Mons. Keine Idee: Y ahora estamos aquí, los dos, obedeciendo al Santo Padre. Tonto del Pueblo: —Igual me duele un poco que el Papa piense que soy tonto. MKI: —Es que él lo conoce bien a Usted. TP: —Tiene Usted razón. Ahora me alegro. MKI: —¿Y su opinión sobre el video? ¿No puede darme un poco de retroalimentación, algo más detallada que la del mundo clerical inteligente? TP: —El Santo Oficio ya me ha obligado a dar la interpretación más benévola de la amplia idea de filiación divina del Santo Padre, confirmada por Santo Tomás de Aquino. MKI: —Und? TP: —Mire, Monseñor, yo, además de ser tonto, soy chileno. MKI: —Und? TP: —Es que los chilenos, según publicaciones científicas, no entendemos el 80% de lo que leemos (¿o era que el 80% de los chilenos no entienden lo que leen?). Entonces no sé si entendí bien la lógica del video del Santo Padre. ¿Usted sabe cómo se escribió ese mensaje? MKI: —Como siempre, yo estaba ahí, sirviendo el café. TP: —Me preocupa que los ateos puedan haberse sentido heridos. MKI: —¿Quéééééééé? ¡Nada más legjos de la intengción del Sangto Padgre! (el acento alemán se le sale a este Monseñor cuando se pone nervioso o contento). TP: —Mire, si el Santo Padre afirma que todos —incluidos agnósticos y ateos, en el abanico de religiones y de ausencia de religiones— tenemos una sola certeza: Todos somos hijos de Dios… MKI: —Ya veo. Entiendo. Los agnósticos no tienen ninguna certeza, y los ateos tienen la certeza de que no somos hijos de Dios, porque Dios no existe. TP: —¡Es que le han pasado un texto literalmente contradictorio, al pobre Santo Padre! MKI: —Mire, la verdad es que primero llegaron con un texto que se refería a los judíos, budistas, musulmanes, testigos de Jehová, mormones… y un guardia suizo, que desayunaba por ahí, le dijo al Papa que estaban excluyendo a los agnósticos y ateos… TP: —Ahora entiendo: se los incluyó a última hora, para no excluir a nadie de la corriente fundamental del amor. MKI: —Es Usted más inteligente de lo que el Papa piensa. ¡Cultura del encuentro! ¡Excluir, jamás! ¡Incluir, siempre… a todos! TP: —La lógica quedó excluida, en todo caso, y quizás esto ofende la inteligencia de los agnósticos y de los ateos (y de los miembros de otras religiones que usen el principio de no contradicción, como ese 10% de católicos…). MKI: —Yo lo vi, con mis propios ojos, cuando intercalaron esa alusión y lo echaron todo a perder. ¡Ay, estos colaboradores del Santo Padre! TP: —Tampoco quedó claro esto de que —si dejamos de lado a los que no tienen ninguna certeza o la tienen de lo contrario— todos tenemos una sola certeza, la de ser hijos de Dios. ¡Pero si el Santo Padre ha proclamado miles de otras certezas en el último tiempo! ¿No escribió acaso la Encíclica Lumen fidei, sobre la gran certeza de la fe de la Iglesia? ¿No proclamó en Laudato sii… decenas de otras certezas sobre la ecología integral, incluso la del calentamiento global? MKI: —La culpa fue mía. Estábamos intentando llegar a un común denominador mínimo, que no ofendiera a nadie y fuera agradable para todos, como hacemos en Alemania. La frase no se refiere a que cada religión tenga una sola certeza, sino a cuál puede ser una certeza que tengan todas… ¿Cómo no iba a haber una frase, algo, un suspiro al menos? TP: —Pero ya se ve que quedaron fuera los ateos y agnósticos. Y también la señora budista, que cree en Buda, porque los budistas no creen en un dios. Son ateos también. MKI: —Algunos propusieron, en lugar de la certeza de ser hijos de Dios, que puede parecer ofensiva, otras alternativas de unidad en el mínimo: «Todos vivimos en el espíritu» (pero