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EL MUNDO DE LAS IDEOLOGÍAS (II)

Por Gabriel Calvo Zarraute
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El mundo de las ideologías. José Ramón Ayllón, Homolegens, Madrid 2019, 139 páginas

  1. Metodología y hermenéutica histórica

2.1. El método positivista aplicado a la historia

A comienzos del siglo XIX surge en Alemania el llamado «método científico crítico». Niebuhr, profesor de la universidad de Berlín desde 1810, fue el pionero del método que seguido y ampliado por Ranke (1795-1886) ha influido rápidamente y creado la escuela predominante en todo el mundo universitario y cultural de Occidente, la llamada «escuela positivista de historiadores». Ranke practicó y propugnó la búsqueda exhaustiva de documentos archivísticos originales, la crítica sistemática de los mismos por el análisis interno y el cotejo mutuo, y la utilización del documento como base fundamental, en la medida de lo posible exclusiva para la narración histórica. Esta metodología empirista es también denominada positivista por su fuerte apego al documento, lo «positum»: lo dado, lo puesto, es decir, los hechos desnudos. Dicho método venía motivado por el deseo de elaborar una historia objetiva, o sea, no influida por la subjetividad del historiador, de modo que sea una reconstrucción del pasado lo más fidedigna posible[1].

Cuestión delicada es valorar debidamente este método, pues junto a innegables méritos subyace en él no poca ideología. Hay reticencia, ampliamente extendida entre los historiadores, a apreciar la fuerza de las ideas en la historia, a reconocer la necesidad de la filosofía, y más en particular de la metafísica, para captar la realidad de lo sucedido en la historia[2]. A mantener este prejuicio antimetafísico han contribuido en gran manera el positivismo de August Comte y el historicismo de la época[3]. Es decir, que los hechos históricos son singulares e irrepetibles, no valorables por ningún criterio de carácter universal, como la universalidad de la ley natural en la conciencia de los humanos de todo tiempo, sino solo según cada momento y cada circunstancia.

No obstante, a esta escuela histórica se le debe reconocer el innegable mérito de haber hecho progresar el conocimiento histórico al asentarlo sobre bases firmes y aportar comúnmente mucha verdad en lo que afirma. Gracias al ingente trabajo de multitud de investigadores ha proporcionado, previa crítica metódica, extraordinaria abundancia de datos seguros sobre fechas, nombres, dinastías, batallas, códigos, textos literarios de cada época, constituciones, cambios de régimen y de gobierno, hechos revolucionarios, etc. Ha tenido también el notable acierto de considerar que los hechos políticos, que selecciona de manera preferente, son de importancia decisiva para la vida de toda sociedad; mayor que la de los hechos económicos y otros de diverso carácter[4].

Sin embargo, la historiografía positivista, típica de los siglos XIX y parte del XX, que pretendiendo ser objetiva tiende a reducir en demasía lo real historiado a los hechos más concretos, hoy es reconocida como corta de alcances. Los puros hechos, aún siendo con frecuencia significativos y elocuentes, e imprescindibles desde luego para no moverse en la pura elucubración o fantasía literaria, son insuficientes pos sí solos. No logran manifestar el sentido de conjunto de hechos y realidades históricas complejas.

Es ilustrativo al respecto el conocido difícil entendimiento entre historiadores de oficio y literatos que abordan temas históricos. Éstos suelen aducir que con muchos menos datos que los que posee el historiador suelen hacer con frecuencia más inteligible un hecho o época pasada[5]. Piénsese, por ejemplo, en la estupenda descripción que hace el P. Luis Coloma SJ, en Pequeñeces, de la alta sociedad isabelina tras la revolución de 1868 que destrona a Isabel II[6]. Con unas breves pinceladas retrata muy vivamente el cambio social, los sentimientos y juicios de la élite aristocrática que hico la revolución liberal con Isabel II, mejoró su riqueza con ella, y ahora, en 1868, marcha al exilio a Francia entre protestas contra las revoluciones.

En este sentido, Comte llegó al extremo, aunque no Ranke, de propugnar el estudio de la sociedad del presente y del pasado: la sociología, a modo de física social «con el mismo espíritu que los fenómenos astronómicos, físicos y químicos», tratando de encontrar leyes generales que regulan la evolución socio-histórica para predecir el curso futuro prescindiendo de cualquier consideración metafísica, por sobrepasar lo empíricamente verificable[7].

2.2. Objetividad y subjetividad del historiador en el relato del pasado

Un diluvio de críticas provenientes en gran parte de la filosofía hegeliana de izquierdas, el marxismo, se ha precipitado sobre la historiografía clásica de corte positivista desde hace sesenta años. Le reprochan el quedarse demasiado en los puros datos, fechas, nombres, batallas, etc., sin penetrar en la fuerza e importancia de las ideas en el devenir de la historia[8]. Los afectados han replicado comúnmente que las ideas de los seres humanos pertenecen a la subjetividad de cada cual, y que ésta no puede incidir sobre lo historiado. De esta forma el historiador dejaría de ser objetivo, o dicho de otro, modo faltaría a la honestidad de su oficio. Ante estas conocidas posturas encontradas sirvan las siguientes breves reflexiones, que no pretenden más que señalar que también para la ciencia histórica es necesaria la filosofía del ser, la metafísica de Santo Tomás de Aquino[9].

