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El Papa recibe al prelado del Opus Dei

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El Papa Francisco y Mons. Fernando Ocáriz

La noticia es de hace mes y medio pero la fotografía no me llegó hasta hoy. No tengo nada que objetar a la misma pero me parece advertir cosas que me extrañan algo. El santo fundador, Don Álvaro y Don Javier pienso que irían de sotana a visitar al Papa. Pero puedo estar equivocado.

Don Fernando Ocáriz lleva pectoral. Supongo que por prelado, que lo es, y no por obispo, que de momento no. Siempre me pareció absurdo llevar la cruz en un bolsillo interior. Lo hacen bastantes obispos. Como avergonzados de que alguien pueda verles la cruz pectoral. Pero eso que sería más o menos disculpable en la calle no se entiende en presencia del Papa.

No es nada grave ni de mayor trascendencia pero algo sí me sorprendió.

 

Comentarios
25 comentarios en “El Papa recibe al prelado del Opus Dei
  1. Echenique, Eduardo, teneis toda la razón.
    La Obra se la está jugando. Es horrenda esta papolatria.
    Más vale que es Obra de Dios, porque si dependiese de los hombres…..aviados estábamos!

  2. El Opus Dei, pagara muy caro alejarse de las enseñanzas de su Fundador , desde Don Alvaro del Portillo hasta Ocariz han modificado estatutos y costumbres muy apreciadas para San Josemaria. sepultaron la Liturgia Novus Ordo que dejo San Josemaria para ser celebrada en sus casas, centros y Iglesias . De nada les sirvió tantas grandes instituciones Académicas, para darse cuenta de la enfermedad que padece la Iglesia , todo justificando por la Papolatria . Callan al escuchar las herejías de el Papa Francisco. Dejaron morir solo a Monseñor Livieres. Y ahora colgaran la sotana para no molestar al Papa Francisco. Por el amor de Dios ya se les acabo su criterio. pues se les va acabar todo.

    Saludos cordiales

  3. ¿ Porqué se han retirado las tres campanadas de los centros de la prelatura ? :
    Actualidad Profecías
    1 enero, 2016
    LAS TRES CAMAPANADAS DE SAN JOSÉ MARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER.
    por En Cristo y María 0 Comentario Las tres campanadas., Modernismo, S. Pío X, San José María

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    Comparto el interesante artículo que resume las “Tres cartas proféticas” de San José María Escrivá de Balaguer y que, por su coincidencia con el estado actual de la Iglesia, pareciera fueron escritas ayer.

    Estas tres cartas, son como un legado realmente profético del Santo fundador del Opus Dei a sus hijos y hoy resuenan en nuestros oídos, pasados más de 40 años desde su escritura, interpelándonos a reflexionar y a preguntarnos a dónde se dirige nuestra Iglesia.

    Nos hemos permitido subrayar en negritas o entrecomillados, ciertos párrafos de absoluta actualidad y coincidencia que todos nuestros lectores podrán identificar con el momento que vivimos y extrapolar a casos bien concretos acaecidos de manera notoria hoy,mucho más aún que en tiempos de San José María.

    El artículo dice así:

    Antes de morir el Fundador del Opus Dei envió tres cartas – entre 1972 y 1974 – a los fieles de la Prelatura que, por la importancia que el propio Fundador les dio, son conocidas en la Obra como las Tres Campanadas.

    Estas cartas no han sido publicadas, quedando restringidas a algunos de los fieles numerarios de la Prelatura. Solamente se han filtrado dos de ellas, cuyos algunos párrafos se transcriben más abajo y con negrilla algunas frases que corren por nuestra cuenta.

