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Dolor por Jaén

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Artículo publicado hoy en el Diario Ideal, edición de Jaén, página 31

Nuestro diario informaba que Jaén, en su provincia y la ciudad, envejece y encoge, según las cifras del padrón municipal en los últimos cinco años: nacen menos hijos, los emigrantes buscan nuevos lugares, los jóvenes se aventuran a trabajos fuera de las tierras españolas, y las defunciones son más tardías, al haber subido las expectativas de vida.

Se notan tales cifras, cuando se camina por las calles de la ciudad de Jaén, donde los locales cerrados, otrora abiertos con negocios rentables, se amontonan por doquier. Los viandantes son pocos y precisos buscando sus lugares de encuentro. Las entidades bancarias yacen medio desiertas con pocos clientes y menos trabajadores.

Los templos, en los fines de semana, han pegado un bajón en el número de fieles, seguramente desviados por las ceremonias de los primo comulgantes, o por la atonía pastoral colocada en los ambientes de diálogo, o en los órganos rectores del movimiento católico medio adormecido

En este domingo, fiesta de la Ascensión del Señor a los Cielos, me duele Jaén, al que no veo vibrar, donde encuentro poca vida, cuando la vida primaveral invita al esfuerzo, a la lucha, a la superación, y a la confianza. Pero aquí no es primavera.

Encuentro el desánimo en los vecinos ante la nueva convocatoria electoral a fines de junio, porque ha primado más el individualismo de grupo, que el dialogo buscador de pactos. Topo con las típicas zancadillas en la política pequeña dentro del municipio abortando proyectos antiguos de crecimiento en el comercio y en los servicios a los ciudadanos.

Me duele Jaén, nombre que solamente salta a la actualidad noticiosa cuando un accidente ocurre, o un delito mancha las calles o casas de algunos vecinos. O la alegría se pasea por el domicilio del pobre como una lluvia inesperada de unos bienvenidos euros ganados a la suerte gracias al juego permitido de loterías varias y apuestas europeas.

Me duele mi tierra, mi gente, por su conformismo nativo, por su parsimonia antigua, por su senequismo sin filosofía, por su vivir como olvidados de la propia vida, por su empuje de palabra pero de poca obra, por su mirar por la chimenea esperando que solamente caiga hollín, por su recelosa sentencia: no hay nada que hacer. Todo está hecho.

Me duele la gente joven que se va buscando nuevas rutas, porque los añosos olivos no pueden estrujarse más. Me duele el inmigrante que vino buscando trabajo y se marcha con las manos en los bolsillos. Me duele el enfermo que peregrina a otras ciudades andaluzas buscando su curación, porque aquí nos faltan aparatos aptos para descifrar su dolencia.

Mi dolor no es de queja colocada en el palo del sombrajo. Ni mucho menos. Este dolor es el punzón del compromiso de la fe católica por el porvenir humano y cristiano de una ciudad y una provincia merecedora de horizontes abiertos, esperanzas reales, sin servilismos a la sopa boba, a lo que siempre ha sido, porque no se saben otros caminos, ni se desea explorar nuevos métodos. Es una llamada a la renovación, a la ilusión, a la responsabilidad personal y comunitaria. Solamente seremos lo que entre todos deseemos.

Desde el Cielo el Señor nos dice hoy: No os quedéis embobados mirando arriba, id hasta el último rincón de la tierra evangelizando, comenzando por la tierra de Jaén, que lo necesita.

Tomás de la Torre Lendínez

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1 comentarios en “Dolor por Jaén

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