrese exactamente… cero personas, cero español y cero chileno.

Así que la sorpresa no dejó de halagarme.

Y regreso con un reproche cariñoso: “¡No se os puede dejar solos!”.

Hace años, cuando vivía el Gran Inquisidor en la Madre Patria, solía yo sobresaltarme de vez en vez con algún hispano que dejaba caer: “¡No se os puede dejar solos!”. Me desconcertaba el dicho, incluso el tono. Al final, era verdad: el hispano aquel, quien fuera —por ejemplo, el Director de mi tesis doctoral—, se distraía un momento y ya estábamos los doctorandos pasándonosla bien… y muy probablemente haciendo algo contra las reglas, infinitas, de la Universidad española (en España no existe la libertad de enseñanza tal como se entiende en América).

El caso es que la expresión “no se os puede dejar solos” viene ahora muy a cuento. El Santo Oficio se fue de vacaciones justo cuando había advertido sobre la trampa de AL N-351, y al regresar se encuentra con que… ¡no se os puede dejar solos!

Ya estamos obispos contra obispos, cardenales contra cardenales, curas contra curas, y los pocos cristianos de a pie… que no saben para dónde mirar.

Hace unas semanas me decía uno de estos: “Todo esto es muy raro, pero me imagino que el Papa lo va a aclarar: es su misión”. Le dije que por supuesto que el Papa —algún Papa— lo haría; pero que tuviera paciencia: en el caso de Pablo VI, tardó varios años en dictar la Humanae vitae. Para cuando dijo algo bastante suave —ortodoxo pero mínimo—, la revolución sexual dentro de la Iglesia estaba lanzada y era imparable. Así que mejor no esperara, mi amigo, algo pronto de la Santa Sede. Una institución de 2000 años no reacciona como el señor de un blog que responde cartas.

La situación en la Iglesia es tan triste, que, ya agotadas las lágrimas, solamente me queda volver a reír.

No se os puede dejar solos.

Estaba convencido de que ya no eran necesarios mis servicios. Como Wittgenstein después del Tractatus: se fue a una escuelita en Austria, creyendo que había terminado con la filosofía. Pero volvió y la filosofía acabó con él. Así tuve que decirme a mí mismo y a mis lectores: volveré. Como Douglas MacArthur: I shall return. Como Terminator: I’ll be back.

A mi retorno, solamente quisiera recordaros que os lo predije antes de publicarse Amoris laetitia: no habría punto final. «¿Punto final? Para eso necesitaríamos otro Concilio de Trento y otro San Pío V».

Mi particular profecía sobre el Año de la Misericordia preveía otro tanto: «Se agudizará el choque, dentro de la Iglesia, entre los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas. Habrá que resistir el intento de manipular la Misericordia como instrumento del mal, de quienes quieren dejar a los hombres abandonados en sus miserias bajo pretexto de acogerlos a todos tal como son».

Así que estoy de regreso. Os iré poniendo al día sobre lo que ha sucedido con el Gran Inquisidor, el Tonto del Pueblo, nuestro oscuro Pío XIII (recuerden que es un antipapa; no se confundan: nuestro querido Papa Francisco es el Vicario de Cristo para toda la tierra).

El Santo Oficio está de vuelta, porque no se os puede dejar solos.

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