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El Santo Padre no es un cura de aldea

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Durante los años posteriores al Concilio, nació la fiebre de obispos, curas, frailes y monjas, para dar un testimonio de ‘encarnación’ con el pueblo, el vivir en pisitos de pocos metros en los barrios de la periferia de las ciudades.

Los viejos edificios se fueron cayendo de no usarlos. Otros eran solamente para albergar las oficinas. Las comunidades religiosas se convirtieron en tres o menos viviendo aburridos de mirarse la cara y la pantalla televisiva.

Veinte años más tarde, a los antiguos edificios hubo que ponerles muchos dineros encima para preparar las habitaciones dignas que aquellos curas ya con más de ochenta años, que acudían buscando un lugar donde dejar los huesos y el alma en los postreros años que les pudieran quedar, se merecían. Bajo el pomposo nombre de residencias sacerdotales hoy viven muchos sacerdotes. Lo mismo ha ocurrido entre los frailes y las monjas: viven en las llamadas: casas de los mayores.

Aquella fiebre desaparecició por el efecto del tiempo y del espacio.

Solamente se salvó el Vaticano, donde los Papas seguían viviendo en su llamado apartamento.

Dentro de aquellas habitaciones del tercer piso del Palacio Apostólico muchos sucesores de Pedro pasaron a los altares tras su Pontificado.

Dentro de aquellas habitaciones del tercer piso, muchos Papas, salían a la ventana dos veces a la semana para rezar el Ángelus ante el pueblo cristiano reunido en la plaza de San Pedro.

Dentro de aquellas habitaciones del tercer piso, muchos Papas entregaron su vida a Dios, cuando acabado el paso por esta tierra, eran llamados por la hermana muerte a buscar el descanso eterno.

Dentro de aquellas habitaciones del tercer piso, se han producido las grandes enciclicas sociales, se han escrito obras importantes de teología, se ha soñado y ejercido el pastoreo universal de la Iglesia Católica.

Dentro de aquellas habitaciones del tercer piso, se hospedaba el Jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano, quien recibía en audiencia en los salones correspondientes a los grandes de la tierra, a los presidentes de las diversas naciones, y a los obispos que acudían en su visita Ad Limina Apostolorum.

!Cuanta historia eclesial encierra el Palacio Apostólico¡

Un anciano obispo me dijo una vez:

-Mira yo no me voy de este palacio, igual que el Papa no deja el suyo en el Vaticano.

Ahora el Papa Francisco desea, ‘por ahora’, quedarse a vivir en Santa Marta. Como efecto de publicidad está muy bien.

Como signo de continuidad en las mejores costumbres papales de sus antecesores debe el Papa sopesar su decisión. Se lo sugiero desde estas líneas con toda la humildad y obediencia a su personal determinación.

Tengo en cuenta que es el Sumo Pontífice, el Santo Padre, el sucesor de Pedro, el Vicario de Cristo, el Jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano, el Siervo de los Siervos de Dios, no es un cura de aldea.

Tomás de la Torre Lendínez

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