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Fundada sobre roca. Historia breve de la Iglesia

Louis de Wohl, Palabra, Madrid 2006, 236 páginas
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  1. La historia de la Iglesia es totalmente desconocida por los católicos

El Papa San Pío X al elaborar su Catecismo mayor, quiso incluir, y no sin motivo, una «Breve noticia de historia eclesiástica»[1]. Al igual que en su lucha contra la herejía modernista por medio del decreto Lamentabili y de la encíclica Pascendi o su decreto con el fin de adelantar la edad de la primera comunión a los niños; esta toma de postura revelaba la amplitud de miras de una profunda visión profética[2]. Los católicos necesitaban conocer mínimamente la historia de la Iglesia para no ser confundidos por la campaña de difamación de la leyenda negra desatada contra ella desde el siglo XVI[3].

Campaña iniciada desde su nacimiento, pero aumentada exponencialmente desde la Ilustración, por el protestantismo y sus hijos: en política el liberalismo (y su nieto el comunismo) y en religión el modernismo; que no cesaron de acelerar la maquinaria de la mentira contra la historia del catolicismo[4]. De ese modo, se intentaba reescribir la historia, instrumentalizándola, con el fin de criminalizar a la Iglesia Católica en bloque por lo que los crímenes protestantes e ilustrados fueron lanzados contra ella[5].

Como en la tragedia Las Coéforas del gran dramaturgo griego Esquilo: «los muertos matan a los vivos»[6]. Es decir, se buscaba proyectar una visión intrínsecamente negativa de los siglos pasados de la Iglesia. Por consiguiente, ésta quedaría tan manchada que su existencia presente se volvería todavía más controvertida por lo que debería abandonar su oscurantismo medieval para volver al «cristianismo original» verdadero (evangélico) e insertarse en la «humanidad civilizada». Se entiende por estas denominaciones la cosmovisión moderna, protestante e ilustrada[7]. La única forma de que la Iglesia tuviera cabida en el mundo consistiría así en su reconciliación con la modernidad nacida del pensamiento y la cultura de derivación protestante[8]. Esta tesis será defendida por el modernismo y triunfará parcialmente, aunque en una medida cada vez mayor, a raíz de la revolución que supuso el Vaticano II, como bien apunta el profesor De Mattei[9].

Dichas falacias se impusieron en Europa con la pérdida de su unidad católica, es decir de la consumación de la destrucción de la Cristiandad, llamada por los estudiosos sin fe «civilización occidental», con la paz de Westaflia en 1648 con la que concluye la guerra de los treinta años[10]. Posteriormente, la hegemonía política, cultural, económica y militar de las naciones protestantes, especialmente de Inglaterra y Alemania, hacía más creíble los argumentos con que durante siglos llevaban bombardeando a los países católicos.

Según la tesis protestante, el atraso del desarrollo económico y también cultural de las naciones del sur de Europa sería consecuencia directa de su fe católica; mientras que la herejía protestante sería la causa del progreso en todos los órdenes de los países del norte europeo[11]. El historiador protestante César Vidal, digno de elogiar por sus investigaciones sobre los crímenes del comunismo y sus «compañeros de viaje» (el eminente historiador Ricardo de la Cierva fue uno de sus defensores), especialmente en lo concerniente a la guerra civil, reprodujo esta tesis en innumerables ocasiones[12]. De una forma tímida y respetuosa al comienzo pero posteriormente de manera compulsiva. Pío Moa rebatió acertadamente sus tesis fulminándolas desde la estricta ciencia histórica de los documentos y los hechos[13].

De ese modo, la historia de la Iglesia sería juzgada, y así ha sido asumida por una masa ingente de fieles, como un cúmulo de fanatismo y superstición (piénsese por ejemplo en los dicterios contra la Inquisición provenientes de católicos) o de corrupción moral a todos los niveles (solamente con el Papado ya hay materia para miles de páginas), con las pequeñas excepciones de algunos santos no canonizados. Este sería el caso de Bartolomé de Las Casas, un fraile «paranoico», como le denomina muy acertadamente Menéndez Pidal, uno de los mayores expertos de la historia española[14].

Este dominico, perturbado y perturbador, fue utilizado por los protestantes primero y por los ilustrados después para arremeter contra la Iglesia en general y contra la España Católica, en particular[15]. A la actual corte pontificia, tan amiga de los promotores de Teología de la Liberación como Leonardo Boff, Gustavo Gutiérrez y Pedro Casaldáliga, entre otros muchos, no le faltan peticiones a favor de la apertura del proceso de beatificación de Fray Bartolomé de Las Casas que es identificado como su profeta y precursor modélico. Naturalmente, ocultan que este religioso defendió la importación de esclavos negros africanos a América en sustitución de los indios (como harán los protestantes e ilustrados después de haber masacrado a los indígenas)[16].

Según el pensamiento modernista actualmente vigente en la Iglesia, el concilio Vaticano II vendría a ser el punto y final (es decir la ruptura) de la historia de despropósitos y decadencia en que se habría convertido el cristianismo desde su legalización por Constantino con el famoso Edicto de Milán el año 313[17]. Esta tesis ha llevado a que el cuerpo eclesial se avergüence, en gran parte, del pasado de la Iglesia especialmente en materia filosófica, política y litúrgica[18].

  1. La historia de la Iglesia es la historia del Reino de Cristo en el mundo

El erudito historiador liberal Hubert Jedin expone[19]: «En su conjunto la historia de la Iglesia sólo puede ser comprendida dentro de la historia sagrada; su sentido último sólo puede integrarse en la fe. Ella nos presenta el crecimiento del cuerpo de Cristo; no como imaginó la “teoría de la decadencia”, como un constante deslizarse pendiente abajo del ideal de la Iglesia primitiva; pero tampoco como soñaron los ilustrados de los siglos XVIII y XIX, como un progreso continuo de los humanos por sus puras fuerzas. La Iglesia pasa por enfermedades y sufre retrocesos e impulsiones. Sin menoscabo de su santidad esencial, la Iglesia no es lo perfecto, sino que necesita constantemente de renovación (“Ecclesia semper reformanda”) y aguarda lo perfecto. Cuando entre en la parusía, aparecerá a plena luz el camino histórico recorrido, se comprenderá el sentido último de todos los acontecimientos»[20].

Dios se ha revelado y encarnado en la historia humana, así la historia de la humanidad se convierte en historia de salvación, pues Cristo es la clave de la historia de la humanidad[21]: «Yo soy el Alfa y el Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin»[22]. Por lo tanto, no existe dicotomía entre la historia del mundo y la de la Iglesia peregrina en el mundo, «entre los consuelos de Dios y las persecuciones del mundo»; cuya misión fundamental es prolongar la redención de Jesús en el espacio y el tiempo[23]. No obstante, la humanidad le pertenece a Cristo Rey por un doble motivo, como señala la doctrina pontificia[24]:

  1. Por derecho de naturaleza, como Dios que es.
  2. Por derecho de conquista, como hombre que por su sangre nos ha redimido en la cruz rescatándonos de la esclavitud del pecado y adoptándonos como verdaderos hijos de Dios.

Pero antes del triunfo y exaltación de Cristo resucitado, Él ha querido venir al mundo en humildad y pobreza, y finalmente padecer en la cruz. De modo semejante al crecimiento y triunfo definitivo de la Iglesia, preceden sus cruces y persecuciones. Los impedimentos internos y externos que la afligen en su peregrinar por la historia, pasando por avances; y también por enfermedades y retrocesos, pues su santidad esencial no excluye los pecados de sus miembros[25].

Del mismo modo que el Hijo de Dios fundó la Iglesia como el instrumento para la salvación de las almas, «la suprema ley», la historia de la salvación del mundo a través de la Iglesia no puede caminar divorciada de la historia de ese mismo mundo que ha de ser conducido a Jesucristo, el Señor de la historia y del tiempo[26]. Así lo recordaba Benedicto XVI: «La salvación es historia para la Iglesia y para cada discípulo de Cristo»[27]. «La Iglesia prolonga en la historia la presencia del Señor resucitado, especialmente mediante los sacramentos, la Palabra de Dios, los carismas y ministerios distribuidos entre los que la forman»[28]. Todo cuanto sucede en la historia forma parte de la historia de salvación porque, como dirá Donoso Cortés: «el orden sobrenatural es la atmósfera propia del orden natural»[29].

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De esta forma, se contempla la historia en su verdadera naturaleza, es decir como el resultado del diálogo entre la Providencia, la libertad humana y el mal. Comprendida desde esta correcta óptica integradora tan propia del catolicismo, la historia de la Iglesia se convierte, no solamente en materia necesaria de la formación intelectual del fiel, sino también en verdadera «lectura espiritual», es decir en alimento para el alma[30].