Conviene aquí recordar algo obvio, anterior a cualquier reflexión o discurso filosófico: que, en la mediación pensante, en el pensamiento que genera el sujeto, es donde se manifiesta la verdad de las cosas, y no en las cosas mismas. Lo cual no es idea de raíz kantiana (noúmeno) o idealista, salvo si se niega u olvida aquello que debería aún ser más obvio si cabe: que la verdad de las cosas está en ellas mismas; y de manera manifiesta, en la mente humana que la capta, y no sólo en la conciencia del sujeto, como sostiene Hegel, o fuera de la conciencia y de las cosas, como enseña Platón, o sólo en las cosas mismas, como si la mente sólo las captase de manera incierta formando en sí un especie de calco pobre de la realidad como hacen los empirismos y escepticismos diversos[10].

La viva insistencia de la escuela positivista en que el historiador sea muy parco en emitir juicios de valor no deja de tener su fundamento. Por una parte, por la evidente dificultad de captar y matizar cual sea la sensibilidad moral y conciencia subjetiva de las gentes de cada época, lugar y circunstancia, pese a que existe una misma ley moral objetiva para todos: la ley natural. Por otra, porque con frecuencia el relato de los puros hechos, por sí solo, es más elocuente para el lector que una cualificación o juicio de valor explícito del historiador. Es el lector quien mayormente formula en su mente el juicio de valor pertinente[11].

Pese a la fundada prevención de la escuela positivista a las valoraciones y juicios históricos ligeros o deformados por prejuicios, queda en pie el problema de que su método, en solitario, resulta insuficiente para describir la realidad. Hay que penetrar en ella para entenderla. Se requiere más que la constatación casi solo empírica de los hechos y la posterior formulación de las leyes históricas al modo como en un laboratorio de física se verifican las hipótesis tras la reiteración de experimentos.

Es patente, y así lo afirman la epistemología de Aristóteles y Santo Tomás, que en el relato de lo que ha sucedido hay elementos que necesariamente son puestos por el sujeto, como son los juicios sobre las causas y las consecuencias de los acontecimientos históricos, pues los hechos por sí solos rara vez lo dicen; es la inteligencia humana la que los expresa[12]. Lo cual no es una deformación de la realidad si está vigente la metafísica del ser[13]. Pero si en su lugar se impone como clave interpretativa de la historia una u otra metafísica idealista, el grave resultado es patente. Por otra parte, compete al historiador, es función del sujeto, hacer la selección de los hechos entre la multitud que de ordinario se lo ofrecen y discernir cuales son en realidad más relevantes o significativos para la historia que trata de elaborar, lo cual obviamente es ejercicio de la inteligencia metafísica del historiador abierto a la realidad, no prejuiciado por idealismos  o, por el contrario, por relativismos generalmente historicistas, que postulan la inexistencia de verdaderos principios morales sino los que se den en cada momento y lugar[14].

2.3. Hegemonía actual de las interpretaciones históricas idealistas y marxistas

Pretender que se pueda hacer historia objetiva, sin apenas participación de la subjetividad del historiador, son pocos los que hoy lo sostienen. Pero por desgracia a esta escuela positivista, prudente y meritoria por tantos conceptos, que trata de respetar el ser de las cosas pese a faltarle la metafísica, han sucedido en abundancia las interpretaciones en las que el sujeto pone, es decir se proyecta en lo que relata. Sin embargo, no lo hace porque se abra a la realidad de las cosas gracias a la metafísica del ser, sino más bien por pensarlas desde perspectivas previas de las filosofías idealistas como Hegel, Baur, Goetz, Croce, Gentile. Entre estas lecturas idealistas de la historia priman las hechas en clave de dialéctica hegeliana y, más recientemente, en clave de análisis marxista. Lecturas por las que, en definitiva, antes de ser detectados los hechos que constituyen la trama de lo que se pretende historiar se sabe ya de antemano el gran proceso necesario que los concatena y da sentido.

Esta es la consecuencia patente de las metafísicas idealistas en el campo de la historia, pues postulan que lo verdadero y primeramente conocido no es el ser de las cosas del mundo sino la Idea, configuradora de culturas, conciencias, mentalidades, religiones, comportamientos éticos, instituciones políticas y religiosas, etc. Por este a priori viene a suceder que los hechos históricos que no encajen en el esquema preestablecido se relatan deformados o simplemente se omiten. Pese a su irrealidad o común grave deformación de los hechos, tales métodos predominan en la actualidad; y con particular fuerza el del análisis marxista y su preferente o casi exclusiva selección de datos de carácter económico, sobre todo a partir de la Escuela de los Anales creada por el marxista Lucien Febvre en 1929. Tendencia vigente en la práctica totalidad de los textos y manuales de enseñanza media y universitaria en Europa y América aún después de la caída del comunismo en Rusia y los países del este[15].

Por su parte, la historiografía liberal clásica de los siglos XIX y XX, más atenta por lo común a la objetividad de los hechos, no obstante, asume en gran manera el idealismo hegeliano al tratar de la revolución liberal y sus fases. Es sintomático que al formular juicios de valor acerca de las formas de pensar la vida como el matrimonio, la familia, la política, la moral y las costumbres, la religión, etc., los pronunciamientos que emite no son sobre la verdad o falsedad de tales formas de pensamiento, sino sobre si son de izquierda, es decir de progreso, de derecha, es decir de reacción y aferramiento al pasado, o de centro, es decir de superación de los extremos.

