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La ministra de la píldora

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Cuando estamos a las puertas del verano, como se prevé un descenso de turistas por España, al gobierno de España se le ocurre la feliz idea de vender en las farmacias la ‘pildora del día después’, como si fuera un puñado de caramelos. Hasta ahora se vende con receta médica en varias comunidades españolas.

A partir del verano, cuando los escolares tienen más tiempo libre, cuando las piscinas estén abiertas, cuando los lugares de botellones se llenen de jóvenes, cuando el calor aprieta, el gobierno de España que siempre piensa en dar y permitir el placer, si es el de la entrepierna mejor, manda a las oficinas de farmacia que vendan la citada píldora.

La señora ministra justifica la medida en una serie de razones que no se tienen en pie. Ninguna está apoyada en la castidad que cualquier joven cristiano debe guardar hasta llegar al matrimonio. Este mensaje de la moral de la Iglesia Católica es tan antiguo que nadie lo menciona ni en clase, ni en la familia, ni en ninguna parte. Hemos llegado a fabricar una sociedad pansexualista, donde el único valor es conseguir el máximo placer lo más barato posible.

A la ministra de sanidad le preocupa que algún dueño de la oficina de farmacia saque a relucir su objección de conciencia para dispensar tal píldora. Y espera que todos entren de coz y hoz por el mismo agujero de sumisión al poder constituido. Y que la conciencia la tiren a la basura cualquier noche cuando vayan al contendor a depositar los residuos sólidos humanos.

Lo importante es que los nativos y los turistas se pasen un buen verano haciendo de su vida sexual un ídolo ante el que deben presentarse como súbditos fieles y les entreguen su cuerpo que es lo que más interesa.

Entretanto, esta sociedad española no pensará en levantarse contra la ineficacia de un gobierno que en materia económica nos tiene al borde de la bancarrota. Esto no tiene importancia. Lo importante es buscar el máximo placer extraido de la entrepierna. El ‘padre’ gobierno vela en dar a todos un subsidio monetario para que nadie viva mal.

Y, ¿los puestos de trabajo?. Esto que los creen otros. Nosotros vivimos en la Arcadia feliz.

Tomás de la Torre Lendínez

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