Para tratar de comprende la historia de la Iglesia -su vida, su multisecular formulación del dogma, personas e instituciones, obras espirituales y civilizadoras, avances y retrocesos, grandezas y miserias- se requiere partir de su realidad misteriosa: divina y humana[31]. Divina por su fundador y por el Espíritu Santo que la anima para llevar a la humanidad redimida por Cristo hasta su plenitud en la gloria del cielo; humana por los miembros pecadores que la componen. La Iglesia, cuerpo de Cristo, es instituida por el Señor como Pueblo de Dios creado para establecer con Él la Nueva Alianza de la gracia y la misericordia sellada con la sangre de su Hijo en la cruz[32]. Así somos hechos hijos de Dios y como pueblo somos destinados a anunciar la salvación y hacer partícipes de ella a todas las gentes por medio del apostolado[33].

La Iglesia es un misterio de santidad; impecable, con la santidad e infabilidad que Dios le confiere[34]. Impulsada por el Espíritu Santo desde Pentecostés, no puede desviarse de su fe ni sus sacramentos dejar de santificar[35]. Y a la vez, es humana: sus miembros están llamados a convertirse para participar libremente, movidos por la gracia, en la obra de la redención, sirviendo al Señor de todo corazón. Están, pues, llamados por pura misericordia a ser instrumentos vivos de Dios en su obra de salvación. Sin embargo, pueden, abusando de su libertad, resistir a la gracia y someterse así a la esclavitud del pecado[36].

Acciones santas y pecados se interfieren en la trama del acontecer humano de la Iglesia. Ésta, por tanto, no puede ser comprendida como un mero hecho cultural o sociológico humano[37]. Ni tampoco como puro espíritu del que queden excluidos los pecadores, como la concibe Joaquín de Fiore[38]. Conviene recordar la historia que prefigura o anticipa la de la Iglesia y que no es otra que la del pueblo de Israel. Pueblo por Dios elegido, santo, en el que abundaron también las miserias y pecados, de los que precisamente Dios se sirve -hechos santos y menos santos- para cumplir su indefectible promesa universal de salvación[39]. La Iglesia, «Esposa de Cristo», vive por el amor que el Señor le tiene pese a los pecados a infidelidades de sus miembros[40]. Él es la cabeza del «cuerpo místico», al que dirige, sostiene y ha prometido asistir hasta el fin de los tiempos[41].

  1. Frutos del conocimiento de la historia de la Iglesia

Esta lograda síntesis de historia eclesiástica de Louis de Whol está dedicada a Pío XII, quien le animó a escribir un libro sobre la historia y la misión de la Iglesia en el mundo. Anteriormente, este autor alemán se había ganado una merecida fama a causa de su brillantísima producción novelística sobre la vida de importantes santos que estuvieron profundamente inmersos en las luchas y avatares de sus respectivas épocas. Las biografías noveladas de Santo Tomás de Aquino, San Agustín o San Francisco Javier son algunas de sus numerosas obras maestras desde el punto de vista literario, histórico y espiritual[42].

Con su amenidad habitual, el autor nos conduce magistralmente a través de los acontecimientos de la historia de los hombres, durante los últimos veinte siglos, en los que la Iglesia fue siempre pieza clave, tanto en cómo se desenvolvieron como, frecuentemente, en su misma gestación. El lector ve, en un relato lineal, el admirable desarrollo y la no menos admirable concreción de las realidades que han dado forma a la Cristiandad; sin que la intervención -tantas veces torpe- de la mano de los hombres haya conseguido torcer los designios de la divina Providencia[43].

Esta obra se convierte así en un libro imprescindible para cualquier católico, tanto para el estudioso que encontrará en él las razones profundas de muchos acontecimientos, como para el fiel que desee tener una visión básica de lo que hoy es la Iglesia y todo Occidente. No obstante, para quienes deseen profundizar en la historia de la Iglesia continúa siendo de obligada referencia la obra clásica de los jesuitas Llorca y Villoslada, eso sí, siendo muy críticos con los añadidos ulteriores al cuarto volumen y todo el quinto del historiador ultra progresista Laboa[44]. Otra obra señera y reciente es la de Pérez-Mosso Nenninger que recoge lo mejor de la anterior con oportunas y conseguidas aportaciones provenientes del campo filosófico y principalmente de la Teología de la Historia[45].

