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Lecturas LXXXV (XIV): Las Memorias del cardenal Sebastián

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Lecturas LXXXV (XIII). Las Memorias del cardenal Sebastián Sebastián llegó a Pamplona “con una carta con 130 firmas de sacerdotes y religiosos en la que me decían que Navarra tenía unas condiciones especiales y que yo, por no ser euskaldún, no debía aceptar mi nombramiento. Me pedían también día y hora para venir a hablar conmigo” ( pg. 323). Él, que de nacionalista no tenía nada, o más bien antipatía, su recuerdo de Cataluña no le era grato, se vio inmerso en lo que era entonces pura radicalidad, incluso asesina. “Las prieras semanas las dediqué a visitar las diferentes zonas de la Diócesis saludando a los sacerdotes y a las asociaciones e instituciones más significativas de cada lugar. Tuve momentos difíciles. Los sacerdotes más nacionalistas habían preparado na resistencia dura. Unos días antes de mi llegada había pasado por Pamplona un claretiano, alumno mío, presentándome como un derechista intransigente. “Este es el que os viene. Ya os podéis preparar”. Y estaban preparados. En las dos zonas vascas de la Diócesis, en Elizondo (en Oharriz, exactamente) y en San Miguel de Aralar, me prepararon un “buen” recibimiento. Primero me hablaban unos minutos en euskera, haciéndome sentir mi incapacidad, y luego me decían que ellos no querían un obispo extranjero. “Aquí no queremos obispos de Madrid”, me dijeron en San Miguel de Aralar” (pg. 324). Esa era la diócesis que dejaba Cirarda. “En aquellos primeros días mantuve también un encuentro con los miembros de la HOAC. Eran unos cuarenta. De entrada, para no ser menos, que los nacionalistas, también impugnaron la legalidad de mi nombramiento: “No nos sentimos unidos a usted: No hemos intervenido en su nombramiento. Nadie nos ha consultado. No tenemos nada contra usted pero no podemos aceptarlo como nuestro obispo” (pg. 324). Sebastián comenzaba a sentir aquel desmadre de Iglesia que de algún modo había colaborado en preparar. Los euskaldunes le rechazaban, un claretiano preparaba el ambiente contra él, y la HOAC, que no era nada, “unos cuarenta”, tenía el tupé de decirle que tampoco le aceptaba. Y la Iglesia seguía pensando que la HOAC, “unos cuarenta”, era algo importantísimo. Si es que encontraban lo que se buscaron y se merecían más. “Un grupo así era más bien una espina clavada en el alma; nunca podría considerarlo un movimiento apostólico de ayuda y de participación en la misión apostólica del obispo. El Consiliario se esforzaba por facilitar las cosas, pero sin entrar en el problema. Defendía y protegía a sus militantesy se me quejaba de que no los tuviera en cuenta. Era no querer reconocer la realidad. ¿Cómo iba a pedir colaboración a un grupo que empezaba por rechazarme? (…) Yo le decía que esperaba algún gesto efectivo de comunión y de aceptación. No se produjo en todos los años de mi estancia en Pamplona. Esa secularización interna, consentida y mantenida por algunos Consiliarios, ha consumido a la Acción Católica Española durante muchos años” (pg. 325). ¿Y usted, señor arzobispo, no ha consentido y mantenido esa ficción eclesial todos los años de su pontificado? ¿No le parece hipócrita criticar en otros lo que usted también hacía? “Desde el principio me encontré con dos franjas de personas ideologizadas, que se excluían de la participación amigable y gozosa en la vida de la Iglesia. Por un lado estaban los nacionalistas de izquierda, más o menos simpatizantes con las organizaciones abertzales marxistas. Eran una veintena de sacerdotes con sus correspondientes amigos y devotos, unos cuantos religiosos y un buen número de fieles seglares. El otro grupo eran los progresistas de estilo liberaloide, unos con más sensibilidad social, en la línea de laa Teología de la liberación, muy cercanos a los partidos de izquierdas, y otros, más liberales y algo racionalistas, en línea con el grupo “Somos Iglesia”. Todos ellos se entendían entre sí y cuando hacía falta se unían en las iniciativas de la oposición. Entre todos, los más ideologizados y radicalizados, no serían más de cincuenta. Jnto a ellos, hasta llegar a 630, que eran los sacerdotes de la Diócesis en aquellos momentos, había una amplia mayoría, con una media de edad bastante alta, que eran buenos sacerdotes, austeros y trabajadores, fieles a su vocación y a las exigencias de su ministerio, algo desconcertados, sometidos a veces a la influencia de los grupos activistas, un poco cansados y algo desanimados, deseosos y necesitados de una clarificación doctrinal y de un rumbo claro y seguro, tanto en lo doctrinal como en lo directamente práctico y operativo” (pgs. 325-326). Una vez más echamos de menos los nombres, si no de todos, al menos de los cabecillas de los grupos que señala. Y, aunque la crítica no es con mención de Cirarda, vaya traje le ha cortado a la medida. Porque esa es la herencia que le dejó. Uno, que es menos melindroso en las calificativos, ha tachado muchas veces de nefasto el pontificado cirardiano. Creo que Sebastián viene a darme la razón. ¿Cuál fue la actitud de Sebastián ante esa complicada situación? Heroica, no. Tampoco la voy a criticar porque tal vez otra crearía más problemas. Él la expone con toda claridad: “Con los grupos disidentes seguí una política muy concreta. Como tenía la certeza de que no iban a ceder en sus posiciones, yo decidí no meterme con ellos pero aislarlos de la vida dicesana. Era el modo de reducir su presencia y de ir debilitando su influencia con una enseñanza clara y con hechos bien dirigidos. Pensaba que el aislamiento de estos grupos disidentes y el apoyo decidido a la vida normal de la mayoría iría debilitando poco a poco a los radicalismos ideologizados. En algunos pocos casos tuve que alejar del ministerio a algún sacerdote o religioso que llevaba sus ideas demasiado lejos con perjuicio evidente para los fieles. Yo hablaba con ellos y les hacía ver las razones de mi postura. Les decía: “Yo respeto tu manera de pensar. No dudo de tu buena voluntad. Pero como responsable de la vida de esta Iglesia no puedo en conciencia encargarte el cuidado de ninguna parroquia. Vete a casa y trabaja en otras cosas, Yo seguiré enviándote tu nómina para que no tengas problemas”. Mi impresión es que este objetivo de serenar la vida interior de la Iglesia y de las parroquiaslo alcanzamos en buena medida” (pg. 328). Sebastián se justifica de este modo: “Yo no sé si en algún momento ha habido en nuestras Iglesias occidentales tanta inseguridad y tanta dispersión. Es como si de repente un organismo bien trabado hubiera explotado en mil pedazos. Hay mucha gente escandalizada que nos critca y piensa que los obispos no cumplimos con nuestro deber. Puede ser que hayamos sido demasiado condescendientes. Pero no saben lo difícil que es corregir todo a la vez, cuando tienes delante tanta dispersión y tanta anarquía. No es humanamente posible y a lo mejor no es tampoco conveniente. Todavía vamos a necesitar algún tiempo para recomponer la unidad necesaria y serenar la vida interna de la Iglesia” (pg. 329). Está muy bien expuesta la dificultad. Aunque siempre podremos preguntarnos cómo se ha llegado a esa dificultad. Restaurar un jarrón chino roto en mil pedazos es muy complicado. Pero cabe también preguntarse sobre quien ha roto el jarrón. ¿No habrían tenido Sebastián y sus amigos alguna culpa de ello? Y otra cuestión. O la ya muy repetida. Echamos de nuevo en falta los nombres de esos curas dificultosos. O al menos los de los principales.

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0 comentarios en “Lecturas LXXXV (XIV): Las Memorias del cardenal Sebastián
  1. Un claretiano, alumno suyo, había hablado mal de él.Se juega a progresista, pero luego disgustan los resultados de la siembra.A todos los aprendices de brujo, radicales sin base, les suele salir mal el juego.Por cierto, supongo enterados a los lectores de que Su Jorge-Mariedad aceptó la renuncia del peor obispo, mejor avispa, de Francia, el de La Rochelle.¿Alguien sabe de qué pie cojea su sustituto?

  2. La iglesia navarra , la que yo conocí en las cinco villas era nefasta. En el año 82, el cura de Echalar, abertzale declarado, se negaba a dar la comunión a la hija del jefe de policía del puestro fronterizo, que se tuvo que ir a hacerla a Burgos. El de Vera de Bidasoa, a 10 kmts. no le recuerdo una misa en la que no solicitase la ordenación sacerdotal de las mujeres. Ambas iglesias, peladas de fieles.

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