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Bolardos

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Artículo publicado hoy en el Diario Ideal, edición de Jaén, página 25

Cuando una palabra se impone durante días en los medios de comunicación de masas no es por el empeño caprichoso de unos periodistas aburridos, sino más bien porque los bolardos está demostrado que evitan muertes inocentes de gentes paseantes por calles comerciales.

Por Jaén a los bolardos los llamamos “pipotes” o “chirimbolos”, por esa prisa andaluza en popularizar algo en el lenguaje de esta región. Lo cierto es que estos impedimentos colocados en los lugares lógicos estorban a los locos metidos en furgonetas asesinas matar a discreción.

Cuando los enemigos de Jesús tomaron piedras para tirárselas a la cabeza, el Divino Maestro avistó que era mejor salir corriendo y evitar que le partieran la cara. Porque, aunque anunció que había que poner la otra mejilla cuando te hubieran abofeteado la anterior, sin embargo es mejor evitar una ocasión de muerte anticipada, o de trágico altercado del orden público.

Y para esto sirven los bolardos, los grandes maceteros, los pipotes o los chirimbolos, que la municipalidad instala en los lugares que los técnicos en seguridad vial y terrorista sugieren en sus consejos: es mejor prevenir que curar, es más sano esconderse que exponerse.

Desde la mentalidad buenista instalada en ciertos sectores sociales, consideran que los bolardos van contra la libertad de movimientos de los visitantes y turistas, cuando, por el contrario, a los forasteros les colocan pegatinas en los coches donde se lee: Este coche sobra. ¿Quién sobra el que deja sus dineros, o el buenista en las instituciones enemigo del turismo?.

El mismo Señor, gran pedagogo y psicólogo, volvió a denunciar que toda persona que mira a otra con deseo de poseerla, está pecando en su corazón y está cometiendo un acto de esclavismo con ella. La intolerancia buenista es contraria al cristianismo que nos recomienda amar a Dios y al hermano, lo mismo que Dios nos ama.

Es mejor actuar con la sagacidad de la serpiente y con el candor de la paloma. Es saludable, como decimos por las tierras andaluzas, ser hermanos, pero nunca primos. Es más recomendable nadar y guardar la ropa, evitando que nos roben la merienda y el carrito de los helados.

Los bolardos no son artefactos infalibles ni perfectos, pero son tropiezos colocados en los lugares oportunos para soslayar el asesinato indiscriminado en manos fanáticas nacidas en las sectas escondidas en casas ocupadas por decenas de bombonas de gas, que se supone que no sirven para mantener ningún comedor social abierto a los más hambrientos.

Con cierta rapidez ha comenzado la “bolardilización” de ciudades y pueblos expuestos, como estamos todos, a recibir un tortazo mortífero de un vehículo a motor para enviarnos a la otra dorilla. Los municipios han dado una buena cuenta de resultados económicos a las industrias de bolardos en estos días últimos de agosto.

A pesar de la colocación de los bolardos, nos queda borrar de nuestra conciencia los pecados de odio, ira, venganza…que se han levantado entre diversos sectores sociales y regionales de España desde la consumación de los sucesos terroristas acaecidos el 17 de agosto. A algunos les ha servido para presumir de “gran país”, a otros para criticar esos sueños imperiales, y a los más para pasar de esas rencillas pueblerinas, hartos del supremacismo de ambos lados.

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