Pasemos ahora a enumerar los bienes que reporta dicha lectura que no es otra cosa que la historia de la acción de Dios en el mundo.

a) Amar más a la Iglesia y conocer mejor la fe que guarda y transmite

La historia de la Iglesia muestra cómo en el Pueblo de Dios han abundado siempre los ejemplos de santidad pues la existencia del pecado entre los miembros de la Iglesia no constituye novedad alguna. La sociedad actual puritana y legalista se escandaliza ante esto al mismo tiempo que es amoral con tantas perversiones como fomenta, aunque luego condene las consecuencias[46]. Lo asombroso, dada la condición humana, es precisamente lo contrario, la constatable abundancia de frutos de santidad en todo tiempo y lugar. De manera vívida enseña también la historia eclesiástica cómo la Iglesia ha ido formulando el dogma católico en medio de inmensas dificultades como herejías, persecuciones, intromisiones del Estado, corrupciones morales, pecados de la misma jerarquía, etc[47]. Y cómo pese a su debilidad humana ha anunciado a toda suerte de gentes la palabra de Jesucristo haciéndoles partícipes de los tesoros de la redención[48].

b) Profundizar en la absoluta necesidad de Cristo que tiene la humanidad

Los hombres, sólo por su apertura al amor de Dios manifestado en Jesús pueden verse libres de la esclavitud del pecado y sus tremendas consecuencias. Consecuencias, además, verificables históricamente como resentimientos, odios, venganzas, pobreza, miserias, escándalos, corrupciones morales de todo tipo, seducción de mitos antihumanos y anticristianos, violencias, trágicas sucesiones de guerras, etc. El gran doctor de la Iglesia, San Agustín, primer teólogo de la historia e insigne cultivador de ella, expresaba en el siglo V que el hombre que pretender vivir según sí mismo, y no según Dios, se destruye al edificar la «ciudad terrena», enfrentada a la «ciudad de Dios»:

«Y así, cuando el hombre vive según la verdad, no vive según él mismo sino según Dios. Pero cuando vive según él mismo, vive según la mentira. No se trata de que el hombre sea una mentira, puesto que tiene por autor y creador a Dios. La realidad es que el hombre ha sido creado recto, no para vivir según él mismo, sino según el que lo creó»[49].

«Dos amores fundaron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial». La primera se gloría en sí misma, y la segunda se gloría en el Señor. Aquella solicita de los hombres la gloria; la mayor gloria de ésta se cifra en tener a Dios por testigo de su conciencia. Aquella se engríe en su gloria; ésta dice a su Dios: “Gloria mía, tú mantienes alta mi cabeza”[50]. La primera está dominada por la ambición de dominio de sus príncipes o en las naciones que somete; en la segunda se sirven mutuamente en caridad, los superiores mandando y los súbditos obedeciendo».

«Por eso los sabios de aquella, viviendo según el hombre, han buscado los bienes de su cuerpo o de su espíritu, o de ambos; y pudiendo conocer a Dios, no le honraron ni le dieron gracias como a Dios, sino que se desvanecieron en sus pensamientos, y su necio corazón se oscureció. Pretendiendo ser sabios, exaltándose en su sabiduría por la soberbia que los dominaba, resultaron unos necios que cambiaron la gloria de Dios inmortal por imágenes de hombres mortales, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles pues llevaron a los pueblos a adorar semejantes simulacros, o se fueron tras ellos, venerando y dando culto a la criatura en vez de al Creador, que es bendito por siempre»[51].

«En la segunda, en cambio, no hay otra sabiduría en el hombre que una vida religiosa, con la que se honra justamente al verdadero Dios, esperando como premio en la sociedad de los santos, hombres y ángeles, que Dios sea todo en todas las cosas»[52].

c) Percibir los acontecimientos de la historia de manera sobrenatural

A fin de no separar la fe y la vida, como ámbitos extraños, ni a reducir la fe a puro compromiso ético-cívico, o dicho de otro modo no ceder al nefasto principio moderno de la autonomía de lo temporal que desnaturaliza toda la creación de Dios. El estudio de la historia de la Iglesia contribuye a entender que el hombre ha sido creado por Dios y para Dios, y que si pretende de su fin termina por autodestruirse. Como afirma Donoso Cortés: «En toda gran cuestión política va envuelta siempre una cuestión religiosa»[53]. Facilita el captar que los problemas humanos no sólo son humanos sin más, sino de relación para con el Creador y Redentor de la humanidad; pues «el misterio del hombre sólo se esclarece a la luz del Verbo encarnado»[54].

d) Eficaz apología de la Iglesia

Esto, que es evidente en lo que respecta a los grandes tiempos, sus empresas y personas heroicas y la abundante profusión de signos de santidad en toda época, y a su reiterada renovación de fuerzas para recuperarse y reformarse a sí misma de las variadísimas y graves taras de su historia. Fuerzas no explicables humanamente sino solamente posibles por la gracia santificante. Estos son uno de los signos más impresionantes de la divinidad de la Iglesia: el que todos los pecados, debilidad e infidelidades de sus jefes y miembros no hayan conseguido destruir su vida[55].

