PUBLICIDAD

Lecturas LXXXV (XV): Las Memorias del cardenal Sebastián

|

Lecturas LXXXV (XIV): Las Memorias del cardenal Sebastián El Seminario de Pamplona, que debió llegar a tener mil alumnos, estuvo cerrado 15 años hasta que Cirarda lo reabrió junto con un Centro de Estudios Teológicos a los que dio unos estatutos en los que “la autoridad del obispo quedaba bastante diluida” (pg. 329). Y no era precisamente Sebastián partidario de que le diluyeran nada. Se encontró “con un Centro de Estudios Teológicos sin un gobierno claro, en el que había más Profesores quee alumnos, dominado por unos pocos profesores, todos ellos de una línea bastante liberal, poco atenta al magisterio de la Iglesia- Me convencí de que el cambio de esa situación era la primera medida seria que debía tomar por el bien de la Diócesis. (…) Cambié los estatutos del Centro, organizándolo como un institución estrictamente diocesana y directamente vinculada al obispo, cambié a los formadores, quise conocer los textos y apuntes que manejaban los alumnos en las principales asignaturas, reduje el número de Profesores y sustituí a la mayoía de ellos” (pgs. 329-330). Una anécdota gloriosa que refleja bien el carácter, pienso, de Sebastián. No le fue fácil la empresa. “Uno de los profesores más activos se me enfrentó abiertamente queriendo mantener su influencia en la marcha del Centro, le hice ver que se habían terminado las direcciones invisibles. En una reunión del Claustro Académico me dijo que quería mantener conmigo un diálogo “de igual a igual”. Le respondí que para eso tenía que ir a Madrid y pedirle al Nuncio que le nombrara arzobispo de Pamplona. Mientras tanto en Pamplona había un solo arzobispo que era yo y asumía el cargo con todas sus consecuencias” (pg. 330). Ese grupo de profesores asumía la formación permanente de otros sacerdotes en el convento de las Reparadoras. Como Sebastián les pidiera el programa de esos cursos y no se lo facilitaran, no la prohibió pero dejó de anunciarla en los órganos diocesanos y les retiró la colaboración económica con lo que fueron perdiendo fuerza e influencia (pgs. 330-331). Una vez más, envenenada herencia y falta de nombres. Las consideraciones que hace del nacionalismo, cuestión en la que no estaba nada involucrado, son interesantes (pgs. 331 y ss.). “Entre los sacerdotes había nacionalistas de todas clases, desde alguos pocos muy cercanos a Herri Batasuna y bastante indulgentes con ETA, hasta los que eran simplemente nacionalistas de corazón y de sentimientos, sin implicaciones ni compromisos políticos” (pg. 331). “En la cuestión del terrorismo me opuse radicalmente a cualquier justificación directa o indirecta de la violencia, a todo apoyo directo o indirecto a cualquier organización que la ejerciera o la justificase. Condené repetidas veces el terrorismo de ETA como algo intrínsecamente perverso y rechacé cualquier form de colaboración con ETA o con sus colaboradores y encubridores. Mantuve fuera del ministerio a los tres o cuatro sacerdotes más cercanos a HB y ETA (pg. 333). No busquen ustedes nombres porque no los encontrarán. Sin embargo esa postura del arzobispo, desconocida hasta entonces en otros obispos de aquellas tierras, hizo que no pocos, asqueados de tanto compadreo con los asesinos, miraran, mirásemos, a Sebastián como el gran obispo que navarra necesitaba y olvidáramos su trayectoria anterior. La explicación que dábamos era que el batacazo de Granada le había convertido. Apunta a que su postura le “creó dificultades más de una vez con sacerdotes y hasta con algunos hermanos obispos” (pg. 334). Que naturalmente no nombra. ¿Me equivoco si nombro yo a Setién y Uriarte? Su conducta en funerales de las víctimas fue también muy distinta de la habitual de los entonces obispos de las Vascongadas. Agradecida por la Policía Nacional y la Guardia Civil que eran los grandes proveedores de asesinados (pgs. 334-335). Todo ello contribuyó notablemente a la aureola que comenzaba a gozar. Y ahora nos inserta otro decaloguito, en esta ocasión por la paz, que le debe parecer muy logrado y que a mí me parece sumamente elemental (pg. 337-338). Aunque el mérito no esté en la redacción sino en el hecho de publicarlo en aquellas circunstancias. Que eso si lo tenía. Su línea le supuso algunos insultos callejeros que asumió con gallardía (pgs. 341-342), Y “no faltó el clérigo ilustrado y progresista que escribiera en contra mía, defendiendo desde la comodidad de su despacho el valor y casi la exigencia cristiana de la insumisión” (pg. 336). Sebastián escribe bien y yo no tengo la menor autoridad como preceptor literario. Seguro que quien sepa de eso encontrará muchas incorrecciones en mis escritos. Pero ese “en contra mía” me ha rechinado y reconozco que seguramente por mi ignorancia. ¿No se debería decir “en mi contra”? Ni que decir tiene que tampoco conocemos el nombre de ese clérigo. Sería utilísimo que algún navarro, sacerdote o seglar, pusiera nombre y apellidos a tanta incógnita. Trabajo de chinos pero que sería muy útil para la historia de la archidiócesis navarra. Uno está ya aburridísimo de este análisis tan largo de las Memorias del cardenal Sebastián. Y todavía me quedan 110 páginas aunque haya acabado ya con casi 350. Trabajo además seguramente inútil aunque el hoy cardenal haya sido figura muy significada en la historia de la Iglesia española en los últimos cincuenta o sesenta años. Quiero concluir esta entrada recogiendo unas palabras de Sebastián que coinciden no poco con lo que uno piensa y que habiéndolo expresado numerosas veces algunos lectores lo objetaron: “La experiencia muestra que donde entraba la influencia del nacionalismo radical y sobre todo donde la Iglesia perdía su claridad moral en contra de la violencia y de cualquier complicidad con ella, la vida religiosa decaía inexorablemente” (pg. 340).  

Comentarios
0 comentarios en “Lecturas LXXXV (XV): Las Memorias del cardenal Sebastián
  1. Pues estaba clarísimo para qué se necesitaba un Centro así. Para introducir en los sacerdotes navarros ideas contrarias a la fe de la Iglesia. Está muy claro. Son los frutos amargos del Vaticano II que hasta Sebastián reconoce subrepticiamente.

  2. No entiendo qué falta hace en Pamplona un Centro de Estudios Teológicos diocesano teniendo allí la prestigiosa Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, donde perfectamente podrían estudiar los seminaristas navarros y vascos.
    .
    En cuanto a que Sebastián apenas dé nombres propios, quizá se explique porque ha publicado sus memorias en vida y no quiere que nadie se sienta expresamente aludido.

  3. No desmaye, don Francisco José, que sus reseñas son estupendas y nos evitan tener que comprar el libro y dedicarle muchas horas de lectura. El panorama que estas Memorias trazan de la evolución de la Iglesia española durante varias décadas y desde antes del Vaticano II, aunque todo amplificado desde entonces y hasta ayer mismo, es para echarse a llorar. Ahora he comprendido bastantes cosas que eran apenas intuiciones. Muchas gracias.

  4. Está siendo sumamente ilustrativo. Lástima no conocer algunos nombres, pero el panorama de lo que aconteció luce bastante diáfano. Esperando los siguientes capítulos

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *