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La libertad personal es inviolable

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La avaricia rompe el saco. Siempre lo hemos oído en nuestras casas. Tan importante es este principio que el Señor Jesús nos dejó una parábola esencial sobre este asunto: aquel hombre que obtuvo una gran cosecha, estaba contento de su trabajo, echó sus cálculos y decidió construir nuevos graneros para almacenar todo lo cosechado.

Pero, dice el Señor, escuchó una voz que le dijo: Hombre, esta noche Dios te pedirá cuentas y dejarás este mundo. ¿Las riquezas que has acumulado para quien serán?. Esto es lo que trae guardar riquezas humanas, no siendo rico ante Dios.

La Iglesia Católica ha vivido a lo largo de su historia situaciones semejantes a la parábola evangélica. Los medios de comunicación en manos de la propia Iglesia se encuentran en el dilema: han construido muchos postes emisores, han alquilado un montón por un dinero alto que conocen unos pocos solamente, pero han desconocido, o lo han olvidado, en medio de la alegría de la gran cosecha que esperaban, que la libertad individual es sagrada e inviolable.

Nadie puede entrar en la libertad de la persona y conducirle, cual borreguito con pilas, por el sendero que apetece a los que desde un enmoquetado despacho mueven las fichas del ajedrez a su antojo.

Nadie puede ollar la sagrada libertad individual pretendiendo que la oferta nueva puede mover a la persona a pasar de una empresa a otra.

Nadie puede señalar con el disco de dirección obligatoria y única a quien se debe leer, ni oír, ni ver. Cervantes nos dejó en boca de don Quijote el lema: “La libertad, amigo Sancho, es el don más que grande que los cielos dieron a los humanos.”

Nadie puede retorcer el sentido de la sentencia evangélica: “La verdad nos hace libres”. Lo intentó el pasado, gracias a Dios, régimen zapaterino. No lo consiguió. Alguien en su confortable despacho ha deseado interpretarlo así: La libertad de oír la verdad es la que le damos nosotros.

Nadie sospechaba el tremendo error, que ayer se hizo público en el estudio general de medios. Han invertido, trabajado, programado y se han equivocado paladinamente. Otros más cercanos han salido beneficiados. Pero quien lo pretendía se ha equivocado de pleno y de plano.

Nadie aceptará el error de la obstinación en la propia equivocación. Aunque las cifras le demuestran a las claras que se han errado grandemente.

Reconozco que este artículo es un poco críptico. Quien desee más aclaración puede irse hasta el Blog La Semilla, alojado en el portal de Intereconomía. Ahí verán mejor lo que aquí dejo entre líneas. Muchas gracias. Perdonen las molestias.

Tomás de la Torre Lendínez

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