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A José María Gil Tamayo, cura comunicador

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Agitados días están ocurriendo en Roma desde que el 11 de febrero Benedicto XVI anunció su renuncia. Los medios de comunicación se desplazaron y acreditaron ante la Santa Sede. Tras la renuncia, vinieron las fechas del Preconclave que abrieron el Cónclave.

Tras la elección del Papa Francisco los ritmos informativos han tenido su culmen con la audiencia que el propio Pontífice concedió ayer a los más de cinco mil periodistas en la Sala Pablo VI. Algunos se ellos han escrito páginas bellísimas sobre la reunión con todos los profesionales. Existe una firmada por un periodista sin ninguna fe religiosa que confiesa estuvo reteniendo sus lágrimas por respeto humano, pero que nunca olvidará las palabras y el clima observado entre todos los hombres de la comunicación.

Tras todos los cauces de la comunicación está un cura español que ha dado lo mejor de sí mismo, como adjunto a la portavocía vaticana en el área de la lengua española, capitaneada por el padre Lombardi, pero con la ayuda inestimable, entre otros, de José María Gil Tamayo, un gran periodista.

¿Quién es esta persona al servicio de la información?

Es un sacerdote extremeño, discípulo directo del arzobispo emérito don Antonio Montero, quien le apoyó en su estudio de Ciencias de la Información, convirtiéndolo en su delegado diocesano de medios de comunicación.

De este cargo, el mismo monseñor Montero lo colocó al frente de la Dirección del Secretariado de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social, donde durante varios años hizo lo mejor que supo su papel de animador de la pastoral en los medios informativos por todas las diócesis de España.

Por su categoría profesional, Gil Tamayo, fue nombrado consultor de la Pontificia Comisión de las Comunicaciones Sociales. Cuando cesó en su en cargo en Madrid volvió a su diócesis natal. Más tarde, acude a prestar su colaboración durante el pasado Sínodo sobre la Nueva Evangelización.

Ahora, como portavoz del área de español lo ha bordado. Ha estado atento como siempre a los medios informativos. Ha repetido con exactitud las directrices salidas de la boca del padre Lombardi. Sus apreciaciones eran medidas en sus palabras y fieles en sus contenidos.

Desde aquí felicito a mi amigo José María Gil Tamayo, excelente sacerdote y buen comunicador, que cree lo que dice y sirve a quien lo dice, manteniendo siempre su amor a la Iglesia Católica, evitando cuestiones fronterizas o disputadas.

Desconozco cuando pasen estas fechas de ajetreo vaticano en la información lo que ocurra con José María. Sea el paso que dé le deseo mucha suerte.

Mi opinión personal es que siguiera en la Oficina de Prensa del Vaticano. Su buen trabajo lo acredita para permanecer en ese servicio. Pero él es un hombre obediente a la jerarquía eclesial. Siempre lo ha demostrado con creces.

Desde aquí, un saludo amigo. Te felicito de corazón.

Tomás de la Torre Lendínez

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