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Otras… Franciscanas de San José de Carondelet (USA)

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En vísperas de apagar la luz:

http://catapulta.com.ar/?p=9980

Y en 1960:

 

10 comentarios en “Otras… Franciscanas de San José de Carondelet (USA)
  1. Si el abandono del hábito talar implica a la larga la desaparición de la Orden, las benedictinas, dominicas, clarisas, capuchinas y agustinas que han cerrado sus conventos en Toledo en los últimos cinco años han tenido que hacerlo por otra causa ¿no?

  2. LOS NOMBRES EN ALGUNAS

    ÓRDENES RELIGIOSAS

    Fray Pacomius Walker OP

    Los nombres religiosos son maravillosos. Si bien a veces pueden vivirse como una penitencia, siempre son una gracia.
    Al recibir alguien su nuevo nombre religioso en la Orden, se toma un tiempo para «asimilarlo.»
    No es raro encontrar a un novicio que, después de una semana de tener el hábito, todavía no tiene la debida agilidad y «rápidez» para identificarse con su nombre religioso.

    La penitencia del nombre proviene del cambio radical que exige. Los votos solemnes, que en su día emitirán los religiosos, se hacen efectivos como un holocausto de los agradable a Dios, y este acto se anticipa vistiendo la nueva indumentaria -el hábito- y con la imposición de un nuevo nombre.
    A veces, el cambio simbolizado es más marcado, ya que el nombre es claramente religioso, como Quodvultdeus , Barsinuphius, Pascasius… A veces es más sutil, dada la familiaridad del nombre, como Juan, Jeremías, Santiago…
    Independientemente de la novedad del nombre, la penitencia no estriba sólo en la necesidad de volver a aprenderlo; también en el deber de estar constantemente “revestidos” de Jesucristo. ( Rom 13,14 ).
    Pero, esta penitencia no la llevan a cabo los religiosos solos. Dios ayuda con la gracia.

    Hay al menos tres aspectos de la gracia que Dios da a los religiosos con ocasión de su muevo nombre.

    Un nombre religioso lo ha dignificado anteriormente otra persona: Entiéndase un santo. Estoy firmemente convencido de que, al recibir el nombre religioso, el santo te elige a tí y no a la inversa.
    Desde toda la eternidad, Dios ha querido confiarte al cuidado de este santo. El santo puede ser el patrón de la televisión, de algún Arma o Cuerpo del Ejército, pero cuando te imponen el nombre religioso, ese santo es tu patrono.
    -De una manera especial compartes la gracia de la virtud heroica de ese santo. Se te ha confiado a este santo en particular como abogado y ayudan de tu santificación.
    Y, como resultado, puedes conseguir que el Nombre de Dios sea más glorioso al proclamar las maravillas que ha hecho a través de ese santo.

    -En segundo lugar, los nombres transmiten una misión. Si nos fijamos en los diversos nombres que se cambiaron en las Escrituras: Abram en Abraham, Jacob en Israel, Saulo en Pablo, Sarai en Sara, Simón en Pedro, vemos que el cambio de nombre siempre conlleva una invitación a colaborar de manera única en la vida de Dios, en Su designio de salvación.
    Al adoptar un nuevo nombre el religioso está llamado, a pesar de ser totalmente indigno, a participar en la redención del mundo de una manera más profunda.
    Esto reviste muchas formas, pero, el subyacente de todas ellas es la llamada a una caridad más profunda.

    -En tercer lugar, un nuevo nombre nos prepara para el cielo. No mucho antes de su muerte, Santa Isabel de la Trinidad tuvo una profunda percepción al leer el Apocalipsis 2,17: Si en el cielo, Dios le da a cada uno de los fieles una piedra blanca y un nombre nuevo, entonces ella decidió que su nombre sería “Laus gloriae,” Alabanza de la gloria, (una referencia a Ef. 1,12).
    La joven carmelita ya tenía un nombre religioso, que estaba centrado en el misterio principal de la fe: ¡La Trinidad! Pero, sabiendo que siempre podría haber más participación en la bondad de Dios, buscó estar tan inmersa en la Trinidad, que su propia identidad fluyese de la alabanza a Dios.
    De manera similar, un nuevo nombre religioso nos prepara para recibir la piedra blanca al entrar en el cielo. Nos familiariza con una vida dedicada a la alabanza de la gloria de Dios.
    Los nombres religiosos, aunque puedan ser una penitencia, son siempre una gracia. Y debido en exclusiva a la bondad de Dios se nos dice: «Te he llamado por tu nombre, tú eres mío.» (Isaías 43, 1).»

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