Sinceramente que no entiendo el buenismo gratuito, tontuelo, cobardón, pardillo, sentado en la cabeza, en los pensamientos, palabras y obras de ciertos obispos de estos días. El buenismo es la puerta a una vaciedad sin gestos de valentía en defensa de la fe católica. Es considerar que el pecado original no existió, ni dejó huella en la libertad humana, a pesar del perdón que recibimos cuando fuimos bautizados; el pecado original existió y nos dejó la inclinación al mal, tal como han llamado los moralistas de siempre: la concupiscencia. Una vez cometido el pecado, si además es público y notorio y colisiona con el código penal, las consecuencias las debe purgar la persona que ha incurrido en ese delito. No vale pasar página, porque siempre debe existir la pena ejemplarizante que ayude a otros a no repetir la acción punible. Un obispo puede dialogar hasta con la misma persona que intentó matarlo en público, lo debe perdonar, pero la pena impuesta por un tribunal la debe cumplir. Es el caso de quien atentó contra la persona de San Juan Pablo II. Si el atentado contra un papa es un delito como un piano de cola, más delito es profanar al Divino Maestro, realmente presente en el interior de una capilla católica bajo la especies del pan y del vino, en el sacramento de la Eucaristía. Además de pisar el derecho a la libertad religiosa de las personas que se encontraban en el interior de ese lugar de culto católico simplemente rezando. Sumado a las cantinelas procaces que salían de la boca de quien estaba cometiendo tal fechoría contemplada en la legislación española. La persona puede haberse arrepentido, confesando su pecado, ante un obispo lleno de buenismo, en vez de bondad pastoral, que es lo propio de un pastor. Pero, nunca se puede pasar página. El culpable debe atenerse al dictamen de la Justicia humana, que no es un juego de infantes aburridos en tarde dominguera. Quien aboga por pasar página no sabe lo que dice, o a lo mejor no ha pensado las consecuencias de su opinión. Por esto se lo trato de recordar sencillamente. Tomás de la Torre Lendínez
No vale pasar página

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