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La reforma de la liturgia romana (VIII)

Klaus Gamber, Ediciones Renovación, Madrid 1996, 74 páginas
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Capítulo 6

La celebración «cara al pueblo»

desde el punto de vista litúrgico y sociológico (I)

Se puede probar con toda certeza que jamás ha existido, ni en la Iglesia de Oriente, ni en la de Occidente, una celebración de la Santa Misa con el sacerdote vuelto hacia el pueblo, sino que todos se volvían hacia Occidente para orar. Fue Lutero el primero que exigió que el sacerdote en el altar se volviese hacia el pueblo, en su opúsculo La Misa alemana (1526) escribe: «que el sacerdote esté permanentemente vuelto al pueblo». Por esta razón hizo instalar en las iglesias de la ciudad de Estrasburgo: «mesas para la cena de manera que el ministro tenga vuelta su cara hacia el pueblo». Únicamente, con la reforma litúrgica de 1969 se ha convertido en una costumbre general en la Iglesia Romana, mientras que, en las Iglesias orientales, continúan con la milenaria práctica de celebrar hacia Oriente. Así la liturgia de nuestra época se convirtió en antropocéntrica, al dar la espalda a Dios para pasar a mirar a los hombres, que con la epidemia han desaparecido; por lo que la liturgia impuesta con el mantra de la «participación activa», se ha quedado en el vacío.

En la Iglesia de Oriente la costumbre de celebrar en dirección al pueblo no ha existido jamás, es más, ni tan siquiera existe una palabra para poder designarla. Para los orientales el frontal del altar suscita el máximo respeto. Sólo el sacerdote (y a su lado el diácono) tiene derecho para estar allí. Detrás del iconostasio sólo el sacerdote tiene derecho de pasar por delante del altar.

La costumbre de celebrar cara al pueblo apareció en los grupos juveniles católicos alemanes de los años veinte del pasado siglo, cuando se comenzó a celebrar la Misa en grupos pequeños. Dichos grupos se encontraban muy contagiados de modernismo debido a las importantes desviaciones filosóficas que se producían en las facultades teológicas germanas con personajes como Hermes o Gunther, herederos ideológicos de Kant y Hegel. El movimiento litúrgico, y antes que él Pius Parch, propagaron esta costumbre con la pretensión de que su procedencia se remontaría a la Iglesia primitiva, pues, habían observado que, en algunas basílicas romanas, el altar se encontraba vuelto hacia el pueblo. Ahora bien, no se percataron de que, en estas basílicas, contrariamente a otras iglesias, el ábside no se encontraba vuelto hacia Oriente, sino hacia la entrada. En la Iglesia primitiva y la Edad Media, lo que determinaba la posición con relación al altar era poder volverse hacia Oriente durante la oración.

Por ello San Agustín declara: «Cuando nos levantamos para orar, nos volvemos hacia Oriente, allí donde el sol se levanta. No como si Dios estuviese allí y hubiese abandonado las otras regiones del universo, sino con el objeto de que el espíritu sea exhortado a volverse hacia una naturaleza superior, a saber, Dios» (De sermone Domini in monte, II, n. 18, PL XXXIV, col. 1277). Estas palabras de San Agustín muestran que después del sermón, los cristianos se levantaban para la oración que seguía y se volvían hacia Oriente. El obispo de Hipona no cesa de mencionar al fin de sus alocuciones esta costumbre de volverse hacia Oriente para orar, utilizando siempre a modo de fórmula la expresión: «conversi ad Dominum» (vueltos hacia el Señor).

De este modo, la antiquísima respuesta del pueblo «lo tenemos levantado hacia el Señor» a la invitación del sacerdote «levantemos el corazón», significa que los fieles también están vueltos hacia Oriente. Así se recoge todavía en la liturgia copta de San Basilio o también en la liturgia egipcia de San Marcos. En ambas, antes de la consagración, el sacerdote invita al pueblo a ponerse en pie para la oración, con las palabras: «Mirad al Oriente». La breve descripción de la liturgia ofrecida por el segundo libro de las Constituciones apostólicas, de finales del siglo IV, prescribe también para los fieles ponerse en pie para la oración y que se vuelvan hacia Oriente (II, 57, 14; VIII, 12, 2). Por consiguiente, volveré hacia el Señor o hacia el Oriente era la misma cosa para la Iglesia primitiva.

La costumbre de orar en dirección al sol naciente se remonta a tiempos inmemoriales y era costumbre tanto entre los judíos como entre los paganos. Los cristianos la adoptaron muy pronto. Así, desde el año 197 la oración hacia Oriente es una realidad evidente para Tertuliano, que en su Apologeticum (cap. 16), sostiene que los cristianos: «oran en dirección al sol naciente». «Oriens ex alto» (Lc 1, 67), dice Zacarías en el Benedictus. Éste se consideraba como un símbolo del Señor ascendiendo a los cielos, desde donde Él volverá «para juzgar a vivos y muertos», acentuando así la dimensión escatológica de la fe. Así escribe Tertuliano: «No hay morada de Cristo que no esté siempre situada en lugares elevados y abiertos, orientados a la luz» (Adversus valentinianos, n. 3, PL II, col. 515).

Para que los rayos del sol naciente pudieran penetrar en la iglesia durante la celebración de la Santa Misa, en Roma y en ocasiones en otros lugares, se dispuso la entrada del templo hacia el Este, debiendo quedar las puertas abiertas. Entonces la oración se hacía obligatoriamente en dirección a ésta, es decir, a la puerta. En este caso, el sacerdote celebrante se situaba detrás del altar para poder, durante el Santo Sacrificio, dirigir la mirada hacia Oriente. Lo que no significaba en absoluto una celebración de la liturgia hacia el pueblo, ya que los fieles se volvían también hacia Oriente para orar. No había, pues, en estas basílicas un encuentro, cara a cara, entre el sacerdote y el pueblo durante la celebración eucarística. El pueblo se ubicaba a ambos lados de la nave, los hombres a un lado y las mujeres a otro. Todavía en multitud de pequeños pueblos de España, los ancianos recuerdan esta sana separación en el templo que conocieron en su infancia y juventud.

De esta forma, en las basílicas donde la entrada, y no el ábside, se encontraba al este, los fieles no tenían el rostro vuelto hacia el altar. Pero tampoco le volvían la espalda, lo que, según la concepción cultual antigua, hubiera sido inconcebible dada la alta consideración hacia la santidad del altar. Como los fieles se encontraban en las naves laterales, tenían el altar a su derecha o a su izquierda. Aquí se encuentra el origen de los coros monásticos y catedralicios medievales.

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