    Más allá de lo que dicen las cartas, que tampoco sorprende, lo relevante de ellas pasa por el hecho de que fueron tenidas a la vista para el proceso de canonización del Fundador -que se centra en los últimos años de la vida de Escrivá de Balaguer – y ninguna objeción doctrinal o eclesial fue realizada por las autoridades vaticanas sobre estos escritos. Es decir, existe una aceptación por parte de la Autoridad Máxima de la Iglesia de estas opiniones del Fundador del Opus Dei como legítimas -más allá de ser opiniones- sobre el post-concilio y la situación interna de la Iglesia. Como se verá, algunos de los conceptos del Fundador van un poco más allá de la alegoría de SS Pablo VI -precisa y contundente pero limitada en su explicitación- sobre el “humo de Satanás” que se ha colado dentro de la Iglesia de Dios. Sólo se hace hincapié en el hecho de que estas cartas fueron escritas hace ¡35 años! ¡Lo que diría ahora! En el 36 aniversario de su llegada al Cielo las publicamos.

    Tiempo de prueba son siempre los días que el cristiano ha de pasar en esta tierra. Tiempo destinado, por la misericordia de Dios, para acrisolar nuestra fe y preparar nuestra alma para la vida eterna.

    Tiempo de dura prueba es el que atravesamos nosotros ahora, cuando la Iglesia misma parece como si estuviese influida por las cosas malas del mundo, por ese deslizamiento que todo lo subvierte, que todo lo cuartea, sofocando el sentido sobrenatural de la vida cristiana.

    Llevo años advirtiéndoos de los síntomas y de las causas de esta fiebre contagiosa que se ha introducido en la Iglesia, y que está poniendo en peligro la salvación de tantas almas…

    Convenceos, y suscitad en los demás el convencimiento, de que los cristianos hemos de navegar contra corriente. No os dejéis llevar por falsas ilusiones. Pensadlo bien: contra corriente anduvo Jesús, contra corriente fueron Pedro y los otros primeros, y cuantos —a lo largo de los siglos— han querido ser constantes discípulos del Maestro. Tened, pues, la firme persuasión de que no es la doctrina de Jesús la que se debe adaptar a los tiempos, sino que son los tiempos los que han de abrirse a la luz del Salvador. Hoy, en la Iglesia, parece imperar el criterio contrario: y son fácilmente verificables los frutos ácidos de ese deslizamiento. Desde dentro y desde arriba se permite el acceso del diablo a la viña del Señor, por las puertas que le abren, con increíble ligereza, quienes deberían ser los custodios celosos…

    Es hora, pues, de rezar mucho y con amor, y de pedir al Señor que quiera poner fin al tiempo de la prueba.

    No podemos dejar de insistir. No buscamos nada para cada uno de nosotros, por interés personal; buscamos la santidad, que es buscar a Dios. Y Él espera que se lo recordemos con insistencia. Se están causando voluntariamente heridas en su Cuerpo, que va a ser muy difícil restañar. Nos dirigimos a la Trinidad Beatísima, Dios Uno y Trino, para que se digne acortar cuanto antes esta época de prueba. Lo suplicamos por la mediación del Corazón Dulcísimo de María; por la intercesión de San José, nuestro Padre y Señor, Patrono de la Iglesia universal, a quien tanto amamos y veneramos; por la intercesión de todos los Ángeles y Santos, cuyo culto algunos intentan extirpar de la Iglesia Santa…

    Resulta muy penoso observar que —cuando más urge al mundo una clara predicación— abunden eclesiásticos que ceden, ante los ídolos que fabrica el paganismo, y abandonan la lucha interior, tratando de justificar la propia infidelidad con falsos y engañosos motivos. Lo malo es que se quedan dentro de la Iglesia oficialmente, provocando la agitación. Por eso, es muy necesario que aumente el número de discípulos de Jesucristo que sientan la importancia de entregar la vida, día a día, por la salvación de las almas, decididos a no retroceder ante las exigencias de su vocación a la santidad…

    La lucha interior —en lo poco de cada día— es asiento firme que nos prepara para esta otra vertiente del combate cristiano, que implica el cumplimiento en la tierra del mandato divino de ir y enseñar su verdad a todas las gentes y bautizarlas (cfr. Matth. XXVIII, 19), con el único bautismo en el que se nos confiere la nueva vida de hijos de Dios por la gracia.

    Mi dolor es que esta lucha en estos años se hace más dura, precisamente por la confusión y por el deslizamiento que se tolera dentro de la Iglesia, al haberse cedido ante planteamientos y actitudes incompatibles con la enseñanza que ha predicado Jesucristo, y que la Iglesia ha custodiado durante siglos. Éste, hijos míos, es el gran dolor de vuestro Padre. Éste, el peso del que yo deseo que todos participéis, como hijos de Dios que sois. Resulta muy cómodo —y muy cobarde— ausentarse, callarse, diluidos en una ambigua actitud, alimentada por silencios culpables, para no complicarse la vida. Estos momentos son ocasión de urgente santidad, llamada al humilde heroísmo para perseverar en la buena doctrina, conscientes de nuestra responsabilidad de ser sal y luz.”

    Hemos de resistir a la disgregación, cuidando sobrenaturalmente nuestra propia entrega y sembrando sin desmayos, con decisión, con serenidad y con fortaleza, la doctrina y el espíritu de Jesucristo.

    Considerad que hay muy pocas voces que se alcen con valentía, para frenar esta disgregación. Se habla de unidad y se deja que los lobos dispersen el rebaño; se habla de paz, y se introducen en la Iglesia —aun desde organismos centrales— las categorías marxistas de la lucha de clases o el análisis materialista de los fenómenos sociales; se habla de emancipar a la Iglesia de todo poder temporal, y no se regatean los gestos de condescendencia con los poderosos que oprimen las conciencias; se habla de espiritualizar la vida cristiana y se permite desacralizar el culto y la administración de los Sacramentos, sin que ninguna autoridad corte firmemente los abusos —a veces auténticos sacrilegios— en materia litúrgica; se habla de respetar la dignidad de la persona humana, y se discrimina a los fieles, con criterios utilizados para las divisiones políticas.

    Toda esa ambigüedad es camino abierto, para que el diablo cause fácilmente sus estragos, más cuando se ve que es corriente —en todas las categorías del clero— que muchos no prediquen a Jesucristo y, en cambio, parlotean siempre de asuntos políticos, sociales —dicen—, etc., ajenos a su vocación y a su misión sacerdotal, convirtiéndose en instrumentos de parte y logrando que no pocos abandonen la Iglesia…

    No se puede imponer por la fuerza la verdad de Cristo, pero tampoco podemos permitir que, con la violencia de los hechos, nos dominen como ciertos y justos, criterios que son una patente deserción del mensaje de Jesucristo: esta violencia se comete por algunos, impunemente, dentro de la Iglesia. Sería una deslealtad y una falta de fraternidad con el pueblo fiel, no resistir al presuntuoso orgullo de unos pocos que han maleado ya a tantos, sobre todo en el ambiente eclesiástico y religioso.

    Comprended que no exagero. Pensad en la violencia que sufren los niños: desde negarles o retrasarles el bautismo arbitrariamente, hasta ofrecerles como pan del alma catecismos llenos de herejías o de diabólicas omisiones; o en la que se actúa con la juventud, cuando —¡para atraerla!— se presentan principios morales equivocados, que destrozan las conciencias y pudren las costumbres. Violencia se hace, también diabólica, cuando se manipulan los textos de la Sagrada Escritura y se llevan al altar en ediciones equívocas, que cuentan con aprobaciones oficiales. Y no podemos dejar de ver el brutal atropello que se impone a los fieles, y en los fieles al mismo Jesucristo, cuando se oculta el carácter de sacrificio de la Santa Misa o cuando el dinero de las colectas se malgasta en propagar ideas ajenas al enseñamiento de Jesucristo. Hijos, míos, nunca se ha hablado tanto de justicia en la Iglesia y, a la vez, nunca se ha empleado tanta injusta opresión con las conciencias…

    Nos sentimos obligados a resistir a estos nuevos modernistas —progresistas se llaman ellos mismos, cuando de hecho son retrógrados, porque tratan de resucitar las herejías de los tiempos pasados—, que ponen todo en discusión, desde el punto de vista exegético, histórico, dogmático, defendiendo opiniones erróneas que tocan las verdades fundamentales de la fe, sin que nadie con autoridad pública pare y condene reciamente sus propagandas. Y si algún pastor habla decididamente, se encuentra con la sorpresa —amarga sorpresa— de no ser suficientemente apoyado por quienes deberían sostenerlo: y esto provoca la indecisión, la tendencia a no comprometerse con determinaciones claras y sin equívocos.