En esta cuestión, obviamente tan delicada, no se trata de incurrir en el angelismo negando graves lacras o restándoles importancia, sino de situarlas en su contexto y de mirarlas con sentido sobrenatural. Tampoco se trataría, por supuesto, del absurdo de conceder como verdadero lo no fundado en los hechos sino en prejuicios anticlericales. Por ello es muy necesario que, al hablar sobre los pecados cometidos por los miembros de la Iglesia, se informe de los que han sido y, en cualquier caso, se ha de tratarlos sin producir escándalo, ayudando a que se tenga la única visión objetiva de la Iglesia que no es otra que la de la fe.

e) Captar el sentido profundo de la historia

Que consiste en percibirla no como una confusa amalgama o sucesión de hechos sin nexo alguno o con unas causas sólo próximas. O una mera repetición cíclica con pocas variantes de un mismo proceso histórico al modo del mito del eterno retorno grecorromano, ni el despliegue dialéctico de la Idea hegeliana o la permanente lucha de clases como postula el análisis marxista. La clave de la historia es Cristo, hacia quien converge la humanidad entera pese a que lo desconozca o rechace, y que mientras no lo alcance: «gime hasta el presente y sufre con dolores de parto»[56].

Compete en particular a la teología de la historia la investigación de las causas primeras que rigen los hechos de la historia, que son los designios eternos de la Providencia[57]. Este estudio de los «signos de los tiempos» se realiza a la luz de la Revelación divina y de sus verdades de carácter histórico como también de los carismas proféticos que Dios suscita en la historia[58].

4. La Iglesia es contrarrevolucionaria por esencia

Una de las constantes que se desprenden de la lectura de la historia de la Iglesia, a nivel teórico y práctico, es sin lugar a dudas su carácter antisubversivo[59]. La primera y fundamental revolución fue la de Satanás contra Dios, posteriormente instigó la de Adán y Eva y así su acción revolucionaria cruza la historia rebelando a los hombres contra Dios. El concepto de revolución fue condenado durante siglos por los pontífices en sus encíclicas, mientras que ahora es utilizado con regularidad y normalidad o sustituido eufemísticamente, para ser menos violento a los oídos eclesiásticos más sofisticados, por el de «nuevo paradigma». La revolución es contraria al concepto de orden, en el sentido de que la revolución conlleva siempre la destrucción de un orden[60]. Ya sea una revolución doctrinal o política o de otro tipo, la revolución destruye el orden precedente al que, a veces, quiere sustituir por otro nuevo.

¿Por qué a veces y no siempre? Porque en la revolución hay un elemento que le impide pararse en un cierto orden nuevo, pero que la obliga a destruir cualquier orden existente. Una revolución coherente con su propia lógica no se sacia nunca, de ahí que acabe devorando a sus propios hijos como Saturno[61]. La revolución, de hecho, no es contraria a este orden concreto, sino al orden en sí mismo[62]. La revolución no tiene motivos sensatos para destruir este orden, porque siendo éste -incluso en sus deficiencias- un orden, contiene en sí algo de lógico, de sensato, de racional, de justo. No existe un orden completamente equivocado porque entonces sería un absoluto desorden, una completa anarquía.

La revolución, en cambio, considera al orden completamente equivocado, sin sentido, ilógico, luego toda revolución está en contra de la lógica y de la verdad y, como consecuencia, se opone a todo orden, al orden en sí mismo. El rechazo de la naturaleza humana por parte de la ideología de género, último movimiento revolucionario, no es el rechazo de un determinado orden antropológico, sino del orden antropológico como tal salido de las manos del Creador[63].

El orden nos pisa los talones y regula nuestro camino hacia adelante poniéndose, por tanto, también como final. Negar que tenemos un orden detrás comporta también negar que tenemos un fin delante[64]. El orden que hay que alcanzar delante (finalidad) no puede contradecir el orden que está detrás (origen), porque de él recibe la dirección para poder ser, a su vez, un orden. La revolución rompe la relación entre el orden que nos precede, es decir la Tradición, y el orden que está delante: destruye el primero y reduce el segundo a puro arbitrio. Pero en el arbitrio no hay límite y, de hecho, no existen revoluciones que no hayan sido traicionadas. La revolución, por tanto, no instaura un nuevo orden sino un nuevo orden arbitrario, establecido por sus líderes, artificial, engañoso y destinado, a su vez, a ser destruido. Los regímenes que nacen de la revolución, más tarde o temprano, se derrumban como un castillo de naipes.

En cada revolución hay una ideología gnóstica[65]. La gnosis, de hecho, presenta sobre todo este carácter: no acepta ningún orden que la preceda porque limitaría la libertad y, por tanto, quiere destruir cada principio de realidad para remodelarlo según la autodeterminación. La gnosis no acepta la creación y la naturaleza y quiere dar vida a una nueva creación y a una nueva naturaleza. Todos los movimientos mesiánicos han sido, a lo largo de la historia, revolucionarios en ese sentido. El fascismo y el nacional-socialismo fueron movimientos mesiánicos porque eran fenómenos de origen izquierdista, es decir revolucionarios y por lo tanto, en menor medida en el primero y en mayor medida en el segundo, destruyeron el orden social cristiano, motivo por el cual la Iglesia los condenó y combatió[66]. Sin embargo, el movimiento mesiánico y revolucionario por excelencia lo representa el marxismo o socialismo científico en todas sus mutaciones: anarquismo, socialismo real o comunismo y socialismo presuntamente «democrático»[67]. Todas las herejías son revoluciones gnósticas, así lo fue especialmente la de Lutero que destruyendo la Cristiandad europea forjó la Modernidad[68]. Todos los mecanismos políticos tienen un alma religiosa gnóstica y toda la política moderna responde a estos criterios[69].

El concepto de revolución tiene un símil aparentemente más moderado: el progresismo. Este no quiere cambiar el orden de golpe, sino paso a paso. Su alma es, de todas formas, la misma que la de la revolución. También el progresismo funda el cambio sobre el rechazo de un orden que preceda y acabe por considerar mejor el nuevo, entendido cronológicamente. El progresismo es cronolátrico, adorador del tiempo, porque al no admitir un orden objetivo-permanente que dé sentido a nuestras intervenciones y que sea, por lo tanto, precedente y finalístico, cada momento es como una pequeña revolución: el progresismo es una sucesión de micro-revoluciones cuyo sentido no se basa en construir un orden, sino en destruir el orden precedente y cada orden en cuanto precedente.

Ello comporta también la destrucción de cada fin, dado que el fin nace de un orden precedente. El fin no nace a lo largo del recorrido, como querrían todas las formas de historicismo, sino que tiene que ser contenido en el orden precedente y por él indicado[70]. Pensar que el fin surge a lo largo del recorrido es el alma del progresismo, pero también su principal refutación: el progresismo no sabe juzgar cuándo un paso hacia delante es verdaderamente un avance y cuándo no. Más bien lo aprende a medida que se desarrolla, pero basándose en criterios que son sólo operativos. La práctica como verdad es, por consiguiente, la última razón (no-razón) del progresismo[71].

No hay duda de que la idea de revolución, como también de progresismo, ha penetrado con profundidad en la teología católica[72]. Hoy esta presencia, proveniente del Vaticano II, está centrada, sobre todo, en la prioridad de la pastoral respecto a la doctrina, con todos los peligros que acarrea en su continuo acomodamiento al mundo al haberse entregado voluntariamente como su rehén.

Por eso si no conocemos la historia de la Iglesia dejaremos de comprender:

  1. La razón profunda del combate decisivo en el que se encuentra inmerso el cuerpo místico de Cristo[73]. «Estos son espíritus de demonios, que hacen prodigios y van a los reyes de la tierra para coaligarlos en batalla el gran día del Dios Todopoderoso»[74].
  2. La magnitud real de la crisis en la que se encuentra la Iglesia, inigualable con la de otras épocas de su bimilenaria historia. «Vendrá un tiempo en el que los hombres no sufrirán la sana doctrina; antes, por el prurito de oír, se amontonarán maestros conforme a sus pasiones y apartarán los oídos de la verdad para volverlos a las fábulas»[75].

 

 

[1] San Pío X, Catecismo mayor. Compendio de doctrina cristiana, Madrid 1998, 261.

[2] Pascendi: DS 3475-3500; Lamentabili: DS 3401-3466; Sacra Tridentina Synodus: 3375-3383.

[3] Cf. Iván Vélez, Sobre la leyenda negra, Madrid 2014, 76.

[4] Cf. Mª Elvira Roca Barea, Imperiofobia y leyenda negra, Madrid 2016, 434.

[5] Cf. Vittorio Messori, Leyendas negras de la Iglesia, Barcelona 2001, 22.

[6] Esquilo, Tragedias, Madrid 2000, 249.

[7] Cf. Jean Comby, Para leer la historia de la Iglesia, Pamplona 2012, 376.

