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Lecturas LXXXV (XVI): Las Memorias del cardenal Sebastián

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Lecturas LXXXV (XV): Las Memorias del cardenal Sebastián “El grupo de sacerdotes que se ocupaban de la pastoral para la zona vasca cuando yo llegué me presentó un plan pastoral que era en realidad un plan para la euskaldunizar toda Navarra. Pretendían ir incorporando el euskera poco a poco a toda la actividad pastoral de la Diócesis. Estudié detenidamente el documento que me presentaron y lo tuve que rechazar en bloque. Les dije que la Iglesia no podía dedicarse a favorecer la ampliación del uso del euskera ni de ninguna otra lengua. Me insistían diciendo que el vasco había estado reprimido y era de justicia que ahora la Iglesia ayudara a su recuperación y desarrollo. Yo respondía que esa cuestión era de orden cultural y político y que en la actualidad el euskera no estaba ya reprimido sino más bien favorecido y protegido por los gobiernos respectivos. Nuestra misión era diferente” (pgs. 342-343). Hay que reconocer que en ese campo Sebastián fue cum laude. Sobre todo si le comparamos con aquellas desgracias eclesiales que fueron Setién, Cirarda, Uriarte y Larrauri. Larrea también aunque algo menos. Era apenas nada con sifón. Y Asurmendi incluso sin sifón. El PP se disgustó por no querer firmar la Conferencia Episcopal el acuerdo antiterrorista, con declaraciones adversas del entonces Ministro del Interior, Rajoy. Ya me hubiera gustado que al llegar a la presidencia del Gobierno Rajoy hubiera sido tan antiETA como Sebastián, muy declarado contra el terrorismo (pg. 343). Un obispo, del que no da el nombre, ¿su amigo Setién?, “se sintió obligado a dedicarme una réplica de cincuenta páginas. Yo le escribí una carta diciéndole: “No me veo reflejado ni concernido en ninguna de tus consideraciones”. Y ahí quedó la cosa” (pg. 344). La Conferencia Episcopal Española comenzaba a desmarcarse de un seguidismo repugnante a Setién que no entendía nadie, Creo que el primer desmarcado fue un arzobispo de poco relieve, entonces vicario general castrense, que debía estar harto de tener que presidir innumerables funerales por fieles suyos del Ejército, la Guardia Civil y la Policía. Era él poca cosa pero consiguió desenganchar a sus hermanos en el Episcopado de un corporativismo asqueroso. Pienso que también Sebastián contribuyó de modo importante a dejar solo a aquella vergüenza episcopal. Y en nuestro arzobispo con más mérito porque era su amigo del alma. A partir de entonces Setién desapareció y no mucho después hasta Roma le desposeía de su cargo aunque fuera con la gran mentira de los motivos de salud Todavía hoy, muchos años después, sigue vivo. Ahora nos intercala un texto sobre los nacionalismos y sus exigencias morales que entiendo debe ser suyo pues, en otro caso, ¿a qué vendría? No me parece página antológica pero para aquellos días no está mal (pgs. 345-348). También he de decir que desde los textos que intercala, antológico no me ha parecido ninguno. Como mucho discretitos y más bien irrelevantes. Le tocó presidir siete funerales por víctimas de la ETA en su archidiócesis. Lo hizo con notable dignidad y de modo muy distinto al de otros colegas vascos. Nos deja este testimonio que me parece especialmente asqueroso en su hermano interpelante: “Esta manera de proceder no era la habitual hasta entonces. Al poco de llegar a Pamplona, en una reunión con los obispos de la zona, yo les dije que tenía la intención de presidir los funerales de las víctimas del terrorismo que se celebrasen en Navarra. Alguien me dijo: “¿Y si matan a un etarra qué vas a hacer”? Me extrañó aquella pregunta, y respondí: “Si matan a un etarra y la familia nos lo pide, celebraremos una Misa por él, pero en su parroquia y sin ninguna solemnidad especial. No es lo mismo rezar por una víctima que pos su verdugo. Desde entonces los funerales por las víctimas de ETA los presidíamos generalmente los obispos” (pg, 349). Algún lector quizá piense que esta exégesis de las Memorias del cardenal Sebastián están hechas desde la malquerencia. Pues ya ven que cuando encuentro algo que resaltar en su haber no dudo en hacerlo. Todo ello le supuso “algunas agresiones menores, insultos, pintadas, anónimos, pero nada más” (pg. 349). Hasta el intento de quemarle el obispado, con el obispo dentro, que afortunadamente no pasó de intento. Las inclinaciones etarras, que algunos obispos tuvieron, eran ajenas a Sebastián (pgs. 349-350). En esa misma línea de actuación la clausura del Seminario menor, más bien un colegio diocesano, vivero de posteriores militantes de HB y de ETA (pgs. 350-352) y sobre todo la desvinculación de Pamplona del Secretariado Interdiocesano, creo recordar que instrumento montado por Uriarte para mantener a los obispos de las Vascongadas y Navarra sujetos a un lobby declaradamente nacionalista que pretendía para aquellas tierras un gobierno eclesiástico cuasi presbiteral con menoscabo de la autoridad de los obispos (pgs. 352-355). Componían dicho Secretariado el arzobispo de Pamplona, los obispos de Vitoria, Bilbao y San Sebastián más los vicarios generales y los cancilleres secretarios de las diócesis. Todos con voz y voto. Cada obispo era uno más. Y todos juntos, minoría. “Con la especial influencia del equipo de San Sebastián” (pg. 553). Poco a poco se fue liberando del dogal nacionalista hasta que al fin dejó de haber injerencias de las otras diócesis en Navarra. Y algo similar ocurrió con la Asociación de los Superiores Religiosos de Euskalherría, también de notable significado nacionalista. El arzobispo se desentendió de ella y formó una CONFER navarra integrada en la española. “No sé qué hicieron en las otras Diócesis. Me figuro que la Asociación siguió funcionando sin nosotros” (pg. 355). ¿Y yo que no me creo que no supiera lo que se hizo en las otras diócesis? Señala su preocupación por los sacerdotes y afirma que “solo el grupo de los nacionalistas más radicales y los partidarios del liberalismo de “Somos Iglesia” se mantuvieron distantes y llegaron en algunos casos a negarme cualquier colaboración” (pg. 359).

Comentarios
0 comentarios en “Lecturas LXXXV (XVI): Las Memorias del cardenal Sebastián
  1. Leyendo la serie de artículos de estas memorias y, entendiendo que en muchos aspectos es extrapolable a lo que ha pasado en el resto de Europa y del mundo, sólo puedo hacer una acto de fe en el carácter sobrenatural e indefectible de la Iglesia porque cualquier otra institución puramente humana hubiese ya desaparecido.

    Vivamos en gracia, aumentos nuestra vida de oración y hagamos penitencia por la Iglesia y sus pastores.

  2. Hay que agradecer al blogger que nos lea y nos cuente estas memorias, por lo menos yo no contaba hacerlo, y la verdad es que no me hubiese gustado perdérmelas, con todo lo que voy descubriendo aquí de ellas.
    Este capítulo me parece realmente interesante, y nos revela claramente los errores que podemos cometer los humanos, incluyendo los obispos, en cuestiones perversas y discriminadoras como pueden ser los nacionalismos, a pesar de la supuesta formación humanística y religiosa que debieran tener, y de ser testigos y maestros del Evangelio y vida de Jesucristo. Algunos aparentan perseverar tanto en ese error, que tal parece cosa diabólica.
    Que el Señor nos ilumine a todos y no libre de semejante tentación

  3. El hombre de Setién y colegas en la Conferencia Episcopal fue el obispo José Sánchez, ecuménico interconfesional, y secretario de la Conferencia de obispos amaestrados. Llegó a organizar en Sigüenza una reunión de vicarios generales para desagraviar y defender a ¡Setién! que había sido objeto de un crítica pública contundente. Consensuaron y emitieron un pliego de descargos a favor del setienismo y su inventor impenitente.
    Sánchez había sido capellán instructor de obreros españoles en loas Países Bajos y Alemania donde coincidió con el jesuita P. Arzálluz, amigo de un hijo de Adenauer el canciller alemán, que después sería el político idolatrado de separatistas Xabier Arzálluz, el del menear el nogal otros y él recoger las nueces. Hasta ahí llegaron estos pios varones realmente vomitivos.
    Lo más triste es que el padre de Arzálluz era carlista auténtico, de oficio chófer de la línea de autobuses desde su pueblo a San Sebastián y que el 18 de Julio 1936 salió a la calle con una bandera española junto a uno de los famosos pelotaris Atano para que el pueblo y el cuartel de la Guardia Civil se levantaran contra el Gobierno de la República sovietizadora y anticatólica. Fracasó el intento y el padre de Arzálluz fue detenido y preso en la casa-palacio de los condes de Guaqui a donde los días de cautiverio le llevaba comida la esposa y más de una vez le acompañó el hijo Xabier quien por cierto adquirió la mesa donde comía su padre preso que le facilitaron los actuales propietarios bilbainos de la casa-palacio.
    Así se escribe la Historia que como humana tiene de todo, glorias y miserias y hasta vilezas inconfesables ni en tiempos de misericordia.
    Sebastián levanta un poco la tapadera del hediondo estercolero moral por pérdida del sentido común y la hipertrofía de la soberbia.

  4. Lo que es de justicia es de justicia.
    .
    Lo mismo que critiqué ferozmente las actuaciones del cardenal en entradas anteriores, ahora debo alabar su actuación en una situación tan complicada y tan grave como la de Pamplona.

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