    Parece como si algunos se empeñaran en no recordar que, a lo largo de toda la historia, los que guían el rebaño han tenido que asumir la defensa de la fe con entereza, pensando en el juicio de Dios y en el bien de las almas, y no en el halago de los hombres. No faltaría hoy quien tachara a San Pablo de extremista cuando decía a Tito cómo debería tratar a los que pervertían la verdad cristiana con falsas doctrinas: increpa illos dure, ut sani sint in fide (Tit. I, 13); repréndelos con dureza —le escribía el Apóstol—, para que se mantengan sanos en la fe. Es de justicia y de caridad, obrar así.

    Ahora, sin embargo, se facilita la agitación con un silencio que clama al cielo, cuando no se coloca a los saboteadores de la fe en puntos neurálgicos, desde los que pueden sembrar la confusión «con aprobación eclesiástica».

    Ahí están tantos nuevos catecismos y programas de «enseñanza religiosa» testimoniando la verdad de lo que afirmo.

    Hijos de mi alma, pidamos a Nuestro Señor que ponga término a esta dura prueba…

    No podemos dormirnos, ni tomarnos vacaciones, porque el diablo no tiene vacaciones nunca y ahora se demuestra bien activo. Satanás sigue su triste labor, incansable, induciendo al mal e invadiendo el mundo de indiferencia: de manera que muchas gentes que hubieran reaccionado, ya no reaccionan, se encogen de hombros o ni siquiera perciben la gravedad de la situación; poco a poco, se han ido acostumbrando.

    Esta carta es como una tercera invitación, en menos de un año, para urgir vuestras almas con las exigencias de la vocación nuestra, en medio de la dura prueba que soporta la Iglesia…

    Os escribo para que estéis prevenidos ante los asaltos del diablo, que ataca a la hora undécima quizá, casi al fin de este caminar de aquí abajo…

    No olvidéis el particular empeño que pone en estos tiempos el demonio, para lograr que los fieles se separen de la fe y de las buenas costumbres cristianas, procurando que pierdan hasta el sentido del pecado con un falso ecumenismo como excusa. Deseamos, tanto como el que más lo desee, la unión de los cristianos: y aun la de todos los que, de alguna manera, buscan a Dios. Pero la realidad demuestra que en esos conciliábulos, unos afirman que sí y —sobre el mismo tema— otros lo contrario. Cuando —a pesar de esto— aseguran que van de acuerdo, lo único cierto es que todos se equivocan. Y de esa comedia, con la que mutuamente se engañan, lo menos malo que suele producirse es la indiferencia: un triste estado de ánimo, en el que no se nota inclinación por la verdad, ni repugnancia por la mentira. Se ha llegado así al confusionismo: y se aniquila el celo apostólico, que nos mueve a salvar la propia alma y las de los demás, defendiendo con decisión la doctrina sin atacar a las personas…

    Se escucha como un colosal non serviam! (Ierem. 11, 20) en la vida personal, en la vida familiar, en los ambientes de trabajo y en la vida pública. Las tres concupiscencias (cfr. 1 Ioann. 11, 16) son como tres fuerzas gigantescas que han desencadenado un vértigo imponente de lujuria, de engreimiento orgulloso de la criatura en sus propias fuerzas, y de afán de riquezas. Toda una civilización se tambalea, impotente y sin recursos morales…

    En una palabra: el mal viene, en general, de aquellos medios eclesiásticos que constituyen como una fortaleza de clérigos mundanizados. Son individuos que han perdido, con la fe, la esperanza: sacerdotes que apenas rezan, teólogos —así se denominan ellos, pero contradicen hasta las verdades más elementales de la revelación— descreídos y arrogantes, profesores de religión que explican porquerías, pastores mudos, agitadores de sacristías y de conventos, que contagian las conciencias con sus tendencias patológicas, escritores de catecismos heréticos, activistas políticos.

    Hay, por desgracia, toda una fauna inquieta, que ha crecido en esta época a la sombra de la falta de autoridad y de la falta de convicciones, y al amparo de algunos gobernantes, que no se han atrevido a frenar públicamente a quienes causaban tantos destrozos en la viña del Señor.

    Hemos tenido que soportar —y cómo me duele el alma al recoger esto— toda una lamentable cabalgata de tipos que, bajo la máscara de profetas de tiempos nuevos, procuraban ocultar, aunque no lo consiguieran del todo, el rostro del hereje, del fanático, del hombre carnal o del resentido orgulloso…

    El cinismo intenta con desfachatez justificar —e incluso alabar— como manifestación de autenticidad, la apostasía y las defecciones. No ha sido raro, además, que después de clamorosos abandonos, tales desaprensivos desleales continuaran con encargos de enseñanza de religión en centros católicos o pontificando desde organismos para-eclesiásticos, que tanto han proliferado recientemente.

    Me sobran datos bien concretos, para documentar que no exagero: desdichadamente no me refiero a casos aislados. Más aún, de algunas de esas organizaciones salen ideas nocivas, errores, que se propagan entre el pueblo, y se imponen después a la autoridad eclesiástica como si fueran movimientos de opinión de la base…

    Por desgracia, se observan también en la Iglesia sitios —cátedras de teología, catequesis, predicación— que deberían alumbrar como focos de luz, y se aprovechan —en cambio— para despachar una visión de la Iglesia y de sus fines totalmente adulterados. Hijos míos, es un grave pecado contra el Espíritu Santo, porque precisamente el Paráclito vivifica con su gracia y sus dones a la Iglesia (Catecismo Mayor de San Pío X, n. 143), establece allí el reinado de la verdad y del amor, y la asiste para que lleve con seguridad a sus hijos por el camino del cielo (ibid.).

    Confundir a la Iglesia con una asamblea de fines más o menos humanitarios, ¿no significa ir contra el Espíritu Santo? Ir contra el Espíritu Santo es hacer circular, o permitir que circulen sin denunciar sus falsedades, catecismos heréticos o textos de religión que corrompen las conciencias de los niños, con enseñanzas dañosas y graves omisiones…

    Errores y desviaciones, debilidades y dejaciones he dicho ya: y ahora —como siempre—

    el mal se envuelve diabólicamente en paños de virtud y de autoridad: y así resulta más fácil que se fortalezca y que produzca más daño.

    Porque aparecen gentes con una falsa religiosidad, saturada de fanatismo, que se oponen desde dentro a la Iglesia de Jesucristo, dogmática y jurídica, haciendo resaltar —con increíble desorden, cambiando por los del Estado los fines de la Iglesia— lo político antes que lo religioso.

    Todo coopera al desprestigio general de la autoridad eclesiástica y a que no se corrijan con oportunidad y energía los desórdenes: los desatinos heréticos, la inestabilidad, la confusión, la anarquía en asuntos de fe y de moral, de liturgia y de disciplina.

    A esta situación la llaman algunos —defendiéndola— aggiornamento, cuando es relajación y menoscabo del espíritu cristiano, que trae como consecuencia inmediata —entre otros efectos— la desaparición de la piedad, la carencia de vocaciones sacerdotales o religiosas, el apartar a los fieles en general — ya lo dije— de las prácticas espirituales. Y, por tanto, menos trabajo en servicio de las almas, al paso que los eclesiásticos —al verse ineficaces— se muestran desgraciados y abandonan el proselitismo, porque piensan que procurarán también la infelicidad a otros…

    No se relee sin gran dolor lo que San Pío X describió en su encíclica Pascendi, cuando exponía las características del modernismo, que en ese documento definía como compendio de todas las herejías. Todo aquello que entonces el Magisterio universal de la Iglesia intentó atajar con penetrante visión y energía sobrenatural, aparecía ya con su enorme gravedad, pero era todavía un mal relativamente limitado a algunos sectores. En nuestros días ese mismo mal —idéntico en su inspiración de raíz y con frecuencia en sus formulaciones— ha resurgido violento y agresivo, con el nombre de neomodernismo, y en proporciones prácticamente universales. Aquella enfermedad mortal, antes localizada en unos pocos ambientes malsanos, y contenida dentro de esas fronteras por prudentes medidas de la Santa Sede, ha alcanzado aspectos de epidemia generalizada. Su extensión ha facilitado su virulencia y la manifestación de efectos monstruosos en cantidad y en calidad, que quizá ni siquiera hubiésemos podido imaginar ante los primeros brotes del modernismo.

    Lo que inicialmente se mostraba sólo, aunque ya fuese muy grave, como la reducción de las Verdades dogmáticas a la simple experiencia subjetiva, conservando algún matiz espiritual, se ha degradado aún más: las hondas exigencias del alma —y aun las de la misma gracia divina— quedan disueltas en la horizontalidad sin relieve de lo mundano: identificando el amor de Dios con las aspiraciones o deseos más inmediatos del hombre-masa, sometido a los determinismos de la planificación materialista y atea, y a la de los instintos animales.

    La soberbia de la vida (I Ioann. II, 16) presenta su vanidad total en la exteriorización de la concupiscencia de los ojos, ambición de poder y de bienes terrenos, sin mesura; y de la concupiscencia de la carne, sensualidad sin freno y degradación libertina. Es como la descomposición entera de un cuerpo, después de haber perdido el alma…

    Si, para combatir eficazmente los males del modernismo, San Pío X —como de modo análogo había hecho antes León XIII— señalaba, entre los más importantes remedios que urgía poner, el fiel seguimiento de la filosofía y de la teología de Santo Tomás, es patente que ahora se impone como nunca el estricto cumplimiento de esa disposición. Con el Motu proprio Doctoris Angelici, San Pío X traducía, en normas disciplinares concretas, lo que había sido una constante recomendación de sus antecesores en la Sede de Pedro, desde el año 1325.

    No me parece ocioso transcribir aquí algunas de las afirmaciones de ese documento pontificio: se deben conservar santa e inviolablemente los principios filosóficos establecidos por Santo Tomás, a partir de los cuales se aprende la ciencia de las cosas creadas de manera congruente con la Fe, se refutan los errores de cualquier época, se puede distinguir con certeza lo que sólo a Dios pertenece y no se puede atribuir a nadie más, se ilustra con toda claridad la diversidad y la analogía existente entre Dios y sus obras.

    Y añade: por lo demás, hablando en general, estos principios de Santo Tomás no encierran otra cosa más que lo que ya habían descubierto los más importantes filósofos y Doctores de la Iglesia, meditando y argumentando sobre el conocimiento humano, sobre la naturaleza de Dios y de las cosas, sobre el orden moral y la consecución del fin último. Con un ingenio casi angélico, desarrolló y acrecentó toda esta cantidad de sabiduría recibida de los que le habían precedido, la empleó para presentar la doctrina sagrada a la mente humana, para ilustrarla y para darle firmeza.

    Los puntos más importantes de la filosofía de Santo Tomás no deben ser considerados como algo opinable, que se pueda discutir, sino que son como los fundamentos en los que se asienta toda la ciencia de lo natural y lo divino. Si se rechazan estos fundamentos o se los pervierte, se seguirá necesariamente que quienes estudian las ciencias sagradas ni siquiera podrán captar el significado de las palabras, con las que el Magisterio de la Iglesia expone los dogmas revelados por Dios. Por eso quisimos advertir a quienes se dedican a enseñar la filosofía y la sagrada teología, que si se apartan de las huellas de Santo Tomás, principalmente en cuestiones de metafísica, será con gran detrimento.

