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No al subjetivismo, sí al objetivismo

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El misterio del mantenimiento de la Iglesia Católica a lo largo de dos milenios está en que es una institución divina, conducida por el Espíritu Santo, sobre la Roca de Pedro y el resto de los Apóstoles, quienes tienen a los obispos como sucesores legítimos. Tales pastores han sido siempre la jerarquía de la Iglesia Católica, es decir tenían el poder sagrado de conducir el rebaño de Cristo, Único Pastor. Cuando la jerarquía de la Iglesia ha nublado sus ojos con telarañas temporales han llegado las rupturas del rebaño del Señor: con el cisma de Oriente, con el cisma de Occidente. La unidad del pueblo cristiano saltó por los aires cuando la Iglesia perdió el sentido sagrado de su poder inserto en el sacramento del Orden Sacerdotal. Porque la Iglesia siempre ha sido Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana. La ruptura luterana fue la evidente visión materialista del poder sagrado de la jerarquía eclesial. El éxito aparente del primer luteranismo era la anulación del poder sagrado, para cambiarlo, dentro de las filas seguidoras del luteranismo, por el igualitarismo de los fieles, donde ha primado un situacionismo subjetivo para ser y vivir dentro de la reforma. Ya, aún viviendo Lutero, la división de opciones comunitarias, trajo la división interna y la subjetividad en toda la evolución de la reforma. Existían tantas opiniones como cabezas, soltaría el agustino. El Concilio de Trento tuvo el enorme éxito de subrayar, actualizar y programar el poder sagrado de la jerarquía de la Iglesia Católica, volviendo a insistir en las cuatro notas tradicionales de la institución divina: Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana. Mientras, el luteranismo se cocía en su propio jugo: la diversidad de las subjetividades llevaba a la plena desunión, en tantas disparidades como iluminados iban saliendo buscando engañar a sus pocos seguidores. Llegado el Concilio Vaticano II, cierto airecillo viciado entró por debajo de la puertas de la Basílica petrina. El poder sagrado de la jerarquía eclesial se disolvió en un agua poco limpia. Los años siguientes se dejó de hablar de ese poder sagrado de la jerarquía cambiándose por un servicio al pueblo de Dios traducido en las lenguas nacionales. Otros decían que los pastores eran tan servidores que los comparaban con los «camareros» de cualquier restaurante, o con las opciones democráticas a la hora de elegir párrocos y obispos. En el campo dogmático la Iglesia Católica ha mantenido su unidad de fe en su Credo hasta la fecha. Esa unidad se ha plasmado en el campo de la moral personal, social y comunitaria. Sin embargo, el situacionismo subjetivo copiado de los reformadores se desea integrar en las varias opciones morales sobre todo en lo referente a la moral matrimonial tan devaluada en los últimos años. No comparto esta derivación, porque ahora habrá obispos blandos y otros duros a la hora de poner en práctica algunas sugerencias actuales de la moral matrimonial, y sus consecuencias. O estaremos los curas apuntados a las rebajas, u opuestos a la devaluación de las diversas situaciones. Cayendo en el subjetivismo de obispos, curas y fieles, nos vamos a un pluralismo lejos del objetivismo que siempre ha mantenido la moral de la Iglesia Católica, gracias a la cual hemos vivido dos milenios largos. Tomás de la Torre Lendínez ———————– Invito a leer mi última novela: Título: El cura que colgó los hábitos. Lectura gratis. Enlace: http://marianojv.esy.es//novela.html

Comentarios
0 comentarios en “No al subjetivismo, sí al objetivismo
  1. Magnífico análisis el suyo como casi siempre don Tomás, solo le haría una pequeña puntualización, si me la permite, Una,Santa,Católica,Apostolica y Romana, son CINCO notas tradicionales de la institución divina y no CUATRO como aparece en su escrtito, por lo demás lo dicho, inconmensurable como siempre.

  2. Esta argumentación le falta la parte históricamente más relevante.

    El acontecer entre el Papa poderoso del Siglo XV, el tambaleante de fines de del Siglo XVIII y primera mitad del Siglo XIX, el Papa despojado de la segunda mitad de ese siglo, y los delicados equilibrios en las guerras mundiales del Siglo XX y revolución cultural cúlmine de un proceso iniciado con la revolución Francesa.

    En este percorso, la Iglesia recibió una diferente visión de su jerarquía, por una consecuencia lógica, a mayor debilidad temporal, tanto en lo bueno como en lo malo.

    La Iglesia pasó de aquella que aplicaba la pena de muerte en los estados ponticios, y eso sabemos que fue así, a una que debía callar o levantar una queja tibia frente a los crímenes del nacismo, para evitar un exterminio de sacerdotes y destrucción de templos y quien sabe Dios que otros males.

    El Luteranismo luego de las revoluciones de los campesinos, pasó rápidamente de la libre interpretación de la fe, a la interpretación del príncipe. Es claro que la geopolítica tuvo mucho que ver. Es revelador ver en que momento de la Iglesia se proclamó el dogma de la infalibilidad, en el momento de mayor debilidad del poder temporal.

    Recemos todos por la Iglesia, porque los males de hoy, son herencia de los errores del pasado. Y por cada pecado de la Iglesia del pasado, fumamos el humo de la falta de fe y dirección de tantos bautizados, siendo más grave en los pastores de profesión que no enseña lo que Cristo nos mandó, sino lo que el mundo relativista y egoísta de hoy, guíado por una tropa de idólatras del dinero y el neomaltusionismo como dogma nos quieren imponer.

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