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Andalucia: el chocolate del loro

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Dice la asignatura de formación del espíritu sociata que mañana es el día de Andalucía, con motivo de un viejo referéndum hecho en un 28 de febrero de 1981, para que este sur de España fuera tratado dentro del mismo artículo constitucional para alcanzar una autonomía que fuera como las llamadas «comunidades históricas». Menudo robo fue aquel día, donde unos nos decían votar No, otros Sí, y Andalucía, con ocho provincias, anduvo buscando votos perdidos para que aquella llamada a las urnas no fuera el fracaso que fue y sigue siendo. Desde aquellos lejanos tiempos los sociatas mantuvieron sus orondos culos sobre unos sillones, a los que llegan y se pegan con superglub. Solamente la buena jubilación, y el aviso de algún tribunal los mueve, pero como hay cola larga, larga, como aquellas pilas que duran y duran, otros ocupan los asientos vacíos. En este año, para no contar toda la verdad, han borrado a los dos últimos presidentes, incursos en el asunto judicial de los eres y de los cursos de formación, han invitado a los anteriores, y a la hija legal de los dos metidos entre paréntesis, que además se ha vestido con la bandera andaluza: la blanca y verde, el color del equipo del Real Betis, man que pierda. La actual señora presidenta ha ignorado a sus dos padres, los borrados con tipex, que fueron sus pies y sus manos para colocar en el sitio que ahora ella disfruta con toda su redondez. Ha dicho una serie de cuentos chinos y ha prometido una revolución pendiente que se remonta a 1981, de la que los andaluces no vemos ni el motor de arranque, porque esta región es la última en las listas nacionales y europeas en todos los órdenes de la vida: en el paro, en la incultura, en la falta de industria y comercio, en la carencia de vías de comunicación, en la sanidad, en la enseñanza… Pero ellos, los sociatas, siguen y siguen, como dice la copla, bailando sobre las panzas de los andaluces, comiendo y tomando lo que no es suyo, ya que una mente privilegiada nacida en esta tierra dijo: «el dinero público no es de nadie». El pueblo, mientras, vive su vida de pobreza y analfabetismo, sabiendo que mientras en Sevilla manden los sociatas, siempre tendrán la sopa boba asegurada, aunque carezcan de libertades personales y sociales. Gritan: «Vivan las caenas». Y la Iglesia en Andalucía navega a una velocidad corta y miope, llevada por la fuerza de los hechos. Tomás de la Torre Lendínez

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