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Recemos por Don Damián Iguacén

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Me dicen que lo han ingresado en el Provincial de Huesca.

¿Por una caída?

Tiene 104 años. Es el segundo obispo más anciano del mundo,

Que el Señor cuide de tan buen obispo.

12 comentarios en “Recemos por Don Damián Iguacén
  1. Hoy no veo noticias de don Damián, el obispo que sin serlo pudo ensayar el cargo ya que antes de ser nombrado obispo de Barbastro fue nombrado administrador apostólico «sede plena» de Huesca hasta el advenimiento de monseñor Osés como auxiliar y a.a. «sede plena» de mons. Lino Rodrigo, que nunca renunció para que la diócesis no cayera en manos del de Tafalla, y lo sé de muy buena fuente. El bueno de don Lino no pudo evitarlo. La muerte se lo impidió.
    Rezo por don Damián, a cuya edad llegó también la abuela materna de mi esposa, para que Dios le conceda lo que más le convenga. Además de ser un buen obispo, es un experto en iconografía sagrada, un campo en el que, sin que el ahora obispo emérito de Tenerife tenga culpa alguna, he visto unos «churros» que te dejan con el ánimo encogido, por no decirlo de una forma más contundente.

  2. Et nubes suscepit Eum ab oculis eorum

    Y una nube lo ocultó a sus ojos

    Fray Damian Day OP
    21 de Mayo de 2020

    Los cristianos tienen la Cabeza en las nubes. Podemos decir esto porque Cristo es «la Cabeza del Cuerpo Místico, que es la Iglesia.» ( Col 1,18 ) y «somos miembros de Su Cuerpo.» ( Ef 5,30 ; cf. 1 Cor 12, 12-27 ).
    De este Guía Nuestro, la Escritura nos dice: «Se elevó y una nube lo quitó de [nuestra] vista.» ( Hechos 1, 9 ).

    Sin embargo, el tener la Cabeza en las nubes no significa que estemos decapitados: Los cristianos no corremos como pollos sin cabeza. Después de todo, nada puede separarnos de la caridad de Cristo (cf. Rom 8, 35-39 ), ni Su Ascensión, que es «la causa directa de nuestra [propia] ascensión» y «la causa de nuestra salvación.» ( ST III , q. 57, a. 6 ).

    Donde ha ido la Cabeza irán los miembros. En la Última Cena, Jesús les dijo a Sus Apóstoles: «Voy a prepararos un sitio,» de modo que «donde Yo esté, podáis estar también vosotros.» ( Juan 14, 2-3 ). Sentado a la diestra de Dios, ( Col 3, 1 ), Jesús nos prepara un lugar.
    Con Su ascensión, el cielo ha abierto las puertas a nuestra humanidad.

    Pero Jesús no se sienta ociosamente recostado en Su trono celestial, esperando que lo alcancemos. Trabaja en nuestra alma para que vayamos en pos de Él.
    Jesús le dijo a María Magdalena: «Asciendo a Mi Padre y a Vuestro Padre.» ( Juan 20,17 ).
    A través del bautismo, en el Hijo Unigénito nos convertimos en hijos del Padre celestial. Cristo, nuestro hermano y Sumo Sacerdote, «siempre vive para interceder por [nosotros].» ( Hebreos 7,25 ). Presenta eternamente en Su humanidad resucitada las llagas santas y gloriosas de Su Pasión a Nuestro amado Padre. «Dios exaltó la naturaleza humana en Cristo,» dice Santo Tomás de Aquino, para «apiadarse de aquéllos por quienes el Hijo de Dios tomó la naturaleza humana.» ( ST III, q. 57, a. 6 ).

    Sin embargo, dado que en Cristo la Cabeza «y los miembros son una sola Persona mística, en cierto modo» ya hemos ascendido con Él. ( ST III, q. 48, a. 2, ad. 1 ).
    A través del bautismo participamos y nos incorporamos a los misterios de la vida de Cristo: “Así como en Cristo crucificado morimos al pecado, y en Cristo resucitado resucitamos a la vida de la gracia, así también, somos resucitados al cielo en la Ascensión de Cristo.”(Padre Gabriel de Santa María Magdalena, OCD).
    El himno de Charles Wesley «Cristo el Señor ha resucitado hoy,» describe el drama de nuestra participación:

    “¡Vuela ahora hacia donde Cristo nos ha guiado, Aleluya!

    ¡Siguiendo a Nuestra Cabeza glorificada, Aleluya!

    Semejantes a Él, con Él nos levantamos, ¡Aleluya!

    ¡Nuestra cruz abre los cielos, Aleluya!

    Debido al bautismo nuestra vida ya no es puramente horizontal y terrena. Aferrándonos a Cristo, mientras surca los cielos, nos vemos arrastrados al cielo y sentados en el trono de Dios: «Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.» ( Col 3, 3 ).
    Este movimiento marca nuestra transformación en la vida de Cristo: “Estando muertos por nuestros pecados, [Dios] nos dio nueva vida junto con Cristo (por la gracia, habéis sido salvados), y nos resucitó con Él, y nos hizo sentar con Él en los Cielos en Cristo Jesús. «( Ef. 2, 5-6 ).
    Ya que hemos ascendido, siendo una sola cosa con Cristo, nuestra vida descansa segura en el seno del Padre «a pesar de que aún no se haya cumplido en nuestro cuerpo Su promesa.» (San Agustín, Sermón sobre la Ascensión del Señor ).

    La Fiesta de la Ascensión del Señor nos brinda la oportunidad de profundizar y crecer en este misterio de nuestra vida ascendida.
    San Agustín nos llama a entrar en el misterio de este día: “¿Porqué no nos esforzamos aquí en la tierra por encontrar un lugar de descanso con Él en el cielo, incluso ahora, a través de la fe, la esperanza y la caridad, que nos une a Él?
    En el cielo Él también está con nosotros; y mientras estamos en la tierra estamos con Él … podemos estar allí por la caridad.»
    El amor a Cristo nos atrae a hacía lo que nuestros corazones atesoran. Como dijo nuestro Señor, «donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.» ( Mateo 6,21 ). Y en ese punto San Agustín nos anima a que «asciendan nuestros corazones con Él.»

    Que nuestro corazón ascienda y se siente al lado de la Persona que amamos mediante el ejercicio de la contemplación.
    Dado que nuestro destino y nuestra vida misma se cimentan en la gloria, “busquemos las cosas de arriba, donde está Cristo, sentado a la diestra de Dios.
    Detengamos nuestra atención en las cosas de arriba, gustando su sabor, no en las de la tierra.”( Col 3, 1-2 ).
    La ascensión levanta nuestra cabeza caída y nuestro corazón pesado, ​​más allá de las nubes. No se trata de un vuelo de fantasía o o de un escapismo, sino más bien del regalo de la visión totalizante de la realidad a los ojos de Dios.
    Es una captación de la fuente, del objetivo de nuestra vida, para que podamos vivir aquí en la tierra a la luz del cielo.
    Mientras contemplamos con amor a Nuestro Señor ascendiendo y recibimos Su bendición, meditemos en nuestro corazón las palabras del Salmista:
    «Quid enim mihi est in coelo? Et a Te nihil volui super terram.
    Defecit caro mea et cor meum. Deus cordis mei et pars mea Deus in aeternum.»
    «¿Qué hay para mí en el cielo? Estando contigo no hallo gusto ya en la tierra.
    Mi carne y mi corazón se consumen: ¡Dios de mi corazón, mi porción, Dios Mío, por siempre!» (Sal 73, 25-26).

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