PUBLICIDAD

El látigo de Jesús

|

jesús templo

El pasaje del evangelio en el que Jesús echa con un látigo a los mercaderes deja perplejos a los que absolutizan la misericordia. Tal es la perplejidad que he llegado a oír que en realidad Jesús blandía el flagelo con suavidad, empujando delicadamente las mesas y depositando graciosamente las monedas en el suelo. Pero la realidad es que difícilmente se podrá disimular la santa ira de Jesús (como describían los teólogos antaño). Prueben a acercarse a un mercadillo, cojan un látigo, hagan que se vayan los mercaderes, desparramen sus dineros por el suelo, ahuyenten al ganado, y derriben los tenderetes. No creo que puedan explicar a la guardia civil lo pacífico de su actuación.  Si a alguien le choca este pasaje, porque según su lógica esta realidad contradice la bondad de Cristo, sólo tiene tres opciones: O mentirse a sí mismo sosteniendo que el pasaje no dice lo que dice; o apostatar; o entender que si Jesús hizo eso es que estaba bien hecho, y que somos por tanto nosotros los que tenemos ideas equivocadas acerca de la misericordia. Algunas conclusiones: 1) La severidad también puede ser entendida como misericordia: En el sentido de que se hace para bien del hombre. 2) La misericordia se supedita al bien: Quien entienda la severidad como antónimo de misericordia ha de entender que, sea como fuere y tal como ya se dijo, la misericordia se supedita al bien. Por decirlo de otra forma: si un padre castiga a su hijo por fumar marihuana, su severidad es buena, mientra que la probidad de los buenistas que hicieran como que el asunto es de poca monta, altamente nociva. 3) El juicio también es necesario: Salva a la sociedad y corrige al malvado. Prueben a educar a los niños sin correcciones. 4) El juicio no sólo no es venganza, sino que la evita: El juicio busca la justicia; la venganza saciar nuestro hambre depredadora. La justicia es necesaria y se hace para buscar el bien. La venganza es egoísta, no garantista, y se guía por nuestros más bajos instintos. 5) El amor al prójimo es también para el inocente: Si dejamos que los malvados no paguen por sus delitos (salvando contadas y juiciosas amnistías) somos inmisericordes con los inocentes a los que dejamos a merced de los injustos. Lo mismo ocurre con las correcciones y las denuncias públicas. 6) También en el juicio hace falta autoridad: Jesús tenía autoridad para juzgar. Nosotros también podemos juzgar ciertos asuntos. En otros temas no tenemos autoridad. Del mismo modo, quien ha de decidir sobre el destino de un delincuente es un juez y no cualquiera de nosotros. A veces también conviene recordar esto. 7) Jesús se indignó con los cambistas por no respetar el templo: Hay quien dice que es porque los cambistas estafaban a los fieles. No sé si esto también será cierto, y desde luego esto no contradiría la primera afirmación, pero es evidente que el asunto capital era la indignación ante el mal uso de la casa del Padre. Lo aclara San Juan, por si caben dudas: «y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: EL CELO POR TU CASA me consumirá.» 8) En el juicio, y en relación con el respeto a la casa del Padre, se evidencia la primacía de Dios: Amarás a Dios SOBRE TODAS LAS COSAS, y al prójimo COMO A TI MISMO. Dios y sus leyes están sobre los hombres, y no los hombres sobre Dios y sus leyes. Por eso la misericordia que permite directa o indirectamente el mal no puede ser definida como tal: sería una actitud inicua. Si un proceder indulgente consintiese la afrenta al Templo mientras que el látigo la evitase, no cabe duda de que no habría más remedio que usarlo. 9) Quizás lo más importante del pasaje es que Cristo al hablar del Templo también se refería a Su cuerpo. Buenas homilías al respecto las podrán encontrar pero me preocupa el poco detenimiento con el que se predica del certísimo látigo de Jesús. Por cierto, que el concepto de Jesús como templo no arrincona a un segundo plano a los templos, ni es una metáfora sobre una relación personal con Jesús donde las Iglesias son realidades licuescentes, muy a lo protestante. No. Este evangelio es un llamamiento, entre tantas verdades, a la eucaristía, a la presencia real de Cristo, al templo de pan hecho carne y también al templo de piedra donde se custodia, porque en eso que parece pan está Jesús y no tanto en nuestros corazones, que allí Jesús sólo puede estar en espíritu pero no en carne. ¡Sí! ¡En la Sagrada Forma Cristo está HECHO CARNE, y esa carne se encuentra en las Iglesias! A ese Jesús, a ese pan, nosotros hemos de visitar, honrar, glorificar, al menos el día del Señor, y a recibirlo lo más frecuentemente que podamos. Que no nos digan hoy que el Templo está en otra parte ni reduzcan el encuentro de Jesús a una realidad de nuestros corazones, olvidándose de la eucaristía, no sea que Jesús, consumido por el celo por la Casa del Padre, hoy la Sagrada Forma, nos saque el látigo de nuevo. Tantum ergo Sacraméntum,venerémur cérnui. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *