Obispos en vísperas de jubilación

Obispos en vísperas de jubilación

Nunca es fácil ser obispo. Ya lo dice San Pablo en la carta que dirige a Timoteo. Con la decisión del Concilio Vaticano II de jubilar a los obispos a los 75 años se creó una figura muy singular: los obispos que están al borde de esa edad y están deseando irse. Tal situación crea en las diócesis, en que aún gobiernan, un ambiente de desgobierno, desgana, desbarajuste, desdibujo, desilución, desesperanza, desierto y desastre. Los propios protagonistas tratan de tapar que no se les note su hartura y pesadez de la mitra, pero no todos saben nadar y guardar la ropa, y las prisas por irse son más claras que la luz de las doce del medio día en pleno mes de junio. Las navajas relucen en las noches con luna llena. Los ajustes de cuentas y las facturas sin pagar se sacan de los cajones donde estuvieron durmiendo hasta el momento oportuno. La inacción es la nota distintiva de esos meses, que pueden ser años. Las jubilaciones deberían ser automáticas. Llegada la fecha, se cierra el libro. Pero las incertidumbres están produciendo pesadas cargas, ansiedades innecesarias, bullas inexplicables, abandonos de responsabilidades, y casos de teatrillo pueblerino entre aficionados, miembros de una peña de verdaderos individuos apuntados a asuntos de improvisación, porque otros han olvidado ya su papel. Situaciones de pena y lástima que los fieles observan en el silencio respetuoso, pero que desearían que en la Iglesia hubiera más rapidez en jubilar a quien está más quemado que el palo del churrero. Tomás de la Torre Lendínez

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