    Así, entre otras determinaciones, San Pío X exhortaba: pondrán en esto un particular empeño los profesores de filosofía cristiana y de sagrada teología, que deben tener siempre presente que no se les ha dado facultad de enseñar, para que expongan a sus alumnos las opiniones personales que tengan acerca de su asignatura, sino para que expongan las doctrinas plenamente aprobadas por la Iglesia. Concretamente, en lo que se refiere a la sagrada teología, es Nuestro deseo que su estudio se lleve a cabo siempre a la luz de la filosofía que hemos citado.

    ¡Cuánto dolor se hubiese ahorrado a la Iglesia y cuánto daño se hubiese evitado a las almas, con la fiel obediencia a esos mandatos de San Pío X!. Pido ahora a mis hijas y a mis hijos, precisamente en este año en el que se conmemora el VII centenario de la muerte del Doctor Angélico, que sigan delicadamente esas indicaciones de la Iglesia en el estudio y en la enseñanza de la doctrina filosófica y teológica, seguros de que también así contribuiremos a que, por la misericordia divina, las aguas vuelvan a su cauce…

  4. Acabo de visualizar un video colgado en la página web del Opus Dei en el que su Prelado se reune con universitarios y universitarias (las labores apostolicas de hombres y mujeres, y su gobierno, siempre van por separado) y, aparte de hablar de santidad, oración y la centralidad de la vida en Cristo (en sus dos primeras y únicas cartas habla de ello), va con sotana y con la cruz pectoral bien puesta.
    Algunos comentarios vertidos aquí me parecen sin fundamento. Por cierto, en las páginas web vinculadas a la Obra (p.e. collationes.org) cuando habla de la comunión de los divorciados se remite a la Familiaris Consortio y a los pronucuamientos de la Congregacion para la Doctrina y la Fe (aparta de que hay un magnifíco artículo del cardenal Cafarra). Hablar sin fundamento es muy fácil.

  5. El Opus Dei actual tiene, a mi juicio, dos problemas muy serios, que pueden acabar con la institución :
    1º. No sabe qué hacer con las tres campanadas de San Josemaría, que velaban por la buena doctrina y la fina liturgia.
    2º. Se ha tragado el sapo de la Amoris en la convicción de que, al venir del Papa, viene de Dios. Si el Papa se tira de un quinto piso ¿ también se tirarán los del Opus Dei ? Me temo que ya no distinguen entre papismo y papolatría.

  6. “Según cuentan los argentinos, al Cardenal Bergoglio, le disgutaban mucho las sotanas. A Francisco también le disgusta que la gente reze con las manos juntas, postura tan típica de la tradición catolica.“; ya se sabe que bergoglio siente una cierta fobia de tipo ideológico contra todo lo que signifique tradición católica.

  7. La cadena de la Cruz Pectoral, se le ha enganchado con la pitillera. Este objeto siempre está presente en el bolsillo de un opusiano patanegra.

  8. Yo también conozco a gente de la obra y soy afín a muchas cosas de ella, pero como María observo una ceguera total hacia el Papa, como si fuera San Josemaría que hubiera bajado del cielo. También les veo que han cambiado, ahora son más partidarios que nadie de las nulidades matrimoniales, y demás modernidades. No sé pero como sigan así, a mí me daría pena pero van acabar como los jesuitas.

  9. Según cuentan los argentinos, al Cardenal Bergoglio, le disgutaban mucho las sotanas. Seguramente Fernando Ocariz está al corriente de esto, y habrá preferido ir con clergiman.
    A Francisco también le disgusta que la gente reze con las manos juntas, postura tan típica de la tradición catolica.
    ¿Es casualidad o hay algo más, que a Francisco le moleste tanto la sotana y el rezo con las manos juntas, cosas tan propias del catolicismo?

  10. Como buenos liberales, los del Opus son más papistas que el Papa, más progres que los progres, más conservadores que los conservadores, más demócratas que los demócratas de toda la vida, más tecnócratas que los tecnócratas, más camaleónicos que Adolfo Suárez… El Perlado podría decir: «estos son mis principios, y si no le gusta tengo otros».

