Para oírlo en estos días

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¿Quién no tiene ya un amigo perdido?

Todavía yo conmocionado por la noticia de ayer de Pedro Paulo.

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Y con conciencia de que también a nosotros nos puede llegar.

Con conciencia serena, qué querer hombre vivir cuando Dios quiere que muera, es locura, pero también con conciencia confiada en quien es la Resurrección y la Vida.

Oídlo:

https://www.religionenlibertad.com/video/122251/Mer-canta-La-muerte-no-es-el-final.html

 

Comentarios
4 comentarios en “Para oírlo en estos días
  1. Esta canción, típicamente postconciliar, participa de la tesis modernista de que todos vamos al Cielo automáticamente: «Con la certeza que Tú ya le has devuelto a la vida, ya le has llevado a la luz». Salvo que la Iglesia lo enseñe de modo infalible, no podemos tener la certeza de que alguien está en el Cielo, y menos aún, de forma automática, sin pasar antes por el purgatorio.

    No es casualidad que su autor sea Cesáreo Gabaráin, el mismo que compuso «Pescador de hombres», con su tufo liberacionista: «no has buscado ni a sabios ni a ricos». Cristo tuvo discípulos sabios y ricos, como Nicodemo o José de Arimatea. A Él le importan todas las almas.

  2. Me ha dejado muy mal leer en un brevísimo comentario de Diciembre pasado que Don Davide Pagliarani, el Superior de la Fraternidad San Pío X, había pedido oraciones por el abbé Eudes-Étienne Peignot., Director de la Escuela de Formación Técnica y Profesional de la Martinerie. Hoy me han confirmado las Religiosas de Morlaix, que está en las últimas.
    Se ordenó de Sacerdote en 2009 en Ecône, con 27 años. Asístí a su primera Misa en Saint Nicolas du Chardonet el 02 de Julio del mismo año. Durante el refrigerio tuve un aparte con su buena madre, que me dijo: Mi hijo sufrirá mucho. Se encuentra en estado terminal, afectado por un cáncer. Recuerdo la paciencia que tuvo conmigo enseñándome las ceremonias de la Misa de San Pío V, después de las comidas. Un alma humilde, sacerdotal, apacible y de una bondad natural, que es fiel reflejo de la gracia. Que Dios Nuestro Señor le haga llevadero el tramo final de la Cruz. Siempre se lleva a los mejores.

  3. ¿Porqué duermes?

    Fray Irenaeus Dunlevy OP
    03 de Abril de 2020

    Rayos y truenos! La frágil navecilla de madera se hunde en las olas agitadas, y Jesucristo duerme, reclinada la cabeza sobre una almohada.
    El Señor aparece tranquilo en medio de un mar proceloso (cf. Mt 8, 23–27 ; Mc 4, 35–41 ; Lc 8, 22–25 ). Esta imagen retrata a un Cristo silencioso, aparentemente indiferente y alejado de la seguridad de Sus discípulos. Esta escena bíblica puede movernos a cuestionar Sus designios providenciales, especialmente en esos tristes días: ¿Porqué duermes, Señor?

    San Cirilo de Alejandría, el Doctor de la Iglesia, que resistió a la tormenta en el Concilio de Éfeso, puede ayudarnos en ese tema.
    En el Sermón 43, este Padre de la Iglesia nos dice que Cristo se durmió para que la tormenta fuese buena y provechosa para Sus discípulos:

    «[Cristo durmió tanto] que tal vez no le pidieran ayuda de inmediato, cuando la tempestad comenzó a precipitarse sobre el barco.
    Pero cuando, por así decirlo, el mal estaba en su apogeo y los terrores de la muerte comenzaban a preocupar a los discípulos, para que el poder de Su soberanía divina quedase más de manifiesto, calmando el mar embravecido, reprendiendo las ráfagas salvajes del viento, y cambiando la tempestad en apacible calma, hizo ​​que el suceso se conviertiese para ellos en un medio de mejora, al ser conscientes de que navegaban, con Él a su vera. Por esta razón se durmió a propósito.»

    Los experimentados pescadores de Galilea estaban acostumbrados a turbulencias marítimas. En este caso se dirigen al Maestro, Que estaba en la popa, el lugar donde los marineros guardan los utillajes. . . para el final del viaje.
    Cuando “el mal está en su apogeo” aprenden el significado de la palabras: “Sin Mí no podéis hacer nada.” (Jn 15, 5).

    Sus gritos viriles se convierten en humildes balidos. «La pequeñez de su fe se une a la fe [verdadera],» dice Cirilo, «porque creen que el Señor puede salvar y liberar de todo mal a los que lo invocan.»
    Al escuchar los múltiples clamores, expresión de su poca fe: “Señor, sálvanos, que perecemos, [para que no perezcamos,” -Κύριε, σῶσον, ἀπολλύμεθα-], Cristo se levantó y se mostró como el que “gobierna el mar embravecido; y calma sus olas crecientes ”(Sal 89,10).
    Al actuar así, Jesús manifestó Su divinidad, calmó su miedo y la tempestad que azotaba la barca y la fe de Sus discípulos.
    Según Cirilo, «forjó en ellos una gran calma y un remanso de paz interior, al suavizar las olas de su débil fe.»

    En otro párrafo Cirilo proporciona una razón adicional, explicativa de esta aparente despreocupación de Cristo:

    «Y entonces duerme, dejándolos con miedo, en el que sus sentidos se agudizarían para percibir el significado de lo que estaba por venir. Porque no se ve que las cosas ocurran de igual manera en otros cuerpos que en el propio cuerpo.

    La prueba de la Cruz nos permite experimentar en nuestra propia carne lo que Cristo ha sufrido en nuestro nombre. Realmente participamos de Su sufrimiento y aprendemos lo que soportó por nuestra salvación.»
    En esta separación desconcertante que experimentamos hoy respecto a Nuestro Señor Eucarístico, puede parecernos que está dormido en la popa de la navecilla de la Iglesia, y el tumulto de nuestra pandemia puede reflejar la tempestad que vivieron los apóstoles.
    Sin embargo, en su situación y en la nuestra, también podemos ver la gracia en el dolor. Con la misma facilidad que transformó el mal de la tormenta, Cristo puede transformar el mal de esta pandemia en algo bueno y provechoso para nosotros.

    Con la actitud penitente de este tiempo de Pasión, nos es posible confiar en que «el Señor no duerme ni descansa.» (Sal 121, 4), que se levantará para dejar Su paz en nuestro corazón afligido.
    Sacudidos por las olas, presentemos a Nuestro Señor la pequeñez de nuestra fe, para que Él pueda unirla desde Su Cruz, a la verdadera fe.
    La paz de Cristo vendrá a nosotros en la contemplación de Su Palabra, que fortalece la fe y nos ayuda con la expresión de las Escrituras:

    «Y es Tu Providencia, Padre, quien los guía, pues también en el mar abriste un camino, una ruta segura a través de las olas, mostrando así que de todo peligro puedes salvar, para que hasta el inexperto pueda embarcarse.
    No quieres que queden ineficaces las obras de Tu Sabiduría; por eso, a un minúsculo leño fían los hombres su vida, cruzan el oleaje en una barquichuela y arriban salvos al puerto.» (Sab 14, 3–5).

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