Esta historiografía expone cómo esas ideas de progreso, las supuestamente racionales, son impuestas en un primer momento, de ordinario, con excesos, derramamiento de sangre y otros horrores, y cómo llegado un momento tales excesos son percibidos ya innecesarios, extremosos, y por lo mismo se llega a un desequilibrio o síntesis superadora de los momentos anteriores. Síntesis, convertida en tesis, a la que a su vez le adviene una nueva antítesis, con lo que el proceso dialéctico prosigue[16].

Así, el curso de la historia es presentado como una marcha inexorable de la humanidad hacia su dignificación por su progresiva concienciación de que es soberana y de que, por ello, ha de liberarse de la fe y de la moral religiosas, que han estado informando durante siglos la vida privada y pública de los pueblos, y que éstas, la fe y la moral religiosas, no son sino el fruto del espíritu humano aún no racional[17]. Por ello, el liberalismo no puede desvincularse del ateísmo como si le fuese extraño o ajeno, ni por sus principios teóricos inspiradores, como, por ejemplo, la soberanía del hombre en lugar de la de Dios, ni por la praxis de los hechos que lo acompañan por todas partes[18]. Otra cuestión es que en la práctica de la vida se den «felices inconsecuencias», muchas, a Dios gracias[19].

Estas interpretaciones de la historia, que han contaminado hondamente a las burguesías ilustradas durante los siglos XIX y XX por todas partes, interpretaciones acogidas como lo evidente, como aquello que debe ser creído por toda persona culta, no ignorante, han contribuido decisivamente a crear la conciencia de que la secularización de la sociedad es lo que se impone inexorablemente. Es decir, un deber ineludible de los tiempos, y a crear también un tremendo y extendido pensamiento de que la fe, en lugar de ser un inmenso don concedido gratuitamente por Dios, es un simple fruto del espíritu humano de un estado no suficiente evolucionado, del espíritu aún no racional, ilustrado o progresista de otras épocas.

Por el contrario, si el historiador razona con la metafísica del ser, el conocimiento sólido de la historia de la filosofía, es decir, de la historia de las ideas y de su enorme fuerza transformadora, y se apoya en la teología católica tradicional, lo cual es decisivo, recibe sin duda unas contribuciones extraordinarias para entender mejor las realidades históricas y dar razón de sus causas y de sus consecuencias[20]. Tal observación no proviene de la pura observación empírica de los hechos sino del pensamiento del historiador, lo cual no implica subjetivismo, ni idealismo hegeliano, sino manifestación en la conciencia del historiador de la verdad, de la realidad que trata de describir, de ordinario profunda y compleja, justo por ser humana y social.

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2.4. El maniqueísmo histórico actual: el mito del progreso indefinido

Se ha convertido en lugar común de la moderna polémica política aludir al lado correcto de la historia. Es una frase que suelen emplear quienes se consideran ilustrados o progresistas y la utilizan para condenar a sus oponentes religioso-político-sociales por estar en el lado equivocado de la historia, es decir, por ser históricamente incorrectos. Es de suma importancia que definamos los términos. No es posible abordar la cuestión de ubicarse en el lado correcto de la Historia mientras no sepamos qué entendemos por «Historia». Para la persona ilustrada o progresista, la historia es una inexorable ascensión desde un pasado primitivo a un futuro ilustrado. El pasado es, por tanto, inferior al presente, como el presente será inferior al futuro.

Esta concepción de la historia fue defendida por Hegel (1770-1831), quien entendió la Historia como la liberación gradual de la humanidad de la ignorancia[21]. De forma similar, Auguste Comte (1798-1857) vio la historia como una transición desde fases marcadas por una relativa ignorancia a fases de creciente iluminación[22]. En particular, la historia comienza con una edad mística, marcada por el misticismo como sinónimo de superstición; progresa a una edad metafísica, donde los filósofos emplean la facultad de la razón para intentar entender los misterios del cosmos; y progresa finalmente a una edad científica, en la cual se erradica el misterio y triunfa el materialismo. A esta falacia colaboradora que nuestra época desconozca y desprecie a los clásicos, por ejemplo, la obra de Platón es una joya estética y literaria de valor universal, quizá nunca superada. El marxista Bernard Shaw escribió que él creía en el progreso absoluto de la cultura como algo inconcuso. Era uno de los pilares de su pensamiento. Sin embargo, un día abjuró públicamente de su progresismo: había leído a Platón. Si la humanidad ha producido a tal hombre hace veintiséis siglos, obligado es confesar que la cultura no ha progresado en todos sus aspectos[23].

Karl Marx (1818-1883) utilizó y politizó la concepción progresista de la Historia propugnada por Hegel y Comte[24]. Para Marx, la historia debe interpretarse en términos de un determinismo político y económico; es decir, que la historia comienza en la antigüedad con la dialéctica: amo-esclavo. Posteriormente, en la Edad Media, discurre a través del feudalismo, siervo-señor, a continuación del capitalismo, obrero-patrón, hasta la estabilidad final que se encuentra en el comunismo, donde el poder del Estado abrirá camino a una forma de paraíso económico y político caracterizado por la libertad y la justicia para todos[25]. Estos progresistas que desprecian a sus oponentes por estar en «el lado equivocado de la historia» han aceptado y asumido el determinismo histórico de Hegel, Comte y Marx, y ven la historia un mecanismo liberador que se mueve hacia adelante y aplasta a los reaccionarios que se interponen en su camino. Este proceso es inevitable e inexorable y por tanto imparable: el mito del progreso indefinido[26].