[8] Cf. Miguel Ayuso (ed.), Consecuencias político-jurídicas del protestantismo. A los 500 años de Lutero, Madrid 2016, 23.

[9] Cf. Roberto De Mattei, Vaticano II. Una historia nunca escrita, Madrid 2018, 439.

[10] Cf. Hermann Tuchle-C. A. Bouman, Nueva historia de la Iglesia, Reforma y contrarreforma, vol. III, Madrid 1966, 237.

[11] Cf. Pío Moa, Europa. Una introducción a su historia, Madrid 2016, 298.

[12] Cf. César Vidal, El legado del cristianismo en la cultura occidental, Madrid 2000, 185.

[13] Cf. Pío Moa, Nueva historia de España. De la II guerra púnica al siglo XXI, Madrid 2010, 671.

[14] Cf. Ramón Menéndez Pidal, El Padre Las Casas; su doble personalidad, Madrid 1963, 38.

[15] Cf. Pedro Insua, 1492 España contra sus fantasmas, Barcelona 2018, 222.

[16] Cf. Jean Dumont, El amanecer de los derechos del hombre. La Controversia de Valladolid, Madrid 2009, 268.

[17] Cf. Domingo Ramos-Lissón, Compendio de Historia de la Iglesia Antigua, Pamplona 2009, 197.

[18] Cf. Francisco Canals Vidal, Cristianismo y revolución. Los orígenes románticos del cristianismo de izquierdas, Madrid 1986, 183

[19] Cf. Roberto De Mattei, Vaticano II. Una historia nunca escrita, Madrid 2018, 226.

[20] Hubert Jedin, Manual de historia de la Iglesia, Barcelona 1980, vol. I, 32.

[21] Cf. Henri Ireneé, Teología de la Historia, Madrid 1986, 16.

[22] Ap 22, 13.

[23] San Agustín, Obras completas. La ciudad de Dios, XVIII, vol. XVIII, cap. 2, Madrid 2001, 52.

[24] Pío XI, Quas primas, 1925, n. 11 y 12.

[25] CEC n. 827; S. Th. III, q. 3, a. 2 ad 2.

[26] CIC c. 1752.

[27] Benedicto XVI, Ángelus, 27-1-2013.

[28] Benedicto XVI, Ángelus, 24-1-2010.

[29] Donoso Cortés, Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, Madrid 2017, 29.

[30] Cf. Antonio Royo Marín, Teología de la perfección cristiana, Madrid 2005; 793-795; P. Mª Eugenio del Niño Jesús, Quiero ver a Dios, Madrid 2002, 242.

[31] CEC n. 771; S. Th. III, q. 8, a. 3.

[32] CEC n. 781-795; S. Th. III, q. 46, a. 4.

[33] CEC 863-865; S. Th. I, q. 23, a. 4; II-II, q. 100, a. 1 ad 3.

[34] CEC  823-829; S. Th. III, q. 81, a. 8.

[35] CEC 1127-1129; S. Th. III, q. 60, a. 1-3.

[36] Cf. Jn 8, 34.

[37] Cf. Conferencia Episcopal Española, Teología y secularización. A los cuarenta años de la clausura del concilio Vaticano II, Madrid 2006, n. 5.

[38] Cf. Henri de Lubac, La posteridad espiritual de Joaquín de Fiore, Madrid 2011, 289.

[39] Sobre la permisión divina del mal: S. Th. I, q. 2, a. 3 ad 1.

[40] CEC 796; S. Th. III, q. 8, a. 3.

[41] CEC 792-795; S. Th. III, q. 8, a. 6.

[42] Cf. Louis de Whol, La luz apacible, Madrid 2016; Corazón inquieto, Madrid 2017; El oriente en llamas, Madrid 2015.

[43] S. Th. I, q. 48, a. 2; I, q. 22, a. 2.

[44] Cf. Llorca-Villoslada-Laboa, Historia de la Iglesia Católica, Madrid 2005, 5 vols.

[45] Cf. Antonio Pérez-Mosso Nenninger, Apuntes de Historia de la Iglesia, Pamplona 2015, 6 vols.

[46] Cf. Juan Manuel de Prada, La nueva tiranía. El sentido común frente al Mátrix progre, Madrid, 311.

[47] Cf. Hubert Jedin, Breve Historia de los Concilios, Barcelona 1963, 168.

[48] S. Th. I, q. 43, a. 7 ad 6.

[49] San Agustín, Obras completas. La ciudad de Dios, XIV, cap. 4, vol. XVII, Madrid 2001, 71.

[50] Sal 17, 2.

[51] Cf. Rm 1, 21-25.

[52] Cf. 1 Cor 15, 28.

[53] Cf. Carlos Darde Morales, Donoso Cortés. El reto del liberalismo y la revolución, Madrid 2005, 191.

[54] Gaudium et spes, n. 22.

[55] P. A. Hillarie, La religión demostrada. Los fundamentos de la fe católica ante la razón y la ciencia, México D. F. 2011, 92.

[56] Rm 8, 22.

[57] Cf. José Mª Petit Sullá, El sentido cristiano de la historia, en Verbo, n. 357-358, 1997, 613-616.

[58] Cf. Francisco Canals Vidal, Mundo histórico y reino de Dios, Barcelona 2005, 157.

[59] Cf. Plinio Correa de Oliveira, Revolución y Contra-Revolución, Madrid 1992, 130; Danilo Castellano, Iglesia y contrarrevolución, en Verbo, n. 335-336, 1995, 483.

[60] Cf. Hans Graf Huy, Seréis como dioses. Vicios del pensamiento político y cultural del hombre de hoy, Pamplona 1991, 28.

[61] Cf. Jean Pierre Vernant, Mito y pensamiento en la Grecia antigua, Barcelona 1985, 334; René Martín, Diccionario de mitología griega y romana, Madrid 1996, 392; Pierre Commelin, Mitología griega y romana, Madrid 2017, 19.

[62] Cf. Jean Ousset, Para que Él reine, Buenos Aires 2010, 162.

[63] Cf. Jesús Trillo Figueroa, Una revolución silenciosa. La política sexual del feminismo socialista, Madrid 2007, 205; La ideología de género, Madrid 2009, 18; Alicia V. Rubio, Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres. Para entender cómo nos afecta la ideología de género, Madrid 2017, 47; Gabriele Kuby, La Revolución Sexual Global. La destrucción de la libertad en nombre de la libertad, Madrid 2017, 181.

[64] Cf. José Ferrater Mora, Diccionario de Filosofía, vol. II, Madrid 1990, 1251; Walter Brugger, Diccionario de Filosofía, Barcelona 2000, 259; Antonio Millán Puelles, Léxico Filosófico, Madrid 2002, 323; Ángel Luis González (ed.), Diccionario de Filosofía, Pamplona 2010, 489.

[65] «La gnosis se presenta como un conjunto plural y sofisticado de ideas liberadoras del hombre “psíquico” o material que aún vive ligado a las obligaciones que le imponen la naturaleza y su Creador. Coelemento habitual de la gnosis es el dualismo maniqueo». Antonio Pérez-Mosso Nenninger, Apuntes de la historia de la Iglesia. Edad antigua. De los orígenes al siglo V, vol. I, Pamplona 2015, 122; Cf. H. Masson, Manual de herejías, Madrid 1989, 153.

[66] Cf. Pío XI, Non abbiamo bisogno (1931), en Colección de Encíclicas y Documentos pontificios, Madrid 1955, 1087; Mit Brennender Sorge (1937), 139.

[67] Cf. Jean Ousset, El marxismo-leninismo, Madrid 1967, 43; J. Miguel Ibáñez Langlois, El marxismo. Visión crítica, Madrid 1975, 252; Fernando Ocáriz, El marxismo. Teoría y práctica de la Revolución, Madrid 1978, 171; Gregorio Rodríguez de Yurre, Marxismo y marxistas, Madrid 1978, 231.

[68] Cf. Danilo Castellano, Martín Lutero. El canto del gallo de la Modernidad, Madrid 2016, 184.

[69] Cf. Baltasar Pérez Argos, Política Básica, Madrid 1979, 194; Guillermo Devillers, Política cristiana, Madrid 2014, 196.

[70] Cf. José Ferrater Mora, Diccionario de Filosofía, vol. II, Madrid, 1990, 1531; Juan Cruz Cruz, Filosofía de la historia, Pamplona 2002, 188; Ángel Luis González (ed.) Diccionario de Filosofía, Pamplona 2010, 527.

[71] Cf. Pío Moa, Contra la mentira, Guerra civil, izquierda y jacobinismo, Madrid 2003, 83.

[72] Cf. Romano Amerio, Iota Unum. Historia de las transformaciones de la Iglesia Católica en el siglo XX, Madrid, 2003, 363.

[73] P. Chateau Jobert, Doctrina de acción contrarrevolucionaria, Buenos Aires 1980, 23.

[74] Ap 16, 14.

[75] 2 Tim 4, 3-4.

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