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Mentir para robar

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Artículo publicado hoy en el Diario Ideal, edición de Jaén, página 29

Cuando el viernes pasado salió la sentencia condenatoria para los implicados en el conocido caso Noos, mucha gente se llevó un gran chasco, porque se supone que en un matrimonio si delinque en común, es porque el marido cuenta a su esposa lo que hace, y al revés lo mismo. En este caso no ha sido así. Ambos esposos no hablaban de sus acciones delictivas dentro del mismo proyecto de pedir dinero a las diversas administraciones a las que sableaban por ser quienes eran y con el interés que predicaban en sus favorecimientos.

El interés predicado iba dirigido a una supuesta acción a favor de niños enfermos, algo que no era tal, ya que solamente supuso el propio enriquecimiento  personal. Aquí es donde deseo punzar con más ahínco en esta sentencia tan desigual como extraña a propios y extraños.

Es tradicional en la monarquía española la atención a causas solidarias, a instituciones benéficas, como la Cruz Roja, rastrillos caritativos y a organizaciones no gubernamentales sin ánimo de lucro personal.

Sin embargo, en este caso juzgado y sentenciado ha prevalecido el ánimo de lucro personal de forma descarada y chapucera, poniendo como pretexto el afán de ayudar a niños enfermos, objetivo para el que muchas gentes son proclives a colaborar, máxime si se acude a ventanillas donde el dinero manejado es de propiedad pública. Aquí ha estado el delito de los implicados en este caso: usar el dinero público para enriquecimiento personal, olvidando a los niños débiles.

Un buen día, por la tierra israelita, iba Jesús con sus discípulos, entre el público salió un tipo muy listo, quien llevaba una moneda en la mano. Abordó al Maestro y le preguntó: ¿Es lícito pagar el tributo al César romano?. El Señor, con la sensatez que tenía, advirtió: ¡Déjame, la moneda¡. La levantó, un poco, y señaló con el dedo preguntando ¿De quién es esta efigie?. Le contestaron a coro: ¡Del César ¡. Entonces, elevando  la voz, afirmó: Pues dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.

Los que pretendían pillarlo como un pardillo, se fueron retirando como ratas en desbandada. El Señor aprovechó aquel momento  para recordar que debemos estar en paz con la hacienda pública, pero, igualmente, hemos de estar dando culto a Dios en espíritu y verdad.

La actual sociedad ha metido a Dios entre paréntesis. Ha escondido a Dios en el bolsillo como si fuera un pañuelo, que se saca cuando con el frío mañanero al salir de casa se cae el moquillo y hemos de tomar el moquero para limpiarnos. El resto del día no sale más a nuestras manos.

Lo mismo ocurre, cuando debiendo dar ejemplo siendo miembros de una familia que todos miramos en su vida pública y privada, porque ser  hijo o yerno de reyes no es una chaqueta que se quita y se cuelga en el perchero. Es una misión permanente al servicio de la sociedad en la que se reina por mandato constitucional, y a la que se representa, según establece la carta magna, por derecho o por delegación de quien tiene el honor de ser rey español.
Resuelta la condena del modo que ha sido, se impone recomponer el buen nombre y la fama de la familia real española, algo que evitará que crezcan los enemigos de la institución a favor de ganar adictos republicanos, que han crecido, en los últimos años, como amapolas entre los trigales verdes en la plena primavera.  Nunca se debe mentir para robar.

Tomás de la Torre Lendínez

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