La irónica consecuencia de esa visión de la historia es que nos ciega a nuestra historia misma, impidiendo incluso que aprendamos las lecciones que la historia enseña. Si el pasado es inferior al presente, si está marcado por la barbarie y la ignorancia, ¿qué puede enseñar a nuestro presente más ilustrado? ¿Qué pueden enseñar los ignorantes y supersticiosos campesinos del pasado a los urbanitas y sofisticados habitantes de la modernista Ciudad del hombre? No es sorprendente, pues, que los progresistas defiendan que las grandes obras literarias de la civilización occidental desaparezcan de los programas escolares y universitarios. Las ideas que esas grandes obras expresan no solo se caracterizan por la ignorancia que corroe necesariamente el pasado, sino que existe el peligro de que algunas personas se las tomen en serio, y ellas mismas se hundan en la superstición fanática y la barbarie. Esta prohibición de libros se asemeja a la quema de libros, una práctica que ha caracterizado todas las culturas donde las ideas progresistas han tocado poder.

A pesar de toda su retórica vacía sobre la tolerancia, el hecho es que los progresistas han demostrado ser los menos tolerantes de todos. Las ideas ilustradas y progresistas que condujeron a la Revolución Francesa condujeron también a la invención de la guillotina como instrumento del Reino del Terror que siguió al inicio de la Revolución. Las ideas ilustradas y progresistas de Karl Marx condujeron a una plétora de revoluciones en los siglos XIX y XX, todas las cuales desembocaron en violencia y terror, asesinando a más de cien millones de civiles a escalas que habrían sido absolutamente impensables en el pasado no ilustrado[27]. Sin embargo, quienes dirigieron esas revoluciones tenían las mismas ideas filosóficas que los progresistas de hoy. Creían que el pasado era pura barbarie y que el futuro sería un paraíso construido sobre las ideas de la autodenominada Ilustración. Se encontraban en el lado correcto de la historia.

En cuanto a sus millones de víctimas, como los campesinos católicos de la Vendée, los mártires cristeros, los miles de sacerdotes y religiosas de la persecución de la Segunda República en España o los fieles de la Ortodoxia rusa, fueron sacrificados por necesidad, porque estaban ubicados en el lado equivocado de la historia[28]. Sus muertes eran necesarias e inevitables porque entorpecían la marcha del progreso indefinido de la humanidad. Y es que, aunque la historia no se repite, en contra del mito del eterno retorno del paganismo clásico, es fácil distinguir en ella ciertos patrones, bien definidos en ocasiones por figuras mitológicas, como es en el caso de Casandra[29].

Existe, sin embargo, otra concepción de la historia que la estudia como una realidad humana con un fin último, y no como un mero mecanicismo[30]. Contempla los hechos históricos como algo que empieza con la familia, célula fundamental de la sociedad, no con la esclavitud. Cree que se puede aprender del pasado lecciones valiosas que permiten comprender el presente y el futuro. Ve el pasado como una realidad caracterizada por todo lo que es humano, por todo lo que es bueno, malo y feo en la condición humana. Piensa que hay mucho que aprender de todo lo que es bueno, verdadero y bello del pasado; de los grandes filósofos y las grandes obras del arte y la literatura; y de aquellos cuyas vidas se caracterizaron por el amor, que es inseparable del sacrificio de uno mismo. También cree que tenemos mucho que aprender del mal y de la fealdad del pasado; de los tiranos que rechazaron la llamada de la verdad y el amor, prefiriendo, no obstante, sacrificar a los demás en altares sacrílegos erigidos a sus propios egos; y de las siniestras ideologías que han tenido peores consecuencias, como las mencionadas ideas de Hegel, Comte y Marx, entre otros.

No sostiene que el pasado sea algo bárbaro que deba descartarse con desprecio desde su atalaya de superioridad moral, sino que más bien es un anciano arrugado que nos muestra toda la plenitud de la experiencia humana, capacitándonos para aprender de los errores del pasado para que no estemos abocados a repetirlos en el presente o en el futuro, y mostrándonos la vida de los héroes que dieron su vida por sus amigos y enemigos, inspirándonos a hacer lo mismo. Estar en el lado correcto de la historia depende de lo que entendamos por historia[31]. Si la historia es un mero mecanismo de determinismo histórico que termina por aplastar a quienes tengan ideas no progresistas y no ilustradas, solo podemos estar en el lado correcto arrodillándonos ante el poder omnímodo, totalitario, de esa maquinaria[32]. Si, por el contrario, la historia es el testimonio de seres humanos que interactúan entre sí a través del tiempo y nos enseñan, mediante las consecuencias de sus acciones, a evitar el mal y su capacidad destructiva, y nos inspiran para vivir vidas inmoladas que hagan un mundo mejor para nuestros prójimos e incluso para nuestros enemigos, entonces solo estaremos en el lado correcto de la historia si seguimos el ejemplo de los santos y de los héroes[33].