no quisimos ofender a los materialistas); «Todos deseamos la paz» (pero nos quedaban fuera los niños de ISIS, a quienes intentamos convertir mediante el diálogo)… ¡pero ganó la de los hijos de Dios!, antes de meter a los no creyentes. Un enredo. TP: —También me preocupó la tesis empírica del mensaje: «Sólo con el diálogo, eliminaremos la intolerancia y la discriminación. El diálogo interreligioso es una condición necesaria para la paz en el mundo». La sabiduría antigua afirma, con mejor base empírica, que sólo con el diálogo no se consigue la paz: si vis pacem, para bellum! ¡Mucho menos basta el diálogo para terminar con la intolerancia y la discriminación! ¿Y por qué ha de ser el diálogo interreligioso el que sirva a esta tarea de pacificación? MKI: —Pues es evidente: porque conversando se entiende la gente, y a la paz se llega dialogando con los enemigos… —pobre Monseñor: espontáneamente detuvo su discurso—. TP: —Es decir, la premisa es que la paz, la intolerancia y la discriminación proceden de las religiones, de la enemistad religiosa. Si las causas fueran las diferencias políticas, las ambiciones económicas, las rivalidades étnicas y nacionalistas ancestrales… se requeriría un diálogo político, una negociación económica, un arreglo o modus vivendi entre etnias y naciones… MKI: —Ejem. Pego ahogra la dogtrina dominante entre los eclesiásticos es que la greligión no es la causa de las gggueegas… Sino que son otros intereses camuflados de falsa religiosidad… TP: —Llamemos a otros diálogos y usemos otros medios, entonces. Porque el diálogo interreligioso solo trae la paz si la violencia está en las religiones. ¿Habrá quizás alguna religión violenta? MKI: —¿Piensa Usted en alguna en especial? TP: —¡Lejos de mí pensar! Todavía espero viajar a Europa algún día, y que me den la visa. MKI: —El Santo Padre me pidió que consiguiera opiniones francas, menos clericales… ¡pego esto es demasiado! TP: —El Santo Padre ya ha dicho mil veces que esto es lo que quiere, y yo soy un hijo fiel. Todavía espero la invitación a Santa Marta. MKI: —¿Y algo más sobre el video o el mensaje? TP: —Me entristeció bastante que se publicara este video ridículo nada menos que en el día de Reyes, la Epifanía, donde el diálogo interreligioso consistió en que los infieles —movidos por el Espíritu Santo— se postraron ante el Verdadero Dios, para ofrecerle dones de incienso, oro y mirra. MKI: —¿Ridículo? ¡Más respeto! TP: —Mire, Usted es alemán, pero en mi parte del mundo… ¡ver a cuatro argentinos diciendo «sho creo en el amor»… es ridículo…! Yo me reí y no he conocido a nadie que no se haya reído. MKI: —Pero los judíos, musulmanes, budistas y cristianos creen en el amor. TP: —«Sho creo en el amors». ¡Qué sentimentalismo! Me acordé de Benedicto XVI: «El amor de Dios por nosotros es una cuestión fundamental para la vida y plantea preguntas decisivas sobre quién es Dios y quiénes somos nosotros. A este respecto, nos encontramos de entrada ante un problema de lenguaje. El término «amor» se ha convertido hoy en una de las palabras más utilizadas y también de las que más se abusa, a la cual damos acepciones totalmente diferentes. Aunque el tema de esta Encíclica se concentra en la cuestión de la comprensión y la praxis del amor en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia, no podemos hacer caso omiso del significado que tiene este vocablo en las diversas culturas y en el lenguaje actual» (Deus caritas est, n. 2). ¿Y qué sé sho en qué cree un señor que cree en el amor?
II. (Entrevista con Mons. Keine Idee: segunda parte)
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