Covarrubias, bellísima población burgalesa, era ayer multitud. Previéndola, llegamos pronto y aun así tuvimos dificultades para encontrar mesa en el restaurante. Mi olla podrida, gloriosa. Y el vino de la Ribera del Arlanza, que ayer bajaba crecido, recio, 14.5 grados, también. Es un rincón privilegiado de arte y naturaleza. En un pañuelo el desfiladero de La Yecla y desde el cielo mirándonos el vuelo majestuoso de los buitres leonados, el inigualable claustro de Silos, ayer también multitudinario, las ruinas San Pedro de Arlanza, y un poco más allá las hermosísimas iglesia románicas de Vizcainos, Jaramillo, Pineda de la Sierra, Canales de la Sierra, Todas en las estribaciones de la Sierra de la Demanda que reza a Dios con la belleza desde hace casi mil años. Pero no quiero hoy hablaros de arte sino del arte de un cura. Porque tiene el de la comunicación. Y otros complementarios. La hermosa colegiata rachelesa está en obras por lo que nuestro gozo en un pozo si queríamos visitarla. El hermoso rosetón de la fachada y poco más. Aunque Covarrubias vale la pena incluso sin entrar en la colegiata que es sin duda el florón de la corona. Un cartel, sin embargo, anunciaba visitas guiadas. Una a las cuatro de la tarde. Faltaban quince minutos y decidimos esperar por si caía la breva. Nos contemplaba la bonita estatua en bronce de la princesa noruega Cristina y por el Arlanza descendía rápido, a favor de la corriente un ánade real. Se fue incorporando gente a la espera y a un par de minutos de la hora señalada un señor achaparrado, mayor, de riguroso paisano se acercó a abrir la reja de entrada. Pensé que era el sacristán. Y se inició la visita guiada. Con mucho público. Sobre el medio centenar de personas. Nada más ponerse a hablar mi presunto sacristán, y lo que hablaba, quedó claro que de sacristán no tenía nada. Y a mi pregunta de si era el párroco respondió inmediatamente que sí. Pues, vaya párroco. De simpatía desbordante, culto, conocedor de todo lo de su iglesia de la que se le veía enamorado, dialogante, oportuno, acogedor y, además, llevando el agua a su molino, que es lo que debe hacer todo cura. Porque el arte era también catequesis. A las cuatro de la tarde el párroco de Covarrubias nos abría su hermosa iglesia y nos la enseñaba. En lugar de dormir la siesta, aburrirse como una mona o jugar una partida de mus con los amigos. Y después de la hora de la visita le esperaba otra. Hacía ciertamente, y muy bien, de cicerone pero también de cura. Como debe ser. Los presentes dimos por muy bien pagada, 2,50 euros, la entrada. Por tanta belleza como nos mostró, por el tiempo que nos dedicó y por su simpatía. Supongo que no seríamos mi familia y yo los únicos que también le agradecimos además su catequesis. Y ahora una sugerencia que estoy seguro de que le llegará. Porque aunque usted no lea a esta cigüeña, como sería lo normal, muy posiblemente algún compañero de Burgos que me lea se la hará llegar. Entre tanta belleza como hay en su colegiata, dignísima de una visita, tiene una pieza excepcional. De esas que merecen figurar en el cuadro de honor de las maravillas de España. El célebre, aunque desconocidísimo para tantos, tríptico de Covarrubias. Fui testigo del pasmo admirativo de todos los presentes cuando se encontraron ante él y cuando escucharon su doctísima exposición. Es de una belleza impresionante. Pero antes, en una visita anterior, en la que tal vez fuera también usted el guía, hablo de hace unos cuantos años, se cultivaba el impacto. El tríptico estaba cerrado y cuando ya ante la curiosidad expectante de los presentes se abría hasta se podían escuchar los ah admirativos de no pocos. Es usted un privilegiado de la comunicación. Dios le ha dado esa cualidad. Seguramente para la visita de media docena de personas no valga la pena abrir y cerrar el tríptico que no necesita golpes de efecto para mostrarse en toda su belleza. Pero cuando la presencia sea multitudinaria, pruébelo usted. Y además le gustan los golpes de efecto. O eso me pareció. Don, como se llame, que no lo sé, gracias. Aunque no lleve alzacuello. Ayer me pareció un cura comme il faut. Y si le llega esta prescindible aunque afectuosa crónica decirle que la cigüeña que la firma es aquel que le dijo, sin la menor mala intención y con sonrisas de los visitantes y regocijo suyo, aquello de que parecía que le había hecho la boca un fraile. Y a los lectores: visitad las bellezas de la Iglesia. Os confirmarán en la fe y os limpiarán el alma que se contagia de tanta inmundicia ambiente. Ese rinconcito de Burgos, bañado por el Arlanza y sus afluentes, es óptimo para ello aunque hay muchísimos más.
Ayuda a Infovaticana a seguir informando