Quienes están en el lado correcto de la historia son quienes viven unas vidas buenas y virtuosas al servicio de la verdad objetiva, haciendo así del mundo un lugar mejor y más hermoso. Quienes tratan el pasado con desprecio, rehusando aprender sus lecciones y adorando la maquinaria imaginaria del mito del progreso indefinido, son hoy los nuevos instrumentos de la tiranía como también lo fueron en el pasado[34]. No están solo en el lado equivocado de la historia, están en el lado equivocado de la humanidad.

2.5. Kant, ideólogo del Nuevo Orden Mundial y la continuación de la Revolución

La mitología ilustrada portadora del dogma del progreso indefinido encuentra en Kant su principal filósofo de la historia. Su último discípulo, a finales del siglo XX, será Francis Fukuyama al decretar el fin de la historia con la caída del comunismo soviético, según él, vencido por el liberalismo y el capitalismo, hijos ambos del protestantismo, según la teoría de Max Weber[35]. La pregunta acerca del sentido y la finalidad de la historia será a partir de Kant la preocupación fundamental de importantes sistemas filosóficos como sucederá con las ideas historicistas de Hegel y Marx. Kant, pensador protestante y entusiasta de la Revolución francesa, teorizará el sentido de la historia en dos obras principales: Ideas para una Historia universal en clave cosmopolita y el tratado de La paz perpetua, subtitulado El milenio en filosofía[36]. En ellas parte de su idea de libertad negativa: «Mi libertad termina donde comienza la del otro»[37]. Lo cual supone la dimisión de la racionalidad ética porque cada individuo siempre encontrará razones para justificar sus actos subjetivamente[38].

Al consolidarse la destrucción de la Cristiandad europea en 1648, previa agresión protestante, en la paz de Westfalia, Kant propone una asociación de pueblos o república mundial con poder legislativo, ejecutivo y judicial a fin de mantener la paz en el mundo. Esta idea kantiana de un Estado mundial ha resultado muy influyente en la historia contemporánea inspirando movimientos políticos como la inútil Sociedad de Naciones después de la Primera Guerra Mundial y posteriormente la Unión Europea y la ONU, que no dejan de incrementar su poderío político en detrimento de la identidad nacional de los países abducidos por estos organismos anticatólicos internacionales[39]. Dichas superestructuras de poder, invisibles para el ciudadano, terminan convirtiéndose en una auténtica «criptocracia» que impone su ideología, curiosamente, coincidente con los postulados de la masonería que no busca otro fin que sustituir el paradigma cristiano en la sociedad[40].

Para comprender las raíces del movimiento descristianizador actual, hemos de remontarnos al proceso revolucionario que tuvo su origen entre los siglos XIV y XV cuando en Europa se produce un cambio profundo de los espíritus con el antropocentrismo, aunque todavía no antirreligioso, del Renacimiento[41]. La filosofía hedonista del humanismo generó la Revolución religiosa protestante que, más allá de las aparentes divergencias, forma un solo bloque coherente con la humanística. La Revolución francesa bebió directamente de las tendencias liberales e igualitaristas del humanismo y el protestantismo, proyectándolas en el plano político y social. Ulteriormente, la Revolución marxista-leninista extendió al mundo y llevó hasta las últimas consecuencias el odio igualitarista de la Revolución francesa[42]. Precisamente, ese panteismo igualitario de los revolucionarios pretendía destruir toda desigualdad, no solo social, sino también de naturaleza, para construir la contra-facción de la República cristiana medieval. Fue solo después de la caída de las últimas ruinas del Imperio Habsburgo en 1918, cuando la utopía pareció realizarse, con el advenimiento, prácticamente contemporáneo, de la dictadura del proletariado comunista, del Tercer Reich nacional-socialista y de la Sociedad de Naciones, después transformada en la Organización de las Naciones Unidas[43]. Todos estos proyectos, sin embargo, fracasaron estrepitosamente. El sueño de la construcción del Nuevo Orden Mundial, que había abierto el siglo XX, fue substituido por una pesadilla de destrucción de signo opuesto: el reino del caos. Y es que cuando los hombres pretenden crear el cielo en la tierra lo que terminan trayendo es el infierno.

El Nuevo Orden Mundial (NOM) es una estructura transnacional que se está implementando progresivamente a través de una serie de organismos supranacionales y mediante la imposición a escala planetaria de un pensamiento global basado en una serie de ideologías, cuyos postulados apuntan directamente a la erradicación de la herencia cristiana occidental y su principal sostenedora: la Iglesia Católica[44]. Este pensamiento único contemporáneo y políticamente correcto es fruto de la combinación de la marxista ideología de género, el feminismo misándrico, el multiculturalismo, la cristianofobia laicista, el animalismo y ecologismo panteísta. Se trata del culto a la Madre Tierra que absorbe en su vientre a todas las criaturas inanimadas, vientre donde todo coexiste y nada es, porque una vez anulada toda desigualdad la nada se revela el último secreto del universo. La metafísica de la nada es el corazón de la nueva religión mundialista. Así, el Nuevo Orden Mundial es, en realidad, el caos mundial. El panteísmo coincide con el nihilismo, porque todo es nada y todo debe hacerse nada[45]. La nada es la única antítesis rigurosa al ser. El «anticosmismo», que es la negación y la aniquilación de todo orden y realidad, se manifiesta a través de la disolución de toda ética, de todo derecho, de toda sociedad, de toda familia, de toda propiedad.

La siniestra conjura del Nuevo Orden Mundial busca la implantación de un totalitario gobierno mundial, para lo cual conspira por la disolución de los Estados-Nación, a los cuales pretende diluir en el magma globalista[46]. No obstante, el asedio mundialista a España adquiere tintes más apocalípticos que en ningún otro lugar, hasta el punto de convertirse en el país más acosado por las élites plutocráticas debido a su elección como campo de experimentación o laboratorio pionero de sus estrategias con una intensidad y amplitud desconocidos en otros lugares[47].

La marcha autodestructiva de la Revolución está condenada a hacerse añicos contra un resto de verdad y de bien que constituye el principio y el presupuesto de su derrota[48].  El mal, por su naturaleza, es estéril e infecundo. Este es el drama del mal: no es capaz de extinguir el último resto de bien que sobrevive. Aunque también el mal, ciertamente, se puede difundir. Su fuerza, sin embargo, no es intrínseca sino extrínseca. Se difunde a través de las acciones de los malvados, hombres y demonios, y se impone con la astucia y con la violencia, no con la fuerza pacífica y conquistadora de la verdad y del bien[49]. La Revolución es satánica en su esencia, porque tiene como objetivo deshacer la obra de la Creación de Dios Padre, de la Redención de su Hijo Jesucristo y la santificación del Espíritu Santo para construir el reino social del demonio, un infierno en la tierra que prefigura el de la eternidad, como así también el Reino social de Cristo prefigura el Reino del Paraíso celestial[50]. El Nuevo Orden Mundial aspira a instaurar un gobierno mundial sincretista, ecléctico, que se convertirá en la sede donde se entronice al Anticristo, vicario de Lucifer[51].

Desde el concilio Vaticano II, la Iglesia considera la secularización como un proceso irreversible, por lo que renunció a la conquista del espacio público: la política, la educación y la cultura. Desde entonces las directrices papales y episcopales fueron las de deponer las armas en el combate contra el mundo moderno y asumir sus presupuestos fundamentales. La Iglesia actual no combate la mentalidad gnóstica del mundo, dejó de predicar la verdad de Cristo, primero para «dialogar» y posteriormente para «ponerse a la escucha» del mundo contemporáneo[52]. Y es que ha abdicado de su deber de «recapitular todas las cosas en Cristo», es decir, de restaurar la civilización cristiana sobre las calcinadas ruinas del mundo posmoderno, de acuerdo con el programa del Papa San Pío X, relegado hoy, al igual que toda la doctrina tradicional católica anterior a 1965, como una pintoresca reliquia del Paleolítico[53].

 

 

 

 

[1] Cf. Hubert Hedin, Historia de la Iglesia. Herder, Barcelona 1980, vol. I, 30-32; Danielou-Marrou, Nueva Historia de la Iglesia, Cristiandad, Madrid 1982, vol. I, 19-28.

[2] Cf. Alejandro Llano, Metafísica y lenguaje, EUNSA, Pamplona 1984, 64; José Gay Bochaca, Curso de Filosofía, Rialp, Madrid 2004; 15

[3] Cf. José Mª Petit Sullá, Filosofía, política y religión en Augusto Comte, en Obras Completas. Al servicio del Reinado de Cristo, Tradere, Barcelona 2011, tomo II, vol. 2, 605.

[4] Cf. Raymond Aron, Dimensiones de la conciencia histórica, Página indómita, Barcelona 2017, 131.

[5] Cf. Pío Moa, Nueva historia de España. De la II Guerra Púnica al siglo XXI, La esfera, Madrid 2010, 13

[6] Cf. Luis Coloma, Pequeñeces, Razón y Fe, Madrid 1942, vol. VII, 81.

[7] Cf. Enrique Moradiellos, El oficio de historiador, Siglo XXI, Madrid 1999, 34.

[8] Cf. Antonio Pérez-Mosso Nenninger, Apuntes de Historia de la Iglesia. Edad Moderna, vol. V, tomo 5, 122- 123.

[9] Cf. Tomás Alvira-Luis Clavell-Tomás Melendo, Metafísica, EUNSA, Pamplona 2001, 16; Francisco Canals Vidal, Historia de la Filosofía medieval. Curso de Filosofía tomista, Herder, Barcelona 2002, 230; Eudaldo Forment, Metafísica, Palabra, Madrid 2009, 161.

[10] Cf. Leonardo Polo, Curso de Teoría del Conocimiento, EUNSA, Pamplona 1988, vol. III, 143; Étienne Gilson, El tomismo. Introducción a la filosofía de Santo Tomás de Aquino, EUNSA, Pamplona 2002, 291; Rafael Corazón González, Filosofía del conocimiento, EUNSA, Pamplona 2002, 93; Roger Verneaux, Epistemología general o crítica del conocimiento. Curso de filosofía tomista, Herder, Barcelona 2005, 113, Alejandro Llano, Gnoseología, EUNSA, Pamplona 2011, 115, Ignacio Andereggen, Teoría del conocimiento moral. Lecciones de Gnoseología, Dyonisius, Buenos Aires 2019, 478.

[11] Cf. Juan Cruz Cruz, Filosofía de la Historia, EUNSA, Pamplona 2002, 51.

[12] Cf. Giovanni Reale, Introducción a Aristóteles, Herder, Barcelona 2007, 43; Guía de lectura de la «Metafísica» de Aristóteles, Herder, Barcelona 2011, 119; Étienne Gilson, El espíritu de la Filosofía Medieval, Rialp, Madrid 2009, 246.

[13] Cf. Étienne Gilson, El ser y los filósofos, EUNSA, Pamplona 2005, 247; Rafael Gómez Pérez, Introducción a la Metafísica, Rialp, Madrid 2006, 197.

[14] Cf. José Mª Barrio, La gran dictadura. Anatomía del relativismo, Rialp, Madrid 2011, 168.

[15] Cf. Svetlana Aleksiévich, El fin del «Homo sovieticus», Acantilado, Barcelona 2015; 317; David Remnick, La tumba de Lenin. Los últimos días del imperio soviético, Debate, Barcelona 2015, 735.

[16] Cf. Javier Barraycoa, Sobre el poder, Homolegens, Madrid 2019, 139.

[17] Cf. Luís Díez del Corral, El rapto de Europa. Una interpretación histórica de nuestro tiempo, Encuentro, Madrid 2018, 241.

[18] Cf. Jean Ousset, Para que Él reine. Catolicismo y política. Por un orden civil cristiano, Speiro, Madrid 1972, 70; Guillermo Devillers, Política cristiana, Estudios, Madrid 2014, 94-100; Francisco Canals, ¿Por qué descristianiza el liberalismo?, en Obras Completas. Escritos políticos, vol. 10, tomo I, Balmes, Barcelona 2015, 396; José Miguel Gambra, La sociedad tradicional y sus enemigos, Guillermo Escolar, Madrid 2019, 74.

[19] Cf. León XIII, Au milieu des sollicitudines (1892), n. 41, en Doctrina Pontificia. Documentos políticos, Acción Católica, Madrid 1958, 310. El Papa se refiere a la «feliz y manifiesta inconsecuencia» que se produce cuando, pese a ser una legislación anticristiana, la autoridad -«el administrador»- gobierna sin atentar contra el orden social cristiano.

[20] Cf. Etienné Gilson, El filósofo y la teología, Guadarrama, Madrid 1962, 213; Cornelio Fabro, Introducción al tomismo, Rialp, Madrid 1999, 63.

[21] Cf. Roger Verneaux, Historia de la Filosofía moderna. Curso de Filosofía tomista, Herder, Barcelona 1989, 219; Giovanni Reale-Dario Antiseri, Historia de la Filosofía. Del Romanticismo a nuestros días, Herder, Barcelona 2010, vol. III, tomo 2, 97.

[22] Cf. Étienne Gilson, La unidad de la experiencia filosófica, Rialp, Madrid 2002, 214; Teófilo Urdánoz, Historia de la Filosofía. Siglo XIX: socialismo, materialismo, positivismo, Kierkegaard y Nietzsche, BAC, Madrid 2008, vol. V, 177.

[23] Cf. Rafael Gambra, Historia sencilla de la Filosofía, Rialp, Madrid 2016, 77.

[24] Cf. Karl Korsch, Karl Marx, Biblioteca ABC, Madrid 2004, 137; Rafael Gambra, Historia sencilla de la Filosofía, Rialp, Madrid 2016, 251; Bertrand Russel, Historia de la Filosofía occidental, Espasa, Madrid 2017, vol. II, 475; Anthony Kenny, Breve historia de la Filosofía occidental, Paidós, Barcelona 2018, 382iven.

[25] Cf. Wolfgang Rod, La filosofía dialéctica moderna, EUNSA, Pamplona 1977, 262.

[26] Cf. Rémi Brague, ¿A dónde va la Historia? Dilemas y esperanzas, Encuentro, Madrid 2016, 106.

[27] Cf. Stéphane Courtois, El libro negro del comunismo. Crímenes, terror, represión, Ediciones B, Barcelona 2010, 927; Anne Appeblaum, Gulag. Historia de los campos de concentración soviéticos, Debate, Barcelona 2012, 561; El telón de acero. La destrucción de Europa del este 1944-1956, Debate, Barcelona 2014, 581; Hambruna roja. La guerra de Stalin contra Ucrania, Debate, Barcelona 2018, 443; Frank Dikotter, La gran hambruna de Mao. Historia de la catástrofe más devastadora de China (1958-1962), Acantilado, Barcelona 2017, 523; Federico Jiménez Losantos, Memoria del comunismo, La esfera, Madrid 2018, 55.

[28] Cf. César Vidal, La guerra que ganó Franco. Historia militar de la guerra civil española, Planeta, Barcelona 2006, 21. 51. y 63.

[29] Dada la creciente ignorancia en terrenos de la cultura que antaño se juzgaban como básicos, no sobrará aclarar que la troyana Casandra advirtió a sus conciudadanos de la destrucción de su ciudad si introducían en ella el famoso caballo de madera. Según la versión mitológica, Casandra recibió del dios Apolo el don de adivinar el futuro, pero habiéndose negado a entregarse sexualmente a él, éste le escupió en la boca, haciendo que en adelante sus profecías no fueran creídas. Cf. René Martín, Diccionario de mitología griega y romana, Espasa, Madrid 1996, 101; Robin Hard, El gran libro de la mitología griega, La esfera, Madrid 2009, 610; Pierre Comelin, Mitología griega y romana, La esfera, Madrid 2017, 319; Pierre Grimal, Diccionario de Mitología griega y romana, Paidós, Barcelona 2018, 452.

[30] Cf. Rafael Alvira, La noción de finalidad, EUNSA, Pamplona 1978, 141.

[31] Cf. Rafael Sánchez Saus, Dios, la historia y el hombre. El progreso divino en la historia, Encuentro, Madrid 2018, 25.

[32] Cf. Raymond Aron, Las etapas del pensamiento sociológico, Tecnos, Madrid 2013, 71; El opio de los intelectuales, Página indómita, Barcelona 2018, 210.

[33] Cf. Francisco Canals Vidal, Mundo histórico y Reino de Dios, Scire, Barcelona, 2005, 157.

[34] Cf. Axel Kaiser, La tiranía de la igualdad. Por qué el igualitarismo es inmoral y socava el progreso de nuestra sociedad, Deusto, Barcelona 2017, 143.

[35] Cf. Martín Cohen, Filosofía política. De Platón a Mao, Cátedra, Madrid 2002, 241; Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Alianza, Madrid 2012, 153; Francis Fukuyama, ¿El fin de la historia? y otros ensayos, Alianza, Madrid 2015, 91.

[36] Immanuel Kant, Ideas para una historia universal en clave cosmopolita, Tecnos, Madrid 2006; La paz perpetua, Alianza, Madrid 2006.

[37] Cf. José Mª Barrio, El Dios de los filósofos. Curso básico de Filosofía, Rial, Madrid 2013, 228.

[38] Cf. Francisco José Contreras, Kant y la guerra. Una revisión de La Paz Perpetua desde las preguntas actuales, Tirant lo Blanch, Madrid 2007, 116.

[39] Cf. Martin Gilbert, La Primera Guerra Mundial, La Esfera, Madrid 2011, 658; Miguel Artola-Manuel Pérez Ledesma, Contemporánea, La historia desde 1776, Alianza, Madrid 2011, 265; Ricardo Artola, La Primera Guerra Mundial. De Lieja a Versalles, Alianza, Madrid 2018, 150.

[40] Cf. Marguerite A. Peeters, Marion-ética. Los «expertos» de la ONU imponen su ley, Rialp, Madrid 2011, 286; Manuel Guerra Gómez, Masonería, religión y política, Sekotia, Madrid 2012, 327.

[41] Cf. J. R. Hale, Historia de Europa. La Europa del Renacimiento 1480-1520, Siglo XXI, Madrid 2016, vol. II, 293.

[42] Cf. Jean Carpenter-Francois Lebrun, Breve historia de Europa, Alianza, Madrid 2014, 493; Stanley Payne, La Europa revolucionaria. Las guerras civiles que marcaron el siglo XX, Planeta, Barcelona 2014, 74.

[43] Cf. José Luis Comellas, Historia breve del mundo contemporáneo, Rialp, Madrid 2002, 255; La guerra civil europea (1914-1945), Rialp, Madrid 2010, 165; Christopher Clark, Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, Galaxia Gutemberg, Barcelona 2015, 423; Jurgen Tampke, Una distorsión histórica. La manipulación del Tratado de Versalles y el surgimiento nazi, Ciudadela, Madrid 2019, 77.

[44] Cf. César Vidal, El legado del cristianismo en la cultura occidental, Espasa, Madrid 2005, 159; José Javier Esparza-Anthony Esolen, Guía políticamente incorrecta de la civilización occidental, Ciudadela, Madrid 2009, 197; Pío Moa, Europa. Una introducción a su historia, La Esfera, Madrid 2016, 19; Javier Olivera Ravasi, Que no te la cuenten, Katejon, Buenos Aires 2018, vol. I, 69

[45] Cf. José Ferrater Mora, Diccionario de Filosofía, Alianza, Madrid 1988, vol. III, 2483.

[46] Cf. Eugenio d´Ors, Diccionario filosófico portátil, Criterio, Madrid 1999, 87.

[47] Cf. Juan A. De Castro-Aurora Ferrer, Soros rompiendo España, Homolegens, Madrid 2019, 149.

[48] Cf. Plinio Correa de Oliveira, Revolución y contra-revolución, Fernando III el Santo, Madrid 1989, 118.

[49] Cf. S. Th. I, q. 48, a. 1 y 3; Charles Journet, El mal, Rialp, Madrid 1965, 48.

[50] Cf. Jean Ousset, Para que Él reine. Catolicismo y política, Speiro, Madrid 1972, 319.

[51] Cf. Giacomo Biffi, La bella, la bestia y el caballero. Ensayo de teología inactual, Encuentro, Madrid 1987, 84; John Henry Newman, Cuatro sermones sobre el Anticristo, El buey mudo, Madrid 2010, 89; Vladimir Soloviev, Los tres diálogos y el relato del Anticristo, El buey mudo, Madrid 2016, 198; Leonardo Castellani, El Apokalypsis de San Juan, Homolegens, Madrid 2010, 331; Alfredo Sáenz, El Apocalipsis según Leonardo Castellani, Gratis date, Pamplona 2005, 15; Gerardo Manresa, «Los cuatro sermones sobre el Apocalipsis de Newman», en Cristiandad, n. 1060, 20-24.

[52] Cf. Romano Amerio, Iota Unum. Estudio sobre las transformaciones de la Iglesia Católica en el siglo XX, Criterio, Madrid 2003, 103.

[53] Ef 1, 10.

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