PUBLICIDAD

La reforma de la liturgia romana (V)

Klaus Gamber, Ediciones Renovación, Madrid 1996, 74 páginas
|

Capítulo 4

¿Se hubiera podido llevar a cabo las decisiones del Vaticano II sin modificar el rito de la Misa?

El primero en emprender una reforma integral de la liturgia fue Martín Lutero, puesto que negaba el carácter sacrificial de la Misa y por ello estaba escandalizado, en particular, por las oraciones sacrificiales del canon romano. Expuso sus ideas en Formula misase (1523) y en La misa alemana u ordenanza del culto divino (1526). Lutero fue lo suficientemente astuto para no dejar que sus innovaciones litúrgicas pudiesen ser percibidas fácilmente. Conocía bien la importancia de las formas y las costumbres tradicionales enraizadas en el pueblo. Era necesario que sus partidarios no se percatasen demasiado de las diferencias con la Misa que había existido hasta entonces. Cuando Lutero empezó a suprimir el canon, nadie lo percibió, pues el canon se recitaba siempre en voz baja. Tampoco suprimió enseguida la elevación de la hostia y el cáliz, pues habría sido lo primero de lo que se habrían percatado los fieles. Se continuó empleando el latín y el canto gregoriano, aunque arrinconándolo al dar cada vez mayor protagonismo al alemán, sin embargo, aparentemente nada parecía constituir una liturgia nueva.

La nueva organización de la liturgia, sobre todo de las profundas modificaciones del rito de la Misa, que ha tenido lugar bajo el pontificado de Pablo VI, han sido aún más radicales que la propia reforma litúrgica de Lutero. En lo concerniente al rito externo y al santoral no han tenido en cuenta, en modo alguno, los sentimientos de la piedad popular. Por otra parte, como consideraciones dogmáticas acerca del rito nuevo, la teología liberal que apadrinó la reforma ha producido un rechazo del elemento latréutico (adoración), así como la supresión de las fórmulas trinitarias y el debilitamiento del papel sacramental del sacerdote.

Ni las apremiantes censuras de cardenales de prestigio, como Ottaviani (Prefecto del Santo Oficio) y Bacci en su Breve examen crítico del novus ordo, que habían emitido objeciones dogmáticas respecto al nuevo rito de la Misa, ni las insistentes súplicas provenientes de todas las partes del mundo, impidieron que Pablo VI introdujera imperativamente el nuevo misal. Ni siquiera pudo tolerar la existencia del antiguo rito al lado del nuevo, lo cual actualmente, en estos tiempos de pluralismo de la Iglesia, hubiera sido de fácil aceptación.

Llegados a este punto han de formularse las siguientes preguntas:

  1. ¿Eran necesarias dichas reformas en su totalidad?
  2. ¿Qué ha ganado la pastoral con todo ello?
  3. ¿Los padres conciliares y los fieles las deseaban?

Una de las mayores preocupaciones del Vaticano II fue «que los fieles no asistan a este misterio de fe como espectadores ajenos y mudos, sino que comprendiendo bien sus ritos y oraciones participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada; sean instruidos por la Palabra de Dios, reciban en el Altar el Cuerpo del Señor y den gracias a Dios; que, ofreciendo la víctima inmaculada por manos del sacerdote, unidos a él, se ofrezcan también ellos mismos»[1].

No parece que después del Vaticano II las misas sean más atrayentes para los fieles, ni tampoco que la nueva liturgia haya contribuido al aumento de la fe y la piedad. Poco después de la introducción del novus ordo misase en 1969, las iglesias comenzaron a vaciarse junto con los monasterios y seminarios, además de los cientos de miles de deserciones en el sacerdocio y la vida religiosa. Las causas son variadas, no obstante, la reforma litúrgica no sólo no ha sido capaz de detener esta tendencia negativa, sino que ha contribuido no poco a fomentarla. La reorganización del ordinario de la Misa de 1969 ha ido más lejos de lo que hubiese sido necesario a los ojos del concilio y no lo reclamaba una pastoral adaptada a la época actual. Las exigencias del Vaticano II se hubieran podido satisfacer sin modificaciones esenciales del rito de la Misa ya existente.

El ordo Missae publicado en 1965, mostraba claramente que en un principio no se había pensado en una reforma fundamental del ordinario. Como expresamente se hace notar en su introducción, se tuvieron en cuenta las exigencias de Sacrosanctum concilium, de que el antiguo rito permaneciera intacto aparte de algunos cambios y supresiones secundarias, como la del salmo 42, en las oraciones al pie del altar y el último Evangelio. Algún incauto podría haber pensado entonces que se realizaría una revisión mesurada, particularmente un enriquecimiento de los textos litúrgicos existentes con la Tradición y no desde las posiciones de la nueva teología, pero nunca de una completa modificación del rito de la Misa. No resulta creíble que en 1965 se hicieran imprimir millones de misales destinados a tener únicamente cuatro años de validez, al entrar en vigor la Misa nueva en 1969.

En el n. 50 de Sacrosanctum concilium se habla de suprimir en el rito revisado «lo que a lo largo de los años haya sido doblado o añadido sin gran utilidad». Esta declaración fue deliberadamente redactada en términos ambiguos. Sin duda, la mayoría de los padres conciliares pensaron aquí en el doble «confiteor», uno al inicio de la Misa y otro antes de la distribución de la sagrada comunión, como en ciertas oraciones privadas del sacerdote y en el último Evangelio. La constitución sobre la liturgia continua: «Se establecerán, según la antigua norma de los Santos Padres, aquellas cosas que han desaparecido en el transcurso del tiempo, en la medida que parezca oportuno o necesario». Aquí se estaba pensando en la oración universal antes del ofertorio y en una más abundante elección de prefacios. No habría nada que objetar a estos cambios, pues con ellos no se destruía el rito existente, sino que se le vivificaba y como había ocurrido a lo largo de los siglos precedentes, se le desarrollaba de manera orgánica.

Pasemos ahora a examinar las novedades del nuevo ordinario de la Misa de 1969. En primer lugar, los ritos iniciales constituyen una creación nueva abriendo enormemente la puerta de la arbitrariedad del sacerdote. Al igual que sucede en las comunidades protestantes, cuanta cantidad de palabrería deben soportar los fieles desde el comienzo de la Misa. Cuando antaño el sacerdote quería instruir a los fieles con un comentario de introducción a la Misa, lo podía hacer antes del inicio y así no se interrumpía la celebración.

La denominación de «liturgia de la palabra», no resulta en absoluto apropiada. Hubiera sido mejor emplear la expresión «liturgia didáctica» o su terminología tradicional de «liturgia de los catecúmenos». En cuanto a la nueva ordenación de las lecturas, no existía ningún motivo para abolir el antiguo ciclo. Para responder al n. 35 de Sacrosanctum concilium, hubiera bastado con crear otra serie de perícopas para los domingos y una lectura continua para los días laborables. Lo que hubiera supuesto una continuidad y enriquecimiento del antiguo misal.

Lamentablemente, el texto de la oración universal después del Evangelio no ha sido fijado en el misal nuevo, como sí lo había sido en las diferentes liturgias de la Iglesia de Oriente y en el rito galicano y ambrosiano. Los textos de estos ritos hubiesen podido servir de modelo para su formulación. En nuestros días asistimos a las peores desviaciones en la libre elaboración de esta oración. Además, es nuevo y a la vez contrario a la tradición litúrgica pronunciar la oración universal no en el altar sino en la sede. Para recitar la oración universal del Viernes Santo, el celebrante se dirigía al altar a fin de encontrarse, como los fieles, vuelto hacia el Oriente para rezar.

[1] Sacrosanctum concilium, n. 48.

Ayúdanos a seguir informando

1 comentarios en “La reforma de la liturgia romana (V)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *