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La venganza de los condenados

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Cuando un Papa fallece en el ejercicio de su servicio pastoral, que ha sido lo más común conocido durante los últimos siglos, las loas funerarias suelen ser grandes y expresivas, incluso hasta después de sellar la tumba del Pontífice extinto.

El papel de criticar, el arte de enjuiciar, la forma de interpretar, el análisis pormenorizado de las luces y las sombras de ese pastor, sucesor de Pedro, mientras ha ejercido su misión pastoral, queda en manos de los historiadores y rastreadores de los archivos quienes les colocan en el retablo que la historia ha levantado para los diversos Papas que en la Iglesia han sido conductores de la barca petrina.

Benedicto XVI con su renuncia a ser el Siervo de los Siervos de Dios ha roto los moldes seculares que sobre sus predecesores se han tejido post mortem.

In vita sua, Benedicto XVI, en una sociedad de la comunicación como la actual, está siendo examinado su Pontificado con lupa por periodistas, historiadores, aficionados, fabuladores, quemados y condenados.

Los últimos, los condenados, están sacando sus facturas escondidas en los cajones de su mesa o arrugadas en los bolsillos de sus chalecos, cambiados con el paso del tiempo, y que despiden un olor a venganza que tira para atrás.

Eso sí, las palabras que usan son suaves, dentro de llamar histórica la decisión de Benedicto XVI.

Hoy traigo dos ejemplos. Uno más antiguo en el tiempo. El otro más cercano.

Era el año 1985 cuando en Roma es citado un tal Leonardo Boff, en el despacho del entonces prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Ratzinger. Fruto de aquella entrevista el citado fue reducido al silencio, como forma de arrepentirse de mantener una serie de errores garrafales escritos en uno de sus libros que yo leí, como otros muchos, titulado Iglesia, carisma y poder.

Los pasos posteriores del citado autor fueron la salida de la Orden Franciscana, el abandono del ministerio sacerdotal, y otras derivaciones de tipo personal.

Ahora, se despacha a gusto contra Benedicto XVI, quien al estar vivo, se enterará? , de las barbaridades que han salido por la boca de aquel exfraile. Cuando un Papa está enterrado ya no le llega nadie con las declaraciones extemporáneas, porque goza del descanso eterno.

El caso más cercano es el de un escribiente contra quien el año pasado la propia Conferencia Episcopal Española emitió un Comunicado sobre varios aspectos de lo expresado en algunos de sus indigestos librillos. Se trata de Torres Queiruga.

Ha firmado un artículo donde, tras calificar de histórica la renuncia papal, le impone un programa de máximos al futuro inquilino del Vaticano, a quien le “profetiza” un desastre pastoral en caso de no hacerle caso a él, que es un “adivino” del futuro.

En ambos casos, destaca la hora de la venganza de los condenados, algo que propicia que al Papa renunciante aún con nosotros, se le infrinja una herida más antes de “ocultarse al mundo” dedicado a la oración y la lectura en un monasterio, cuya fotografía ilustra este post.

Para saber más hagan clic aquí.

Y, también, aquí.

Tomás de la Torre Lendínez

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