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Simonía

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Artículo publicado hoy en el Diario Ideal, edición de Jaén, página 29

En las tierras de la vieja abadía de Alcalá la Real merodean  ladrones de tallas sagradas queridas por el pueblo cristiano de la zona. La Guardia Civil persigue los robos efectuados desde hace meses hasta el jueves pasado en que arramblaron con imágenes de la ermita de San Antonio de la villa de Frailes. Según la Benemérita las piezas carecen de valor artístico, pero metidas en el mercado negro de obras de arte pueden ser vendidas y adquiridas con cierto dinero, dado que esta cadena de latrocinio es el tercer modo de obtener euros ilegítimos en España.

Estos amigos de lo ajeno no solamente cometen un delito tipificado en la legislación española, sino que efectúan el pecado conocido como sacrilegio, ya que trafican con imágenes sagradas para la fe de un pueblo tan católico como es el que tiene su domicilio en la comarca alcalaína. Ese pecado ha sido muy estudiado por los psicólogos y criminólogos, encuadrándolo en la vieja fórmula conocida en la historia eclesial como la simonía.

Este término engloba no solamente el latrocinio de tallas, sino también el de todos los objetos sagrados usados para la celebración de la liturgia eclesial, como cálices, custodias, copones, cruces…que eran vendidos desde la alta Edad Media mediante chamarileros montados en una cordada de mulas, quienes llegaban a los mercados populares ofreciendo productos legales, y sabiendo descubrir el ansía coleccionista de los burgueses de la localidad, a quienes ofrecían el fruto de sus fechorías sacrílegas, que acababan atesoradas entre las vasijas para el trasiego de vino y  licores en las fiestas sociales en el palacete ante la buena sociedad pueblerina.

El pecado de la simonía era muy grave recogido en los libros penitenciarios de todos los tiempos posteriores. Se exigía, por parte de los confesores, la devolución de las obras de arte de la orfebrería, o de la talla, a sus legítimos dueños, siempre templos o ermitas ubicadas en pequeñas aldeas alejadas de los caminos reales y de la propia autoridad policial.

Con el éxodo de las personas de las aldeas y pequeñas villas hasta las ciudades, el problema del patrimonio histórico y artístico en manos de gentes amigas de lo ajeno comenzó a ser muy grave, tanto que los obispos de diócesis despobladas por tierras de Castilla la Vieja, por ejemplo, tomaron decisiones como crear los museos diocesanos sirviendo para albergar las joyas importantes existentes por los rincones de la geografía provincial.
Una gran iniciativa consistió en la creación de las exposiciones regionales conocidas como las Edades del Hombre, en las cuales se exhiben piezas de arte sagrado sacadas de los museos de la diócesis y de otros templos abiertos al culto, creando una cita turística de obligada visita durante largos meses desde primavera hasta otoño.
Otras soluciones para la conservación del patrimonio eclesial  han sido los seguros de cobertura sobre el contenido de ermitas y templos parroquiales, así como la instalación de alarmas más o menos sofisticadas, que han dado unos resultados regulares según el  caso.

La verdad completa es que los ladrones de iglesias suelen ser personas desequilibradas metidas en el mundo del hampa y de la toxicomanía, quienes profanan los recintos sagrados alentados por ese odio a la fe católica tan imbricado en la sangre de los españoles, campeones en pegarle fuego a imágenes y edificios sagrados cuando las revoluciones han salido a la calle durante varios momentos incivilizados de la historia de la España de nuestras alegrías y penas.

Tomás de la Torre Lendínez

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