  11. El mediático Kike Figaredo, primo de Rato, y miembro de una se las más acreditadas familias de Asturias, es prefecto apostólico y no obispo. Aunque algún prefecto apostólico lo sea. Como tal tiene derecho a mitra y báculo y a cruz pectoral. Como lo tiene también algún abad «mitrado» de algún monasterio. De simples prefectos sé poco porque creo que de momento sólo hay uno. El del Opus Dei. Por ahora. Que aun no es obispo. Y seguimos en el por ahora.

  12. El inicio de su mandato como Prelado del Opus Dei lo hizo vistiendo Solideo, Mitra y llevando el báculo… (en googe pueden encontrar las imagines) no entiendo si todavía no ha sido consagrado Obispo porque los utiliza, en algunos casos cuando visitan al Papa antes de ser Ordenados Obispos, van con Solideo y pectoral, pero no llevan anillo episcopal.
    Otro caso que no entiendo es el de Enrique Figaredo, no es Obispo, es Vicario Apostólico y utiliza los mismos ornamentos que si lo fuera… Alguien puede explicar el por qué?? Gracias.
    Fr. JM

  13. Sugiero una entrevista de Gabriel Ariza al Prelado sobre las tres campanadas y qué aspectos van a cambiar porque no los consideran esenciales, aunque, antes, por lo visto, sí los tenían como tales.

  14. Esta claro que ya nada es lo que era. El Opus Dei intenta sobrevivir a la caida total de vocaciones y al riesgo de ser una prelatura de raros como los lefebrianos. Os puedo asegurar que los detalles que se comentan son perfectamente estudiados, en la Obra nada se hace al caso. Creo que ya esta fuera del mundo y por tanto muriendo. es una pena como tantas otras cosas en la Iglesia.

  15. No soy del Opus Dei,aunque siempreme he sentido afín en algunoa puntos doctrinales,no tanto en otros.Conozco a personas que pertenecen a ella, algunas muy cercanas.Me sorprende negativamente cómo apoyn a esta papa incondicionapmente, sin cuestionar aparentemente nada de so a 3us pronunciamientos, actitudes o hechis en torno a él.Yo directamente he mostrado mi oplinión y no comentan o escucho como va por delante la figura del pontífice , insistiendo en su obediencia a éste
    NO ENTIENDO NADA; OBmejor dicho,lo veo vomo un síntoma grave de esta situavión.
    El tema de «Las tres campanadas» -su piblicación- es más de lo mismo.Creo que la denuncia de esta institución- Prelatura-la esperamos los que con razón más que dufiviente estamos angustiados con el angustioso y lentable papado de Francisco.

    Hace mucho daño a la Iglesia el O.Dei ,de hecho.Será tarde ya si llega a manifestar algo en todo este adunto de vital
    Importancia.UNA LÁSTIMA.Que Dios les ilumine.

  16. Cuanto antes publique el Opus Dei las tres campanadas de San Josemaría Escrivá va a ser mejor o lo menos malo. Son un tesoro que pertenece a toda la Iglesia Católica. Privatizarlas y ocultarlas le va a hacer un enorme daño. Se confirmaría la acusación de secreto y secreteo. Son un diagnóstico de cómo el mal había penetrado muy dentro de la Iglesia y muy arriba y la terapia o tratamiento adecuado. Obviamente esas tres cartas pastorales han cobrado una enorme actualidad en este desastroso pontificado. ¿ Es el propio Papa Francisco quien ha pedido que no se publiquen ? La desinformación genera sospechas, fundadas o infundadas. ¡ Publicación ya !

  17. Sin duda se comentan estas cosa sin estar informados de cómo son.Algunas cosas han cambiado y seguirá pasando, aunque nunca lo fundamental de su espíritu​ que sigue intacto. A Eduardo le diría que si es de la Obra tiene todos los medios a su alcance para estar muy bien orientado, está en él aprovecharlos libremente

  18. Si amplia la foto verá que también lleva anillo y parece que bastante ostentoso. Vamos, que se ha autoproclamado obispo. No le falta detalle

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