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Versión actual de la parábola del hijo pródigo

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La parábola del hijo pródigo puede tener otra versión. Sería ésta: el hijo que se marchó de la casa paterna y dilapidó no toda la fortuna propia y vivía, pero no muy feliz. El padre le envió un recado escrito para que volviera al seno familiar.

El hijo se lo pensó bien: “Volveré, pero poniendo mis condiciones para que en adelante se viva conforme yo pienso, ya que en esa casa ha entrado el humo del diablo”.

El padre sigue esperando. Mientras, el hijo habla a los cuatro vientos, que los recogen los medios de comunicación, diciendo que él es el legítimo heredero del depósito familiar y todos, incluidos el padre y el hermano mayor, deben bailar al son que él toque porque él lo piensa así.

Este ejemplo puede iluminar los acontecimientos ocurridos con el documento romano recibido por la Fraternidad de San Pío X, y las declaraciones que el obispo Fellay está largando en homilías y manifestaciones públicas.

Si de verdad desean incorporarse a la Iglesia, si de verdad tienen sentido eclesial, si de verdad buscan la unidad eclesial, si de verdad trabajan por la paz del único rebaño de Cristo, deben entrar sin “imponer condiciones” ni reescribiendo la historia de la Iglesia de los últimos cincuenta años, incluido el depósito doctrinal y pastoral del Concilio Vaticano II.

Pero creerse los más “puros” o incontaminados, mirando a los que formamos el Pueblo de Dios como si fuéramos un conjunto de ciegos pecadores que respiramos aire contaminado por el fuego del infierno es lo que les ha pasado a todos los herejes a lo largo de la historia de la Iglesia Católica.

Todos los herejes han deseado reformar la Iglesia desde fuera tirando piedras al tejado de la misma, en vez de estar dentro luchando con el evangelio en la mano, proponiendo tales o cuales objetivos conectados con el Magisterio de la Iglesia para hacer Iglesia –comunidad, donde quepamos todos y nadie sea ni se sienta excluido.

Sin embargo, quienes han reformado la Iglesia desde dentro, como Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Ignacio de Loyola….lo han conseguido con un notabilísimo resultado para ellos y el resto de los hijos de Dios.

Benedicto XVI está siendo el padre de la parábola que espera con confianza en que los hijos de la Fraternidad vuelvan al seno de la casa común que es la Iglesia de Cristo. Ellos son muy libres de hacer lo que crean en conciencia y libertad.

Los demás no estamos para bailar a su son. Ni mucho menos. Estamos para abrazarles con caridad fraternal y seguir caminando, dentro de la Iglesia Católica, hasta llegar a la Casa del Padre del Cielo.

Para esto se necesita mucha humildad. Algo que echo de menos en ciertas declaraciones de los últimos días. Mantengo la esperanza sin fin. Dios nos ayude a todos.

Para conocer más haga clic aquí.

Tomás de la Torre Lendínez

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