En un pueblo situado a la derecha de la autopista de la mejor tecnología digital había una aldea. Los habitantes de aquella localidad vivían felices y contentos. La fraternidad era el lema de aquella comunidad digital, buscando siempre el bien común antes que el particular egoísmo. La libertad individual era la gran consigna de los habitantes de la localidad. Un olivo llegó medio cortado echando sangre por sus ramas, encontró el médico apto, la tierra buena y el gran regalo de la libertad de expresión, que era el aire que necesitaba. Hace un año llegó una cigüeña procedente de dos lugares anteriores. El buen animal alado se sentó en su torre, y continuó su viejo oficio de escribir dentro de la obligación adquirida libre y gratuitamente. Es una cigüeña simpática, con lenguaje directo al mentón, pero fiel a los amigos y vecinos de la aldea digital donde nos encontramos. Millones de lectores y comentarios llenan las páginas de la pantalla digital. Sumados los años de servicio a la información religiosa y al comentario la cigüeña roza ya casi los cincuenta millones de lectores ganados a pulso y púa afilada y afinada, siempre amando a Dios, su Iglesia y sus ministros, menos los mequetrefes que destruyen la unidad eclesial desde dentro, que son los más aborrecibles a un buen paladar como tiene la cigüeña. Cierta tarde un vecino de la aldea digital se le ocurre pegar una patada al tablero de la armonía y el buen juego que hasta entonces reinaba en aquella tierra ciberespacial. Osó, sin motivos aparentes previos, a no ser personales y propios, ridiculizar el trabajo responsable de la cigüeña, quien como no come de la entidad eclesial, tiene una libertad absoluta para picar y triturar todo lo que se pone por delante, cuando alguien le desea quitar el sol, la luna y la torre donde habita. Al día siguiente, la cigüeña, molestísima y con razón, lanza sus fauces picantonas contra el osado vecino, a quien lo pone como hoja de perejil. Quien, tras meditar su metedura de pata, aunque renuente aún, pide perdón con la boca chica. Así hemos llegado a la fiesta de los Reyes Magos, donde el olivo desea regalar su buen aceite para que la aldea recupere la paz, la convivencia, la fraternidad y la armonía entre los vecinos. El aceite es una medicina clásica para heridas inferidas. Tanto vale el aceite que la Iglesia lo ha elegido como materia para varios sacramentos, que son los caños por los que bebemos la Gracia de Dios engendradora de paz, sosiego y caridad. Esperando que se acoja este noble aceite para sanar todo, colorín, colorado, este cuento se ha acabado. Tomás de la Torre Lendínez
Cuento digital sembrador de paz
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