Amistad de un viaje

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Artículo publicado hoy en el Diario Ideal, edición de Jaén, página 31

Nuestro diario ha perdido a una de las firmas de la sección de Opinión. Salvador Martín de Molina, el malagueño aclimatado en Jaén, ha dejado este mundo en paz a los 82 años. He celebrado la Misa por el eterno descanso del buen hombre y excelente funcionario de la Diputación en activo y omnipresente secretario del Instituto de Estudios Giennenses cuando pasó a la merecida jubilación.

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Conocí a Salvador por culpa de un viaje a Roma, organizado por el intrépido canónigo don Fernando Gallardo Carpio en el otoño de 1991, junto a cerca de tres mil personas en la visita al Papa acompañando al obispo de entonces. Más de veinte autobuses hicimos la ruta desde Jaén hasta la Ciudad Eterna y vuelta. Fueron días inolvidables, pues padecimos lluvia, hambre, sueño, robos, pequeños accidentes…pero convivimos en paz y alegría ante el gran Papa San Juan Pablo II, quien con su vozarrón habló a los jaeneros presentes en la basílica vaticana sobre la identidad de todo cristiano con la sede de San Pedro y sus sucesores.

Durante el largo periplo, el amigo Salvador nunca perdió su buen humor, acompañado de su esposa, siempre tenía la fina ironía que le ha asistido hasta cerrar sus ojos, y su capacidad de observación minuciosa propia del buen y leal funcionario que siempre se sintió y actuó.

En el próximo otoño se cumple veinticinco años de aquella peregrinación a la capital de la cristiandad. Salvador no ha esperado llegar a cumplirlos, pero él ha puesto el motor en marcha hasta la Casa del Padre cambiando el recuerdo de un singular viaje con el irse a la otra orilla, donde están las verdes praderas del Reino de Dios.

Cuando nos encontramos, en diálogo, siempre recordaba aquella aventura viajera, atinaba en señalar que fue una ocasión única, donde muchas gentes de la provincia de Jaén pudieron trasladarse hasta la casa de un gran santo, que luego ha vuelto hasta nuestra ciudad en forma de estatua situada en el parque a su nombre, en la calle y en la iglesia parroquial dedicada a San Juan Pablo II ubicada en el norte de la población, en cuyo altar mayor existe una reliquia del Papa magno venido desde la tierra polaca.

Vaya este recuerdo emocionado al buen amigo Salvador, quien desde la Casa del Padre, podrá leer tanto el obituario que firmó el amigo común Vicente Oya Rodríguez, como este campanario dominical, que él se bebía siempre, como yo mismo hacía con sus insuperables artículos llenos siempre de humanidad, observación y poniendo el dedo en la llaga de la sociedad que atravesamos con los gozos y las sombras de cada día en nuestro Jaén y en la Andalucía, donde tenemos puesta nuestra vivienda de paso por este valle de lágrimas.

Siempre, en el caso de Salvador, hago lo mismo, me interrogo: ¿Qué duende tiene este Jaén que personas nacidas fuera llegan hasta aquí y se quedan embrujados hasta el último minuto de su vida?. Acaso sea nuestra hospitalidad, nuestros brazos abiertos, nuestra cultura, nuestra alma, los imanes que detienen aquí a personas de fuera de la provincia del Santo Reino. En el caso del amigo fallecido, con quien hablé de esto varias veces, me decía: “En Jaén, donde resido, puedo amar estas tierras y sus gentes, para valorar mucho mejor mi pueblo natal de la provincia malagueña, que es nada menos que Gaucín”. Tenía toda la razón. Nuestros olivos producen ese aceite que exportamos, esa grasa de la dieta mediterránea, tan apreciada por los doctores de la salud y de la buena amistad como ha sido para el amigo difunto que en paz descanse.

Tomás de la Torre Lendínez

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